Porque hay fenómenos que trascienden el raciocinio humano -no digamos su ausencia-, el cuerpo de Carlos Ochoa Hortelano ha debido entender que debía acompañar con su espíritu a su hermano José Luis, recientemente fallecido. Tan discreto como exuberante era su hermano juez, no daba señales de que la otra parte de la vida, la antagónica, viniera a visitarle, a pesar de que su salud llevaba muchos años resentida por esos caprichos que en ocasiones exhibe el cuerpo humano. Este martes caluroso de 28 de julio ha terminado la resistencia de un hombre enjuto, firme y valeroso.
Carlos, como José Luis, han constituido en existencia y configuran en ausencia terrenal una parte fundamental de la cultura de Huesca. De la de verdad, de la que no por popular renuncia a un ápice de virtuosismo. Como sucede con el pionero en el salto a las galaxias divinas, Carlos Luna, otro que tal en el carácter laurentino, de Huesca, de la Sociedad Deportiva Huesca, de la sociedad de Huesca, permítasenos la redundancia.
Mainates de foces, hatos de mainates, emociones a la carta, cualquier combinación conduce a Huesca y guía hasta los predios del mejor santo del universo eterno como es Lorenzo, el de los pobres, de los bibliotecarios, de los cocineros.
Carlos Ochoa Hortelano estaba maravillosamente dotado para la música. Un virtuoso con alma. Un ser humano armónico en todos los sentidos del término, que vivió en esa ciudad de las creatividades mediterráneas que es Valencia su formación en Bellas Artes, y donde ya constató que no había géneros ni fronteras entre el jazz, la fusión y el flamenco.
Con una entrega absoluta a la música que contagió en centros escolares y allí donde se pidiera su delicada presencia para deleitar al dios Apolo, admiró a Goran Bregovic en Pirineos Sur como concertino con la Orquesta Cámara de Huesca, y encandiló con el cuarteto Alceste en que ha ofrecido conciertos junto a dos sorpanos, con sus actuaciones en Cosecha de Invierno, Música de las Cimas y Periferias.
Instrumentista y arreglista de grupos como Hato de Foces, con el que experimentó una emulsión de bajo y batería que condujo a ganar el Festival Nacional de Actualizción del Folklore, Tresena, Borrasca, Imperium, Escoria Oriental, Los Titiriteros, Milenium... quizás su magnanimidad humana se percibiera especialmente en conjuntos identitarios como Os Mainates (en cada reaparición esporádica, lucía al unísono con sus amigos), Los Lambreños y con cantautores aragoneses. Un músico genial y solidario, que todo lo que tocaba llegaba a la sublimación y a todos los que acompañaba los mejoraba.
Treinta discos con su huelladeja para la eternidad, con algunas maravillas como las flautas andinas para Ennio Morricone en La Misión o la colaboración en Nu Tempo con Juanjo Javierre.
Carlos Ochoa Hortelano, de casta le viene al galgo, ha sido de los que han transportado el título icónico de Los Panchos, si tú me dices ven, a esa verdad que expresa Alejandro Jodorowsky: Todo lo que das, te lo das; lo que no das, te lo quitas. Y el bueno de Carlos, conocedor en propia carne también de los sinsabores de este valle de lágrimas, lo ha entregado todo, ahora incluso la vida para ir preparando un concierto celestial con su hermano José Luis, su amigo Carlos y un mecenas llamado Lorenzo (San de prefijo). Descansa en paz.