Julián Illana. Los que te hacen mejor

Los que te hacen mejor

Médico de familia
02 de Agosto de 2026
Guardar
Julián Illana. Los que te hacen mejor
Julián Illana. Los que te hacen mejor

Ahora que mis hijos están cada vez más cerca de marcharse a estudiar a la Universidad, me apetece hablarles de cuestiones que, espero, les sean de utilidad cuando estén lejos del cobijo de la casa familiar y de la cercanía de unos padres que siempre les van a apoyar. Uno de estos temas es la importancia de descubrir, diferenciar, mantener y cuidar a los amigos. Como su vida social es trepidante, tanto en lo virtual como en el mundo real, he creído conveniente escribirles estas líneas. Así, aunque desconecten cuando les hable de esto, podrán tener una clásica chapa de su padre por escrito a la que acudir en el futuro cuando les apetezca.

De la amistad se ha escrito tanto y tan solemne que da cierto pudor añadir una línea más. Cicerón, que de esto sabía porque lo perdió casi todo menos a Ático, la definió como un “acuerdo perfecto de los sentimientos en las cosas humanas y divinas, unido a la bondad y a una mutua ternura”. Dicho así suena a mármol y a toga, pero quien haya tenido un amigo de verdad sabe que la fórmula es exacta: hay un acuerdo, tácito, nunca firmado, que sobrevive a las discrepancias, a las distancias y a los años en que uno se comporta como un imbécil. Porque todos atravesamos temporadas de imbecilidad, y el amigo es precisamente el que asiste al espectáculo, toma nota y espera a que escampe.

Aristóteles dedicó a este asunto dos libros enteros de la Ética a Nicómaco, más papel del que concedió a la justicia, por lo que algo querría decir con ello. Sostenía que nadie elegiría vivir sin amigos aunque poseyera todos los demás bienes, y llamaba al amigo verdadero allos autos, otro yo. Distinguía, con esa manía suya de ordenar el mundo en cajones, tres clases de amistad: la útil, la placentera y la fundada en la virtud. Las dos primeras duran lo que dura el negocio o la juerga; se quiere al otro por lo que procura, no por lo que es. La tercera es la buena, y es también la escasa, porque exige tiempo, carácter y esa cosa pasada de moda que los griegos llamaban excelencia. El filósofo de Estagira venía a decir que el amigo verdadero se reconoce cuando aparecen las diferencias y sigue ahí. Cualquiera que conserve un amigo de treinta años sabe que en ese punto se juega todo.

La ciencia, que llega siempre tarde a lo que los filósofos ya sabían, ha terminado por darles la razón con una contundencia casi humillante. El estudio más largo jamás realizado sobre el desarrollo humano, más de ocho décadas siguiendo vidas enteras desde Harvard, arrojó una conclusión de sencillez ofensiva: lo que mejor predice una vida larga y una vejez lúcida son los vínculos, por delante del colesterol, de la cuenta corriente y de la fama. Robert Waldinger, director actual de aquel estudio, equipara el impacto de la soledad crónica sobre la salud al del tabaquismo. Quien la padece, envejece antes, enferma más y se apaga peor. El organismo interpreta el aislamiento como una amenaza y responde con inflamación, cortisol e insomnio. Hay hasta quien ha puesto porcentaje al asunto y calcula que las amistades sostienen más de la mitad de nuestra felicidad. Estamos literalmente construidos para no estar solos, y el cuerpo pasa factura cuando lo contradecimos.

Pero reducir la amistad a profilaxis cardiovascular sería como explicar una catedral por la resistencia de sus contrafuertes. Verdad, pero verdad pequeña, porque lo importante está en otra parte. El amigo es el único testigo voluntario de nuestra biografía. La familia nos viene dada, los amores llegan cargados de deseo y de expectativa, que son formas nobles de interés, pero el amigo no. El amigo elige quedarse sin que nada lo obligue, y en esa gratuidad reside su misterio.

La profesora Marina Garcés ha señalado que la amistad es de los pocos vínculos humanos que carecen de institución que los respalde. No hay contrato, ni sacramento, ni registro civil de por medio. Eso la hace más libre y también más frágil, porque nadie está obligado a sostenerla cuando la vida cambia de decorado.

Arthur Brooks, que lleva años estudiando la felicidad en Harvard y asesorando a directivos que confunden el networking con la amistad, lo formula con una paradoja espléndida: los amigos de verdad son "inútiles". Inútiles en sentido utilitario, se entiende. De ellos sólo puede obtenerse afecto, y ellos de nosotros, otro tanto, y sostiene que la cosa más bonita que se le puede decir a un amigo es, precisamente, "tú no me sirves para nada".

Katharine Hepburn, que era más sabia que la mayoría de los tratadistas, había llegado por su cuenta a la misma orilla. Decía que para ella el Amor no tiene nada que ver con lo que uno espera conseguir, sino sólo con lo que espera dar, es decir, con todo. La amistad es la aplicación más pura de ese principio, porque ni siquiera aspira a la posesión.

Vivimos tiempos de inflación amistosa, de contactos por centenares y afectos medidos en notificaciones. Un viejo proverbio francés advertía ya que los amigos de la hora presente son como los melones, hay que probar cincuenta antes de dar con uno bueno. La proporción no ha mejorado con los siglos sino que acaso ha empeorado.

