Enrique sabe lo que significa perder casi todo y volver a empezar sin una red que lo sostenga. La crisis económica de 2008 le dejó sin trabajo, los problemas con la hipoteca y la separación de su mujer terminaron por abocarlo a la calle. Entonces tenía dos hijas y una vida que se desmoronó al desaparecer los ingresos. Pasó entre siete y nueve años durmiendo en distintos lugares hasta que consiguió alquilar una habitación en Granada, donde permaneció otros ocho o nueve años. La avanzada edad de la mujer que se la alquilaba y su decisión de abandonar el arrendamiento lo han devuelto a la intemperie. "Llevo un mes en la calle", explica.
Ahora percibe 600 euros al mes, una cantidad insuficiente para acceder a una habitación en Huesca en el mercado actual. Los precios que encuentra oscilan entre los 500 y los 600 euros, sin contar el resto de los gastos cotidianos. "No me queda ni para tomar un café, es que no me llega", resume.
La historia de Fausto Méndez, venezolano que llegó a España hace ocho meses, muestra otra cara de esa misma precariedad. En su país trabajaba como docente y comerciante independiente; aquí, la falta de documentación, la dificultad para encontrar empleo y el coste de la vivienda han condicionado su proyecto de vida. Llegó solo, dejó a su familia en su país y, pese a su voluntad de salir adelante, todavía no ha encontrado una estabilidad que le permita vivir sin depender de la ayuda ajena.
Su primera acogida fue el albergue, donde encontró comida caliente y un lugar donde dormir. Después, el acompañamiento de Cáritas le ha permitido mantenerse en una habitación compartida, aunque la situación dista de ser sencilla. En el piso de cuatro habitaciones han llegado a convivir siete personas y actualmente residen seis. Fausto comparte habitación con otra persona y ambos pagan 450 euros. Ninguno de los dos tiene trabajo.
La falta de alternativas le ha llevado incluso a dormir en la calle. Cuando ha conseguido empleos ocasionales en el campo, los ingresos tampoco han bastado para cubrir sus necesidades. "La gente, muchas veces, se aprovecha del inmigrante", señala, antes de matizar que no todo el mundo actúa así.
UNA EMERGENCIA QUE CRECE
Los testimonios de Enrique y Fausto han dado dimensión humana al acto organizado por Cáritas Huesca con motivo del Día de las Personas Sin Hogar, que se conmemorará el domingo 25 de octubre bajo el lema "Un hogar, un lugar al que pertenecer". La campaña reivindica la vivienda como algo más que un techo: un espacio de seguridad y estabilidad desde el que recuperar la autonomía, construir un proyecto de vida y sentirse parte de una comunidad. Por cuarto año consecutivo, la iniciativa ha contado con la participación de personas que han vivido o viven situaciones de sinhogarismo, para poner rostro a una realidad que con frecuencia queda reducida a cifras y estereotipos.
Con una performance en la plaza de Navarra, se ha representado el recorrido lleno de obstáculos que afrontan quienes buscan una vivienda. La escenificación ha puesto el foco en los precios inalcanzables, la discriminación por el origen, la edad o la composición familiar y las exigencias que imponen algunas inmobiliarias, como las fianzas elevadas o la solicitud de antecedentes penales. Estos requisitos, como se ha indicado, pueden convertirse en barreras insalvables para personas que ya se encuentran en una situación de vulnerabilidad. La representación también ha querido abrir una puerta a la esperanza y plantear qué pueden hacer la sociedad y las administraciones para facilitar el acceso a un hogar digno.
Las cifras de la organización reflejan la magnitud del problema. Cáritas Diocesana de Huesca ha acompañado a 853 personas por motivos relacionados con la vivienda desde enero de 2026. Dentro de esta atención, 427 personas han recibido apoyo en materia residencial, con una inversión de 92.355 euros destinada al pago de alquileres de pisos y habitaciones, pernoctas, suministros y equipamiento doméstico, como electrodomésticos o mobiliario.
La entidad ha destinado ya más de 79.000 euros a ayudas directas para vivienda, de los que 36.010 euros se han empleado exclusivamente en pagar habitaciones. El incremento de estas partidas responde, según Cáritas, a la elevada demanda y a la subida de los precios, que ha reducido las posibilidades de acceso tanto para las personas que viven solas como para las familias.
