Cocinar a tientas con el sordociego Rafael Zapata, "vais a tener los ojos en la yema de los dedos"

Cinco chefs y un periodista elaboran hojaldre de cabello de ángel con antifaces dentro de la actividad "Iguales y con Buen Gusto" de la ONCE

20 de Mayo de 2026
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Rafael Zapata, sordociego y maestro en la cocina: "Vais a tener los ojos en la yema de los dedos"

"Vais a tener los ojos en la yema de los dedos". Una explícita definición de Rafael Zapata, persona con sordoceguera, definido como el "mayor grado de aislamiento que pueda sentir una persona" cuando se recuerda a Hellen Keller, la escritora, política y filántropa estadounidense reconocida como la primera universitaria con esa discapacidad en el mundo, sobrevenida por un accidente con 19 meses. Un paso más adelante el de Gennet Corcuera, sordociega de nacimiento, etíope afincada en España por el corazón generoso de la suegra del embajador español en Addis Abbeba, hoy ejerciente en su magisterio tras iniciar sus estudios gracias a la ONCE.

Rafael Zapata ha dirigido en el Centro de Innovación y Gastronomía de Aragón la actividad "Iguales y con Buen Gusto" dentro de la Semana del Grupo Social ONCE en Aragón, de la Fundación ONCE para la Atención de Personas con Sordoceguera,en la que cinco cocineros y un periodista, el arriba firmante, han elaborado hojaldre de cabello de ángel con la visión "cegada" con antifaces o gafas especiales. La normalidad para Rafael, una excepcional, sobrecogedora y tensa experiencia para los partícipes que han relevado los ojos por los dedos como guías.

En el contexto, de la acción, Rafael ha explicado las peculiaridades de la vida de una persona sordociega, mostrado su bastón plegable de colores rojo y blanco que les identifica. Siempre con la gratitud a la ONCE, recuerda el origen de su realidad. "Cuando tuve que dejar de trabajar, el mayor problema que tuve fue afrontar la situación. Lo primero con psicólogos de la ONCE, que están muy preparados, porque lo primero es asumir la situación, y luego afrontarla".

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No deja de ser una interpretación personalizada de las conocidas fases del duelo. "Para afrontarla, hay que tener una buena actitud. Te darás muchos golpes, pero, cuando te pase cualquier cosa, que a mí me pasan muchas, lejos de traumatizarte por ellas, lo que tienes que hacer es hacer de ellas un chiste. De hecho, estoy pensando escribir un libro sobre situaciones que me han ocurrido, pero, claro, si me pongo a escribir, me salen las letras torcidas. En cuenta de los reglones de Dios, serían los reglones torcidos de Rafael. Entonces, me resulta más cómodo hacer un monólogo que escribir un libro". Genio y figura, se llamaba antaño a semejante cúmulo de ingenio.

"Tomarte la vida con filosofía, con buena actitud y mucha paciencia. Cuando la cosa nos supera, respirar hondo y tranquilidad. Lo demás, poco a poco, se va consiguiendo todo". La receta personalizada de Rafael Zapata, natural de Gallur.

Su alter ego, Merche, su mujer, con la que residió durante tres años en Huesca, se ha convertido en una experta en comunicación con personas sordociegas. Recuerda el método "dactilológico en palma, que es llevar las letras, el diccionario, a la mano. Hago palabras. Y también con signos, le pongo en la mano y él la interpreta. La estudiamos y nos comunicamos los dos. Cuanta más gente lo supiera, más integrados podíamos estar".

Una demostración. El abecedario está integrado, pero los signos interpretados en la mano todavía están en fase de divulgación. Asegura Rafael que se escribe siempre sobre la mano derecha, porque, aduce, tiene más sensibilidad. "Hace muchos años, yo viví en Huesca", dibuja sobre la palma de Merche. Replica ésta: "Yo también". "Vivir en Huesca fue una de las experiencias más bonitas de nuestro matrimonio". Recomendación: "Paciencia y cariño". Y marcar mucho las letras.

Merche, Rafael, Miguel y Ana
Merche, Rafael, Miguel y Ana

Miguel Gijón, del equipo de profesionales especializados en sordoceguera de la ONCE, expone que es una "discapacidad única, una auditiva y otra visual en diferentes grados. Tiene unas limitaciones y necesita unos recursos muy específicos: psicólogos, técnicos de rehabilitación, mediadora... Gente muy preparada para atender a una persona cuando ya no oye, no ve, hay muchos niveles". Ha recordado una conversación con Merche y Rafa. "Hoy, más que llevaros la idea y las limitaciones de la ceguera, que las tiene en el ámbito de la comunicación y la interacción con el entorno, queremos que veáis que, con el apoyo y los recursos adecuados, con paciencia y un trabajo sistemático, con orden, con ambientes accesibles, un ambiente con sordoceguera puede potenciar sus habilidades, en el caso de Rafa con la cocina, que le apasiona".

Ana Carrera, técnico de la ONCE, explica la manera en la que los participantes en la experiencia van a ver mermada su visión, con antifaces o gafas de simulación, éstas de dos situaciones visuales: visión borrosa o reducción periférica de campo. En el primer caso, se simula una ceguera inmediata. "Luego pondremos en común sensaciones, pero vais a sentir la importancia del orden, del tacto, de los tiempos que manejamos. Aquí necesitaréis un poco más de tiempo. Esto no va de que no podemos hacer, sino de cómo, con adaptaciones o actuar con los elementos, podemos realizar la actividad".

