Quien suscribe, que tuvo el privilegio de conocer a su bisabuela (Eusebia, se llamaba), todavía recuerda la manera como vestían ella y su hermana Pepa. Las dos, en cumplimiento de una promesa que, o bien no recuerdo o quizá nunca llegué a conocer, lucían de cotidiano el Hábito de la Virgen del Carmen, de castaño color y símbolo, dicen, de la humildad y austeridad que caracterizan a los devotos de dicha advocación mariana, patrona de la comarca (el Valle de Santullán) en la que está Matabuena, su pueblo. A las dos, nacidas en los primeros años del XX, las traté siendo muy pequeño y, aunque las recuerdo distintas a como eran entonces mi madre, Maricarmen, y mi abuela, Ángeles, las veo en mi memoria más que dignas y, eso sí, revestidas siempre del orgullo de quien viste como elige y sabe explicar por qué. A mí, al menos, supieron contármelo.
De aquellas mujeres que, en vida, hicieron lo que su tiempo y aquellos de quienes se rodearon les dejaron hacer, me he acordado estos días al hilo de la guadianesca polémica hoy revivida que suscitan ciertos islámicos ropajes que, desde cierta izquierda poco amiga de la libertad individual, se comparan con hábitos como el que lucían mi bisabuela y su hermana. Yo, que tengo memoria (y ojos), veo poco de parecido entre ellas y la gente que luciendo chadores, niqabs, hiyabs o como se llamen me cruzo en Barbastro, Fraga, Alcarrás o Lérida, poblaciones en las que transcurre mi geografía cotidiana.
No negaré, por supuesto, que aquellos hábitos suyos me generaban entonces una sensación de estar ante reliquias de un tiempo ya ido y no necesariamente mejor similar a la que ver a musulmanas cubiertas me causa hoy, pero con dos diferencias: mi bisabuela y su hermana no se cubrían el pelo – la cara nunca- más que en contadas ocasiones y ni la una ni la otra trataron jamás de imponer sus usos ni a mi abuela primero ni a mi madre después. Por eso, la primera vistió toda su vida como le dio la gana y mi madre lo ha hecho también siempre.
Velocidad y tocino evidencian así, y mal que les pese a los defensores de lo indefendible, pareja relación a la que los embozos arábigos que algunos califican de anecdóticos por aquí pueden llegar a tener con vestimentas como las que lucía Doña Eusebia. Pretender lo contrario se me antoja añagaza propia no ya de quien no entiende la diferencia entre la grasa de cerdo y la rapidez de desplazamiento, sino subterfugio digno de gente mala que, como hace el Ministerio de la Presidencia que dirige Bolaños al financiar estudios como éste, se erige en defensora de una falsa libertad que facultaría a las mujeres de fe musulmana para autoanularse y lucir ropas que, en sí, son una imposición inadmisible en sociedades democráticas y no símbolo de devoción honesta como la de mi bisabuela.
No, lo siento, no es tradición: es sometimiento, es maltrato y es vergüenza. La señora Eusebia escogió y, por eso, se mostraba sin velos ni rebozos y te explicaba qué quería decir aquel vestido suyo color chocolate que tiene, que ya es decir, hasta versiones veraniegas, porque la Virgen del Carmen se celebra el 16 de julio. Lo que hacen (o les hacen hacer) a las musulmanas es otra cosa que aquí está de más. En Francia, Portugal, Bélgica o Italia ya han tomado decisiones, pero, por desgracia, en España aún no lo hemos entendido. Mi bisabuela, que era mujer sabia y directa, solía decir que un bobo emboba a ciento si le dan lugar y tiempo y, por eso, trataré de ser tan claro como lo era ella: el velo, aquí y allí, sobra y quienes lo defienden, también.