El filósofo José Antonio Marina, con la libertad de decir las cosas que dan los ochenta y seis años y una vida pensando, ha dejado escrita la prueba del algodón definitiva: “Un amigo de verdad es el que te hace mejor, y si no te hace mejor, no es un amigo, es otra cosa”. Añade Marina que resulta imposible tener muchos amigos, porque la amistad exige tiempo y cuidado, y que llamar amigo a cualquiera con quien uno se toma una cerveza es devaluar la palabra. Esos son conocidos, próximos, compañía. Advierte algo más, incómodo de escuchar en la era de la pantalla: “A través de un intermediario digital no puede haber verdadera amistad ni verdadero cuidado, porque es una relación fría que se liquida con una tecla cuando aburre”.

El filósofo José Carlos Ruiz apunta en la misma dirección con un diagnóstico que duele: “La amistad de excelencia está casi desapareciendo, porque exige algo que el hiperindividualismo de nuestra época apenas tolera, que es trabajar la alegría que nos produce el logro del otro”. Alegrarse de verdad, sin sombra de cálculo ni de envidia, cuando al amigo le va bien y a uno no. He ahí una prueba de fuego que suspende más gente de la que confiesa.

Hay un hecho que determina el grado de amistad. Séneca se lo escribió a su amigo Lucilio hace dos mil años con una franqueza que todavía escuece: “No me harás ningún favor si vienes a mí solo cuando estás feliz; te necesito cuando estés triste”. El cordobés sabía que las amistades de conveniencia se evaporan cuando deja de haber beneficio, y comparaba el ganarse un amigo con la labor del campesino: primero se siembra, con paciencia, en la acumulación de tiempo ordinario y conversaciones sin importancia aparente, y sólo mucho después se cosecha.

Tagore, que enterró a su mujer y a varios hijos y algo sabía de noches largas, lo dijo con la imagen más hermosa que conozco sobre el asunto: “La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido”. Ciertos materiales absorben luz y la devuelven en la tiniebla sin necesitar fuente externa alguna, y algunas personas hacen exactamente lo mismo. En los días de vino y triunfo todo el mundo quiere sentarse a nuestra mesa; es en la quiebra, en el diagnóstico, en el escándalo o en el divorcio cuando se pasa lista de verdad, y la lista resulta siempre más corta y más valiosa de lo que uno creía.

Por eso tenía razón Jalil Gibrán cuando escribió que “uno puede olvidar a aquellos con quienes ha reído, pero jamás a aquel con quien ha llorado”. Las risas se reparten con cualquiera y se disipan pronto pero el llanto compartido, en cambio, funda algo. Quien nos ha visto llorar y no se ha ido posee de nosotros una escritura de propiedad que no prescribe.

Los estudios sobre la vejez describen un experimento cruel que muchos mayores hacen sin proponérselo: dejar de llamar, de escribir y de organizar encuentros, y esperar. El silencio que sigue revela cuántas de sus amistades se sostenían sobre el trabajo emocional de uno solo, el que recordaba los cumpleaños, iniciaba las conversaciones y planificaba los almuerzos, un pilar único disfrazado de arquitectura compartida. Los investigadores hablan de un duelo sin nombre, porque el vínculo, en lugar de romperse, se afloja en silencio hasta desaparecer, sin conflicto ni despedida, y descubrirlo es, dicen, la parte más solitaria de envejecer.

La otra cara de la moneda la describió Laura Carstensen con su teoría de la selectividad socioemocional. Defiende que, cuando el tiempo empieza a percibirse como bien escaso, las personas podan sin piedad sus relaciones y concentran el afecto en las pocas que importan. Quedan menos amigos y más hondos, en un proceso que tiene menos de empobrecimiento que de destilación. A partir de cierta edad uno ya no colecciona amigos, los cuida, como se cuidan los árboles viejos, sabiendo que no habrá tiempo de plantar otros iguales, y aprende también aquello que sabía Catalina de Rusia, emperatriz y por tanto experta en traiciones: “Cuanto más crece una persona, más perdona”. Ese perdón tiene poco de blandura senil, porque casi ninguna ofensa vale lo que vale una historia compartida de treinta años.

He conocido hombres duros, curtidos en despachos y desengaños, que se ablandaban como niños al hablar del compañero de mili, del colega de la facultad, del vecino de infancia con el que ya sólo hablan una vez al año y con el que, sin embargo, retoman la conversación en la coma exacta donde la dejaron.

Esa conversación ininterrumpida que dura décadas es, me parece, una de las pocas obras de arte al alcance de cualquiera.

Por eso, cuando pensé en qué consejo podría dar a mis hijos, y a cualquier joven que todavía no ha vivido lo suficiente como para reparar en lo importante, me vino a la cabeza este: Cuida a tus amigos. Llámalos sin motivo, que el motivo sea la propia llamada. Preséntate en sus derrotas, que en las victorias ya habrá cola. Alégrate de sus victorias como si fueran tuyas, que en eso se distingue al amigo del espectador. Perdónales las torpezas y agradéceles las verdades, sobre todo las que duelen, porque sólo un amigo se toma la molestia de decírtelas. Y guarda la fotografía de ese momento juntos, aunque falten ya algunos de los que salen en ella. Porque llegará un día, llega siempre, en que hagas balance de lo vivido, y descubrirás que de todo lo que perseguiste con tanta ansia queda apenas humo, y que lo que de verdad tuviste fueron unas cuantas almas asomadas a tu vida como ventanas llenas de sol.

Archivado en