La Casa Familiar de Cruz Blanca Huesca ha vuelto a convertirse este verano en un espacio de encuentro entre generaciones gracias a las estancias de dos grupos de jóvenes procedentes del País Vasco, una experiencia que ha permitido compartir el día a día con los residentes del centro y fortalecer valores como la empatía, la solidaridad y el compromiso social.
El primero de los grupos llegó desde San Sebastián. Un total de 21 alumnos que acababan de finalizar 2.º de Bachillerato, pertenecientes al club de tiempo libre @jaiaguinomai del Instituto Aldapeta María, permanecieron en Huesca del 19 al 25 de junio, acompañados por dos monitores que años atrás también habían sido estudiantes del mismo centro educativo. Durante su estancia durmieron de acampada en el salón multiusos de la Casa Familiar y convivieron estrechamente con los residentes.
Las jornadas estuvieron marcadas por un intenso programa de actividades compartidas, entre ellas olimpiadas cooperativas, gincanas, pintura mural, talleres creativos, paseos por la ciudad y sesiones de karaoke. Estas propuestas favorecieron la creación de vínculos entre jóvenes y residentes, alejándose de una relación puntual para convertirse en una auténtica experiencia de convivencia.
La segunda estancia tuvo lugar entre el 10 y el 18 de julio con la llegada de un grupo de más de veinte estudiantes del club de tiempo libre @elkarbidea, perteneciente al Instituto Marianistas de Vitoria. Al igual que el primer grupo, estuvieron acompañados por dos antiguos alumnos del centro y compartieron alojamiento y actividades con los residentes de la Casa Familiar.
En esta ocasión, el programa incluyó dinámicas de presentación, juegos de mesa, manualidades, paseos, visitas culturales, gincanas, un taller de recuerdos y otro de cocina, iniciativas que facilitaron la participación de todos los asistentes y reforzaron la convivencia durante los nueve días de estancia.
Desde Cruz Blanca Huesca destacan el impacto que estas convivencias tienen en las personas que residen en el centro. La llegada de jóvenes rompe la rutina cotidiana, aporta nuevas conversaciones y experiencias y supone, en palabras de la entidad, "un soplo de aire fresco" para quienes participan en ellas.
La experiencia también deja una profunda huella en los estudiantes. La convivencia les brinda la oportunidad de conocer de cerca a personas con trayectorias vitales complejas, escuchar sus historias y comprender realidades que, en muchos casos, les eran ajenas. Según destaca la propia organización, se trata de "una lección de vida que quizá nunca olviden", al favorecer el desarrollo de la empatía y una mirada más comprometida hacia las personas en situación de vulnerabilidad.