Barbastro-Monzón celebra el ejemplo del sacerdote centenario Lorenzo Buera, "el panadero de Dios"

Un cura "de la masa madre" que ha amasado con paciencia comunidades cristianas para repartir "el pan de la ternura de Dios con quienes más lo necesitaban"

05 de Agosto de 2026
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Mosén Lorenzo Buera y el obispo Pérez Pueyo
Mosén Lorenzo Buera y el obispo Pérez Pueyo

En el día de San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, tenía una encomienda especial: "Damos gracias a Dios por los cien años de vida de nuestro querido sacerdote Lorenzo, por el don de su vocación y por tantos años de ministerio al servicio del Pueblo de Dios". Lo proclamaba ante la reliquia de San Ramón obispo, "signo de comunión y de esperanza". En la celebración para compartir los cien años de vida del buen cura, enfatizaba que "es el Señor quien llama, urge y envía a quienes ha elegido para servir a su pueblo".

Tras la Lectura de San Pablo a los Corintios que proclamaba que "nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús", el prelado pronunciaba la del Santo Evangelio según San Juan. "Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas".

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EL PANADERO DE DIOS

En la personalización tan fructífera y característica del jerarca de Barbastro-Monzón, monseñor Pérez Pueyo daba en su homilía las gracias "por una vida bien amasada por el Señor. Cuando pensamos en Mosén Lorenzo Buera, no podemos separar al sacerdote del panadero. Porque Dios no le cambió el oficio; lo llevó a su plenitud".

Cambió, simplemente, la materia prima de las generaciones precedentes de su familia en Pozán de Vero, acostumbradas a propiciar supervivencia a través de la elaboración diaria de pan con las características de este oficio: madrugar mientras todos dormían, mezclar harina, agua, sal, levadura e incorporar la paciencia en la espera. "Porque el buen pan nunca nace de la prisa; necesita tiempo, paciencia, manos expertas y mucho amor".

El secreto de la diferenciación, empero, estaba en "la masa madre. Los buenos panaderos guardan siempre un pequeño trozo de la masa del día anterior. Es la masa madre. No se improvisa. Se cuida, se alimenta y pasa de una hornada a otra. Gracias a ella, cada pan conserva el sabor, la fuerza y la identidad de la casa. Si un día se pierde la masa madre, el pan sigue siendo pan, pero ya no sabe igual".

Establecía a través de la realidad pretérita de mosén Lorenzo la analogía con la vocación sacerdotal. "También Dios va transmitiendo, de generación en generación, una "masa madre": la fe recibida, el Evangelio vivido, el amor a la Iglesia, la entrega silenciosa de tantos sacerdotes santos que nos precedieron. Ningún sacerdote comienza de cero. Todos recibimos una herencia viva que estamos llamados a custodiar y a transmitir enriquecida"...

Y un buen día "Dios llamó a Lorenzo. Y él comprendió que el Señor le pedía cambiar de horno, pero no de oficio. Su familia perdió un panadero. La Iglesia ganó un sacerdote. Desde entonces siguió haciendo pan. Pero ya no solo el que alimenta el cuerpo. Comenzó a partir el Pan de la Palabra. A repartir el Pan de la Eucaristía. A compartir el pan del perdón, de la esperanza, de la misericordia y de la ternura de Dios".

Ángel Pérez Pueyo ha especificado que un cura no reparte ideas, teorías ni discursos, sino que "ofrece a Cristo". Ha apelado a la feliz definición del Papa Francisco en el sentido de que el sacerdote ha de tener "olor a oveja", caminando delante para orientar, acompañando en medio y sosteniendo desde atrás a quien se queda rezagado.

De pontífice a pontífice, León XIV incita a "recuperar la belleza del ministerio sacerdotal como una vocación profundamente enamorada de Jesucristo, cercana a las personas, humilde, alegre y sembradora de comunión. El sacerdote no es un funcionario de lo sagrado; es un hombre cuya vida se convierte en pan partido para los demás".

Palabras profundas depositadas nuevamente en los paradigmas del centenario. "¿No hace eso un buen panadero? No guarda el pan para sí. Lo parte. Lo reparte. Lo comparte. Porque el pan solo cumple su misión cuando llega a la mesa. También el sacerdote solo encuentra el sentido de su vida cuando hace llegar a todos el Pan de Dios".

Tributo a mosén Buera por su riqueza de ministerio sacerdotal humilde, sin alharacas, sin cargos, sin escribir grandes libros, pero con la gran obra de "alimentar la fe de las personas". Una ejecutoria que la "conoce Dios" como máxima satisfacción íntima y sublime. "Gracias por haber sido un hombre de la masa madre. Gracias por mantener viva la levadura del Evangelio. Gracias por haber amasado con paciencia comunidades cristianas. Gracias por haber partido el Pan de la Palabra. Gracias por haber repartido el Pan de la Eucaristía. Gracias por haber compartido, tantas veces en silencio, el pan de la ternura de Dios con quienes más lo necesitaban".

El prelado y el sacerdote centenario
El prelado y el sacerdote centenario

Una homilía de Ángel Pérez sin alusión a los jóvenes es una extrañeza. Siempre echa las redes de pesca, para hacerles conocer que "el sacerdocio es una de las llamadas más bellas, más altas y más apasionantes que Dios puede hacer a una persona. No hay mayor privilegio que gastar la vida para que otros descubran a Cristo. No hay alegría más profunda que convertirse, con las propias manos y con el propio corazón, en pan partido para un mundo hambriento de sentido, de esperanza y de Dios". A ellos explicaba la pregunta que cambió la vida de mosén Lorenzo: "Señor, ¿qué quieres de mí? La Iglesia siempre necesitará panaderos. Pero nunca dejará de necesitar panaderos de Dios".

UNA PRODUCCIÓN COLOSAL

Lorenzo Buera Salamero nació en medio del bullicio de una familia con once hermanos, en la que con 19 años hubo de hacerse cargo del horno local, como explica Ascen Lardiés en Iglesia en Aragón. Entre harinas y estudios de comercio, sintió "el 'golpe' del Señor con un mensaje: "Yo te quiero cura"". Y ya suma 72 años tras formarse en el seminario improvisado en las Capuchinas con el obispo Tabera al frente de la Diócesis de posguerra en el que había visto desde la ventana de su casa desfilar al cura de Pozán de Vero hacia el martirio.

Cosculluela de Fantova, Bielsa, Aínsa, Graus, Fonz y Seira fueron sus destinos en el nomadeo sacerdotal propio del cura de pueblo y de pueblos. Doce años como capellán de las monjas de Sijena marcaban su trayectoria.

A sus cien años, sigue predicando desde la Casa Sacerdotal a través de correo electrónico, una forma de combatir una cierta superficialidad teológica y del pensamiento general, con la esperanza puesta en la sinodalidad que defiende por sus raíces bíblicas.

Lleva la legitimidad adosada a la experiencia, al conocimiento de una docena de obispos y ocho papas, a la transformación local de la Diócesis y universal de la Iglesia. En medio de las celebraciones, una reflexión final: "Yo no soy como quiero ser sino como Dios quiere que sea".