Hay reconocimientos que premian una trayectoria y otros que valoran, además, a la persona que hay detrás de ella. A Ernesto Escar todavía se le humedecen los ojos cuando habla de la Parrilla de Oro, el mayor galardón que concede la ciudad de Huesca y que recibirá este miércoles, 29 de julio, a las 20:00, en un acto que se celebrará en el Museo de Huesca, en reconocimiento a su extraordinaria contribución al desarrollo y engrandecimiento de las fiestas de San Lorenzo y a los servicios prestados a la ciudad a lo largo de su dilatada trayectoria profesional. Le ocurrió el día que recibió la noticia y le sigue ocurriendo cada vez que piensa en el acto de entrega. "Es el reconocimiento más grande que hay en esta ciudad, con eso está todo dicho. Me emocioné entonces y me emociono ahora". Quien durante casi cuatro décadas permaneció discretamente entre bastidores, procurando que todo funcionara sin llamar nunca la atención, será ahora quien ocupe el lugar central.
Detrás de esa emoción hay una forma de ser que aprendió mucho antes de entrar en el Ayuntamiento. Cuando se le pregunta qué le enseñaron sus padres apenas necesita unas palabras para resumir toda una vida: "Ser buena persona y trabajador. Creo que con eso está todo dicho". Esos dos principios han guiado una carrera marcada por la discreción, el servicio público y la convicción de que el trabajo solo tiene sentido cuando contribuye a que los demás disfruten sin preocuparse de lo que ocurre entre bastidores.
Su destino profesional cambió de forma inesperada. Había ingresado en el Ayuntamiento como agente de la Policía Local, pero una intervención cambió por completo su futuro. Era un martes, pocos días después de las fiestas de San Viator. Mientras patrullaba por el centro de Huesca escuchó lo que creyó que eran unos petardos. En realidad, un preso acababa de fugarse de la antigua Audiencia Provincial. Al intentar reducirlo sufrió una gravísima lesión en el brazo que le obligó a pasar por varias operaciones y un tribunal médico. Aquella circunstancia le apartó del servicio activo, pero no de su vocación de servicio.
Sin conocimientos previos, comenzó a aprender protocolo con una libreta y un bolígrafo, asistiendo a actos oficiales y completando después su formación con un máster en la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Afirma que buena parte de su formación nació de la costumbre de preguntar a quienes sabían más que él, convencido de que la mejor manera de insttruirse consistía en escuchar, observar y seguir mejorando cada día.
Durante 38 años organizó la presencia institucional en las fiestas de San Lorenzo y en los principales actos oficiales de la ciudad. Siempre defendió que el protocolo no consiste en repartir privilegios, sino en aportar orden para que todo transcurra con naturalidad. Alguna autoridad mostró en alguna ocasión su desacuerdo con el lugar que ocupaba en una mesa o en un acto, pero él siempre optó por explicar los motivos y buscar acuerdos. "Con los jefes de protocolo de otras instituciones nunca he tenido ningún problema. Ellos hablaban con sus cargos y siempre buscábamos la solución más satisfactoria para todos".
Siempre procuró que quienes acudían a Huesca como representantes de otras administraciones regresaran con una buena impresión de la ciudad. Consideraba que el protocolo también era una forma de hospitalidad institucional y entendía que cada visita debía convertirse en una oportunidad para proyectar una imagen cercana, ordenada y acogedora de la capital oscense.
Las fiestas también dejaron algunos de los capítulos más emotivos de su vida. Después de no haber podido asistir al nacimiento de sus dos hijos mayores por motivos de trabajo, el 9 de agosto pudo, por fin, estar presente cuando nació Raúl Luis. Aquel día alternó los preparativos de San Lorenzo con las visitas al Hospital San Jorge hasta que llegó el momento del parto. Nada más nacer, le colocó la pañoleta verde que él mismo llevaba al cuello, besó a su mujer, Maribel, besó al pequeño y regresó al Ayuntamiento porque las Completas no esperaban. Durante aquellos años, ella fue el apoyo silencioso que hizo posible una dedicación absoluta a la ciudad. En los escasos momentos libres, Ernesto se escapaba al hospital para llevarle un helado de los italianos, compartir unos minutos con ella y volver inmediatamente al trabajo. Aquella pañoleta sólo se la vuelve a poner cada 9 de agosto.
Ni siquiera un fuerte cólico nefrítico consiguió apartarlo de sus responsabilidades. Ingresado en Urgencias un 9 de agosto, siguió coordinando por teléfono los preparativos de las Completas mientras las enfermeras le pedían que dejara descansar el móvil. Al día siguiente, todavía convaleciente, volvió a estar al pie de la procesión.
Aunque organizó centenares de actos, si tuviera que elegir uno solo no hablaría de la procesión ni de la ofrenda, pese a ser los más complejos. Su recuerdo se detiene siempre en las Completas. "Para mí es el más bonito de todas las fiestas. El fervor que se vive dentro de la basílica no tiene comparación".
Reconoce, eso sí, que hay una imagen de las fiestas que echa de menos: la de las peñas repartidas por distintos puntos de Huesca, cuando el ambiente se distribuía por toda la ciudad y los vecinos recorrían un local tras otro durante las celebraciones.
Por primera vez podrá decidir el ritmo de las fiestas sin una agenda marcada por acreditaciones y recorridos oficiales. Sonríe cuando explica que el plan será sencillo: acompañar a Maribel allí donde a ella le apetezca, algo que durante décadas apenas pudieron hacer juntos en San Lorenzo.
No siente nostalgia. "Mi etapa ya ha pasado. Ahora son otros quienes tienen que aportar su grano de arena", aunque como cofrade de San Lorenzo, asegura que siempre estará dispuesto a echar una mano en aquello que haga falta.
Cuando mira atrás comprende que el mayor premio no es únicamente la Parrilla de Oro, sino el afecto recibido de la Policía Nacional, la Guardia Civil, el Ejército, los Bomberos, la Policía Local, la Archicofradía de la Santísima Vera Cruz y de tantos compañeros y vecinos. Porque, al final, la vida de Ernesto Escar cabe en aquella sencilla lección que aprendió siendo niño y que nunca dejó de poner en práctica: trabajar con honestidad y procurar ser, por encima de todo, una buena persona.