LA INTERVENCIÓN DE CÁRITAS
María Ángeles Eito, responsable del equipo de vivienda de Cáritas Huesca, explica que la intervención de la organización comienza con el análisis individual de cada caso. Su labor comprende la escucha, la orientación y la información, además de ayudas puntuales cuando las circunstancias impiden encontrar una salida por otras vías. El problema, señala, es que los ingresos disponibles no guardan proporción con el coste actual de una habitación o una vivienda.
"Hay muy poca oferta de viviendas accesibles y los precios son inasumibles para las personas a las que acompañamos", advierte Eito. Aunque existen viviendas vacías, la oferta disponible resulta escasa y, sobre todo, inaccesible para quienes tienen menos recursos. Esta situación está extendiendo el recurso a habitaciones compartidas, en las que las personas deben desarrollar prácticamente toda su vida cotidiana, sin el espacio ni la estabilidad que proporciona un hogar propio.
La responsable de Cáritas subraya también que la exclusión residencial ha dejado de afectar únicamente a quienes carecen de empleo o atraviesan situaciones extremas. La organización observa dificultades entre personas que trabajan, pero cuyos ingresos no les permiten asumir los precios del mercado. A esta realidad se suman el desempleo prolongado, los procesos administrativos complejos, los problemas de salud, la discriminación, los desahucios, los procesos migratorios forzados y la falta de una red social de apoyo.
La evolución de la demanda también se aprecia en el Centro de Día Fogaril, un recurso de Cáritas destinado a personas en situación de sinhogarismo o infravivienda. Desde comienzos de año ha atendido a 415 en situación de calle, con una media de 27 asistentes diarios, casi diez más que en 2025.
La afluencia ha aumentado especialmente desde septiembre y algunos días ha alcanzado las 40 personas. El 68 % de quienes acuden al centro tienen entre 36 y 65 años, mientras que el número de jóvenes de entre 18 y 35 años ha crecido un 22 %. Los hombres representan el 94 % del total.
El recurso ofrece un lugar donde descansar, tomar algo caliente y buscar orientación. También va dirigido a quien cuenta con un empleo, pero no disponen de una vivienda adecuada. La exclusión residencial no comienza necesariamente cuando alguien duerme en la calle, puntualiza, también afecta a aquellos que viven en alojamientos inseguros, espacios inadecuados o habitaciones sin las condiciones necesarias para desarrollar una vida autónoma.
Eito considera que el sinhogarismo supone la pérdida de vínculos familiares y sociales, además de la incertidumbre material. Por eso, insiste en que la respuesta no puede limitarse a facilitar un techo temporal. La vivienda constituye una condición esencial para preservar la salud, acceder al empleo, recuperar la autonomía y reconstruir un proyecto personal.
La responsable de Cáritas reclama políticas públicas eficaces en materia de vivienda y una mayor implicación de las administraciones, sin desligar esa responsabilidad del compromiso de la sociedad y del mercado inmobiliario. La dificultad para encontrar alojamiento también se extiende al medio rural, donde los precios pueden resultar algo más accesibles, pero la escasez de empleo y la falta de vehículo propio limitan las posibilidades de asentamiento.
Con la llegada del invierno, la precariedad se vuelve todavía más severa. Cuando el alquiler absorbe la mayor parte de los ingresos, quedan menos recursos para afrontar la calefacción, los suministros o la alimentación. Para quienes carecen de vivienda, las bajas temperaturas añaden un riesgo más a una situación ya marcada por la inseguridad.
La campaña de este año invita a mirar más allá de las cifras y de los prejuicios. El manifiesto de las personas sin hogar recuerda que esta realidad no puede interpretarse como una elección individual, sino como el resultado de factores sociales, económicos y políticos. También reclama una comunidad capaz de proteger a sus miembros más vulnerables y de reconocer su dignidad sin reducirlos a su situación residencial. Según la tipología europea ETHOS, el sinhogarismo comprende cuatro categorías: personas en situación de calle, sin vivienda, en vivienda insegura y en vivienda inadecuada.
Enrique vuelve a enfrentarse a la búsqueda de una habitación con una pensión de 600 euros. Fausto continúa intentando encontrar trabajo y unas condiciones que le permitan vivir sin compartir un espacio saturado. Sus circunstancias son distintas, pero ambos se encuentran ante una misma barrera: tener ingresos o voluntad de trabajar no garantiza hoy el acceso a una vivienda. Detrás de cada cifra hay una persona que necesita algo más que un lugar donde pasar la noche: un espacio seguro desde el que recuperar el control de su vida.