"¿Y A JUGAR? NO, ES ALGO SERIO"

Podríamos parafrasear al famoso Joaquín Prat en su concurso televisivo y proclamar aquello de: "A jugar". Sin embargo, esto es algo serio. Cada uno de los participantes somos guiados por unas gentiles pero firmes manos lazarillas. Ahí vamos, dirigidos, los cocineros Pilar Sancerni (El Alambique), Carmelo Bosque (Lillas Pastia), Beatriz Allué (El Origen), Cristian Mor (Fendo) y Eloy Murillo (Barrrbaro) y el periodista, hacia nuestros improvisados obradores, sintiendo en todo el ser el peso de la responsabilidad y las sensaciones de la discapacidad visual.

Ya frente a nuestra mesa de trabajo, Rafael va dando instrucciones. Primero, la identificación, ahora con los dedos como ejecutores de las órdenes, de todos los ingredientes, con la orientación espacial a través de las horas del reloj. A las tres, plato, pincel y tenedor. A las nueve, rodillo, cuchillo y trapo. A las doce, el frente más ancho, y de izquierda a derecha, azúcar, piñones, huevo, cabello de ángel y harina. A las seis, junto a nosotros, la hoja de hojaldre, más pequeña que la superficie requerida para la elaboración de tres piezas, por lo que hay que tirar de rodillo para conseguir ese pequeño milagro que ofrece el moldeable producto. A ciegas, y sirviéndonos de los dedos para identificar que, efectivamente, ya tenemos el tamaño de folio requerido (nos lo entregan doblado en tres partes milimétricamente exactas).

El momento de la acción. El instructor, con tono amable pero escrupuloso y firme. Como en los programas televisivos, hay alguna ayudilla externa (recriminada por Rafael, por cierto). De verdad, se masca la tensión. Primero, espolvorear con harina el hojaldre. La maniobra aparentemente más sencilla revela una cierta discapacidad y admiración: ¿Cómo pueden hacerlo sin la vista? ¡Cómo pueden hacerlo sin la vista!

Tercer paso, se antoja de auténtico delineante. Con el folio agrupado para que sea la tercera parte, hacer con el cuchillo tres hojas de hojaldre. Despacito, como la canción, sin dejar de acompañar el cuchillo con el papel sostenido por el dedo, y con apoyo exterior, "se te va un poquito abajo, ahora bien, ahora bien".

A esas alturas, la tensión se acumula en todo el cuerpo... y en la mente. Vamos a las doce. Cabello de ángel: de izquierda a derecha, gastando todo el recipiente, rellenar tira a tira. Si ya es difícil localizarlas, calcular para la distribución está reservado a los prodigiosos. Hay lecciones de trigonometría más sencillas. Misión cumplida... siendo optimistas, porque, claro, el resultado sólo lo ven los espectadores del coliseo. Nos chupamos los dedos y vamos, lazarillo mediante, a lavarnos las manos en la pila. A estas alturas, la desorientación espacial es absoluta.

A las doce recogemos el huevo y, a las tres (recordemos, el reloj), el plato y el tenedor. Cascamos el primero y lo depositamos -con puntería- en el fondo del segundo. Identificar con el tenedor y a batir como si no hubiera un mañana. A quien esto suscribe se le queda una porción de yema, como le indican, tal es la complejidad, y se aplica a solventar el déficit.

Pincel y a pintar con huevo la parte de abajo del hojaldre con cabello de ángel. Luego, tomar la zona superior y juntarla con el borde de abajo, envolviendo el dulce. Otra pintura por arriba. Y valiéndonos del índice, a hacer unas pequeñas incisiones separadas por un centímetro en la parte baja del conjunto.

En plena elaboración a ciegas del hojaldre relleno de cabello de Ángel
En plena elaboración a ciegas del hojaldre relleno de cabello de Ángel

Tras esta gesta, el más difícil todavía. Tomando por el extremo izquierdo la composición, y modelándola, convertimos la rectitud en una herradura. Y, sobre ella, una dotación de piñones y un espolvoreo de azúcar. Y, ¡voilá!

Con la ilusión de encontrar el tesoro después de permanecer en la isla sensorial, nos desprendemos del antifaz y, después de quedar deslumbrados por la luz, constatamos que, efectivamente, con buen maestro todo se consigue. Sensaciones y lecciones.

Las sensaciones de la extrema dificultad, de la complejidad de adaptarse a la desaparición del entorno visual, la luz perdida y la luz buscada a través de los dedos, una tensión que deja los músculos agarrotados hasta su liberación, una concentración rígida, un valor del tiempo que vuela para evitar la fuga de las instrucciones, una cierta impotencia por momentos y, de cuando en cuando, un ángel se cruza para recordarnos que en el mundo son infinitos los que han sabido doblegar a la discapacidad convirtiendo la oscuridad en soluciones para "ver" la vida de otra manera. Y caminar... aunque sea con bastón rojiblanco o con el mejor amigo del hombre.

Y una lección. Nunca había interiorizado la máquina perfecta y dual que es la de las manos. Cada dedo tiene su especialización. El pulgar firme que delimita, el índice que dirige las operaciones, el corazón que es la avanzadilla por su mayor largura, el meñique que contornea el final de la acción... ¿Y el anular? Bueno, con llevar el anillo que es metáfora del compromiso, ya cumple su función. Así que, ¡manos, muchas gracias por ser mis ojos!

P.D.: Infinitas gracias a la ONCE y su fundación, al Ciga, a Anabel e Ismael, a Miguel y a Ana, a mis lazarillos (como no los veía, no los identificaba), al Santo Job (por inventar la paciencia) y a Rafael y Merche por insuflarnos la sabiduría que les otorga la matrícula de honor en la diversa lección de la vida.

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