Luis Ángel Pérez de la Pinta. Fútbol no es fútbol

Las tonterías son para el verano

Periodista y formador
24 de Julio de 2026
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Una moneda, una joya... o no. Las tonterías son para el verano
Una moneda, una joya... o no. Las tonterías son para el verano

Segóbriga, para quien no lo sepa (como a mí me pasaba hasta hace nada), es una ciudad romana de la provincia de Cuenca que luce el pack completo: teatro, anfiteatro, foro y termas. También, como corresponde, dispone de un museo que me quedé con ganas de ver, porque viajábamos con Cloud, perro de cinco años que, desde este agosto, será el único menor de casa, ya que mi hijo cumple 18. El yacimiento, sea dicho aquí, iguala y, creo, casi supera a otros más célebres como Clunia o Ampurias. Y lo traigo a colación porque me confirmó algo que había empezado a poner en duda tras leer un par de artículos de opinión: que el ridículo depende de dónde está subido quien lo contempla.

Los artículos en cuestión, a cuyos firmantes no señalaré, versaban sobre excursiones veraniegas de gente como usted y yo a quienes los autores parecían observar con displicencia. La primera tenía como protagonistas a urbanitas que recogían melocotones de los árboles en una excursión. La escena llevaba al autor a disertar sobre el escaso conocimiento general que, siempre según él, se tiene en las ciudades del campo y, también, sobre cierta fascinación que nublaría el entendimiento de los metropolitanos hijos de vecino metidos a turistas hasta hacerles incapaces de aprehender la trascendencia del trabajo campestre. El tipo -de pueblo él, entendí yo-  venía a decir que el éxito de tales propuestas le generaba entre gracia y repelús, sentimientos que contrastaban con la alegría que, en su mismo periódico, mostraban unos días antes los protagonistas de las fotos que ilustraron la noticia de la excursión de marras.

Leyendo ésta, comprobé también que, de ignorantes, aquellos turistas no tenían mucho: en la pieza, una señora decía que, si participaba, era para recordar cómo, ella misma y en su pueblo, recogía también fruta de niña. El columnista torremarfileño, porque desde una estructura de ese tipo parecía escribir, seguro que no se había leído el testimonio, pero es lo que hay: la égloga, pese a su antigüedad, sigue siendo formato popular y, a falta de algo mejor, el articulista había escogido un campo de frutales de un pueblo que no era ni el suyo como locus amoenus desde el que llamar tontos a unos pobres turistas felices.

La segunda columna, publicada en el mismo rotativo, se refería no a frutales, sino a playas y a bañistas que, por variar, abrazaban ese novedoso deporte llamado paddle surf, consistente en bogar subido a una tabla de surfista. Tal arte, que suele provocar caídas y chapuzones, era visto también con curiosidad burlona por la articulista, que imaginaba incluso un teóricamente gracioso diálogo entre dos paddlesurfistas con el que, como su compañero de sección, medio escarnecía a los protagonistas con propósitos aleccionadores. Los de la tabla, que eran una pareja, acababan en el agua y la columnista, con cierto desdén, se cachondeaba del tema.

Yo, que de natural siempre he sido dado a participar en actividades veraniegas inusuales, no pude evitar acordarme de una y otra columna durante mi viaje a Segóbriga, en el que tuvimos la suerte de encontrar una moneda aparentemente romana entre las piedras de la cávea del teatro. Nosotros, como buenos turistas, nos pusimos más que contentos y empezamos hasta, en un remedo del cuento de la lechera, a imaginar lo que podría derivarse del hallazgo.

En tales cuitas estábamos que decidimos incluso mostrar la pieza al personal del museo del yacimiento y tratar de conocer su valor. Por suerte, mientras nos dirigíamos a realizar la consulta, reparé en que llevaba ChatGPT en el móvil e hice una foto a la moneda con la esperanza de que la aplicación la identificase. No lo hice, quede claro, pensando que podía no ser original, sino convencido de que lo era y seguro de que, si en el museo me lo confirmaban, iban a quedársela. La app, para pasmo nuestro, me mostró lo que cualquiera que no fuese un padre de vacaciones con su hijo habría sabido ver: era sólo una simple reproducción que costaba tres euros en la tienda del mismo museo en el que queríamos consultar.

Con el chasco, recordé los dos artículos que más arriba comento. Pensé entonces que, muy probablemente, podríamos mi hijo y yo ser protagonistas de letras parecidas si cualquiera de aquellos dos colegas míos nos hubiese observado con su curiosidad de entomólogo mientras, ilusionados, toqueteábamos la moneda.  Se lo comenté a Luis Ángel, que, aun con la decepción, se rió y sentenció con una frase (las tonterías son para el verano) que merece lucir grabada donde convenga para que nadie, nunca más, se equivoque y emplee una columna para reírse de gentes que sólo tratan de pasarlo bien en vacaciones o cuando sea.

A mí, que peino ya canas, me enseñaron que el lápiz es arma poderosa y, luego ya yo solo, aprendí que ese poder jamás debe usarse contra quien es a ti parejo o inferior en posibilidades y recursos. Por eso, si algún día escribo para reírme de gente que recoge fruta o hace paddle surf para pasar un buen rato, sacadme los ojos y colocad sobre las cuencas monedas como las que encontramos en Segóbriga, porque tendré bien merecido vagar ad aeternum por la misma orilla en la que penarán quienes dedican su talento a pregonar que el rey va siempre bien vestido y se ríen de las chanclas con calcetines de los turistas.

Mientras, eso sí, seguiré escribiendo sin señalar más que a quien lo merezca y riéndome con ganas cada verano tras hacer alguna bobada con la misma alegría que las señoras mayores que van de excursión a recoger melocotones o que las parejas que se caen al río y se besan mientras sesudas articulistas las miran con suficiencia. Haced todas las que podáis y disfrutadlas sin vergüenza porque se convertirán, seguro, en recuerdos felices: las tonterías son para el verano.

Postdata: Dije que no señalaría a nadie, pero tampoco soy perfecto. Los artículos a los que me refiero son éste y éste. Al fin y al cabo, de eso hablo: de hacer tonterías.

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