La Semana Santa de Barbastro ha puesto un precioso colofón este Domingo de Pascua con la celebración de la tradicional Procesión del Encuentro Glorioso, que ha congregado a numerosos fieles y visitantes en la Plaza del Mercado en un ambiente de alegría y celebración.
La procesión comenzaba a las 11:15 horas desde la iglesia de San Francisco con la salida del paso del Cristo Resucitado, portado por miembros de las siete cofradías de la ciudad y acompañado por los estandartes y presidentes de las hermandades, a excepción del de la Cofradía del Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad, que acompañó desde el inicio a la Virgen. La sección de instrumentos de la Hermandad Escolapia del Santo Cristo de la Agonía y Nuestra Madre Dolorosa definía el ritmo del recorrido del paso de Cristo Resucitado.
A las 11:25 horas, partía Nuestra Señora de la Soledad de Gloria, cubierta con un manto negro —señal del luto por la muerte de su Hijo— sobre su vistoso atuendo blanco y dorado, acompañada por numerosos cofrades y por la sección de instrumentos de la cofradía.
Ambos cortejos, cuyos participantes portaban claveles blancos como símbolo de pureza y esperanza, confluían en la Plaza del Mercado en torno a las 11:45 horas. Allí tenia lugar el esperado Encuentro, momento en el que se retiraba el manto negro de la Virgen, dejando al descubierto su indumentaria de gloria como signo de la alegría por la Resurrección. El instante, cargado de simbolismo, era acompañado por el sonido de los tambores y bombos, así como por la interpretación de una jota que emocionó al público congregado.
A continuación, el obispo, Ángel Pérez Pueyo, presidía la solemne Eucaristía de la Resurrección del Señor, con el acompañamiento del coro de la Unidad Pastoral de Barbastro, transformando la plaza en un espacio litúrgico al aire libre.
EL OBISPO ÁNGEL A LOS JÓVENES
En su homilía, con un mensaje especialmente dirigido a los jóvenes, apelaba monseñor Pérez a la realidad concreta de sus dificultades -soledad, inseguridades, miedos o heridas personales-, recordando que esas “cruces” no se viven en soledad, sino que Cristo las asume y las transforma. Enfatizaba, además, que la Resurrección no supone la desaparición de los problemas, sino la posibilidad de afrontarlos desde la esperanza, la confianza y el encuentro con Dios, fuente de paz, alegría y verdadera libertad.
Monseñor Pérez se dirigía a los jóvenes con los que compartió a los que iban a confirmar quince problemas que les ha tocado vivir y les preguntaba qué les responderiais si fueran amigos. "Quince historias, quince vidas, quince cruces muy concretas. No te hablo de teorías, no te voy a contar milongas. Te voy a hablar de historias reales que no saldrán en los titulares de nuestra prensa escrita, pero que late de lo más profundo de tu corazón, en tu hogar, en tu pandilla de compañeros del cole o de la peña, en el grupo de tus amigos más íntimos".

El obispo proseguía su alocución directa al corazón. "Como la vida misma. Cruces que pesan a muchos jóvenes, jóvenes que no se gustan ni se aceptan, que se miran al espejo y no se reconocen, que viven con una autoestima muy baja o quizás rota, que llevan una doble vida: lo que aparentan en las redes y lo que sufren en silencio. Jóvenes que están rodeados de gente, pero que se sienten profundamente solos. Jóvenes que han probado de todo: alcohol, drogas, juego, pero siguen sintiéndose igualmente vacíos. Jóvenes que viven enganchados a la pornografía convirtiéndola en el manjual de relaciones personales más íntimas. Jóvenes que no saben que responder cuando tu chico o tu chica te pide que hagas esto o aquello para lo que no estás preparado ni te atreves. O, por el contrario, consientes para no ser juzgado ni excluido de la pandilla".
La intensidad de la homilía del prelado era emocional. "Jóvenes que cargan heridas familiares que no saben cómo sanar. La ruptura de sus padres, las infidelidades, los malos tratos, el no sentirse queridos, deseados o comprendidos. ¡Como me impresionó el testimonio de una muchacha de 14 años, adolescente en estado puro, que respondía a bocajarro a mi pregunta ¿quién soy?, y ella decía sin titubear: soy el error de cálculo de mis padres. Y, por si no me hubiera quedado claro, cuando pregunté qué valor tiene tu vida al grupo, ella misma alzó la mano y dijo sin titubear: los minutos de pçlacer que produjo aquella relación".
Refiriéndose a la feligresía en general, añadía que los hijos, aun siendo más pequeños, "no son ingenuos ni tontos". Otra lista de jóvenes apuntados en la lista de protocolo con indicios de suicidio. Alguno me decía: obispo, término cariñoso que utilizan cuando se sinceran conmigo: estoy hecho polvo. Estoy hecho unos zorros, ayúdame". Y ha dicho algo alto y claro: "Esas cruces, Cristo ya las ha cargado, no son solo tuyas. Él las ha puesto sobre sus hombros, las ha atravesado en su cuerpo, las ha llevado en su corazón".
Cuando el Viernes dejaron a Cristo en la Cruz, "ahí estaban también vuestras cruces, las que nadie ve, las que no contáis, las que pesan de verdad. Por eso, escuchad bien esto: resucitar no es que desaparezcan los problemas. Resucitar es dejar que Dios cargue con tu cruz, abrirle el corazón, resucitar es dejar de luchar solo, y entonces ocurre algo que el mundo no puede darte: la paz, la alegría, la libertad, una libertad que no depende de que todo vaya bien, sino de saber que no estás solo. Por eso, te lo digo, a ti, joven; a ti, cofrade de la sección de instrumentos, no tenéis que poder con todo, no tenéis que fingir que sois fuertes. Tenéis que dejaos encontrar".
Ha proseguido el jerarca con su mensaje a los jóvenes. "Cristo no ha muerto para que sigas igual, ha muerto para cargar con lo que más te pesa, para levantarte por dentro, para darte la vida. Y hoy, desde esta misma plaza, sé que no has venido sólo a ver. Gracias por fiarte de quien te conoce y te quiere como nadie. De Jesús el Nazareno. Gracias por atreverte a entregar tu Cruz, a dejar que Él la cargue, a empezar de nuevo. Porque, al resucitar, no es magia, es encuentro y ese encuentro puede cambiarlo todo. Grita conmigo en esta Plaza esta mañana este verso adaptado de Dámaso Alonso: Te pedí muchas veces que existieras, hoy te pido Señor que existas, mi amor te ama, que existas te lo pido con toda tu inmensa intensidad. Que mi alma quede eterna cuando se muera mi cuerpo. Cristo ha resucitado. Verdaderamente, ha resucitado, y tú con Él".
La celebración concluía con el regreso conjunto de las imágenes a la iglesia de San Francisco, esta vez acompañadas por todos los estandartes de las cofradías, poniendo el punto final a una Semana Santa vivida con intensidad, tradición y fervor.
Recuperado en 2008, el Encuentro Glorioso se ha consolidado como uno de los actos más representativos, jubilosos y queridos por los barbastrenses, reflejando el espíritu de unidad y fe que define a la ciudad.
La Semana Santa de Barbastro cierra así una edición marcada por la amplia participación de cofrades y la destacada presencia de público, consolidándose, un año más, como una cita imprescindible en el calendario anual y como una de las expresiones más vivas de la identidad y tradición de la ciudad.