Marisa Yzuel (Zaragoza, 1962) ha puesto fin este jueves, 15 de enero, a más de 36 años de dedicación a la atención social de personas con discapacidad visual, una trayectoria que la sitúa como pionera del trabajo social en la ONCE y como una de las figuras determinantes en la implantación de servicios estables en la ciudad y su entorno. Su despedida no clausura una carrera convencional, sino un recorrido profesional, construido desde la constancia, la proximidad y una concepción profundamente humana de la intervención en este campo.
Comenzó a trabajar en Huesca el 2 de noviembre de 1989, tras superar una oposición de ámbito nacional, para ocupar la primera plaza estable de trabajadora social de la ONCE en la ciudad, en un momento en el que la atención a personas con ceguera o deficiencia visual grave carecía prácticamente de estructura territorial. “Yo fui la primera trabajadora social que atendió Huesca de manera permanente”, señala, al recordar un inicio sin marcos definidos, en el que hubo que construir desde la práctica cotidiana los recursos, las redes y los vínculos necesarios.
Ese primer acercamiento a la realidad social oscense quedó marcado por personas concretas desde el inicio. Se trataba de Benito y María, una pareja con discapacidad visual que convivía en un domicilio de la calle Cuatro Reyes. “Fueron la primera pareja que atendí en Huesca”, indica. El trabajo se dirigió a valorar la puesta en marcha de un recurso de apoyo domiciliario, orientado a asegurar la cobertura de necesidades básicas y favorecer la vida autónoma en su propio entorno.

Con el paso del tiempo, María se convirtió en una referencia significativa dentro de su trayectoria profesional. Alcanzó los cien años, una circunstancia que la ONCE quiso destacar por el recorrido vital que representaba. Nacida en el Sobrarbe, dejó atrás el ámbito rural para establecerse en Huesca y acceder a una ocupación que le permitió asegurar autonomía económica en un contexto histórico poco propicio para ello. “Fue una mujer valiente que salió de las montañas”, afirma. Más allá de su historia personal, mantuvo una implicación activa en la vida colectiva, participando en iniciativas que fortalecieron la convivencia, la participación y el intercambio entre personas con ceguera en la ciudad. “Tenía grandes capacidades para el desarrollo cultural”, subraya.
AUTONOMÍA Y COMPROMISO
La biografía de Marisa Yzuel -madre de un hijo y dos hijas: David, María y Nuria-, está atravesada por una familia marcada por la autonomía temprana y el compromiso público, un contexto que ayuda a comprender tanto su trayectoria personal como profesional. Su madre, Marisa Sanz, fue una mujer políticamente activa durante la Transición, afiliada a la UCD y primera concejal del municipio en el mandato de Juan Antonio Torres, en una etapa fundacional de la democracia local.
Durante años, la relación familiar con Huesca fue fundamentalmente comercial, mientras que el eje afectivo, educativo y asistencial se situó en Zaragoza. Allí estudió interna desde los diez años y allí residía su tía Pili Sanz, un apoyo decisivo en la organización familiar.
Antes de iniciar su carrera en el ámbito social, su vida laboral se desarrolló en la hostelería familiar, junto a su hermano José Luis y su madre, al frente del comedor y la cafetería de la Delegación de Hacienda. La familia mantuvo esa actividad durante 25 años, tras dejar el hotel de Sariñena, de su propiedad, como quinta generación de hosteleros.
Compatibilizaba aquel trabajo con estudios universitarios, cursando Psicología en la UNED de Calatayud, cuando un funcionario de Educación le propuso solicitar una beca. “Me trajo la documentación y me dijo que podía volver a estudiar”, recuerda. Esa ayuda le permitió iniciar Trabajo Social en la Universidad Laboral de Zaragoza sin abandonar el negocio familiar, hasta que tomó una decisión firme y definitiva. “De la hostelería me voy”, determinó.

Tras finalizar la carrera, se trasladó a Inglaterra y trabajó en el Ayuntamiento de Londres, vinculada a una asociación de protección de la familia. La experiencia internacional fue breve. “Me llamaron para un puesto en Madrid”, explica. En la capital se incorporó como gerente del Colegio de Trabajadores Sociales y se incorporó al recién creado Ministerio de Asuntos Sociales, en los inicios del Plan Concertado, bajo el mandato de Matilde Fernández.
Aquella etapa estuvo marcada por el despliegue del sistema público de servicios sociales y por la formación a escala nacional. “Con veinte años te comes el mundo”, dice ahora, con la perspectiva que otorga el tiempo.
REGRESO A HUESCA
El regreso a Huesca se produjo tras superar la convocatoria nacional de la ONCE, un paso que marcó el inicio de una etapa prolongada y determinante en su trayectoria profesional. “Me dieron la plaza y volví a casa”, relata.
Ese primer periodo estuvo condicionado por la propia realidad demográfica del colectivo afiliado en la provincia. Con el paso del tiempo, la organización constató que el volumen de población atendida era reducido y, siete años después, le planteó un cambio de destino. Se trasladó a Zaragoza para asumir el ámbito de familias y educación, sin desvincularse de Huesca. “Nunca renuncié a vivir aquí”, afirma, una decisión que condicionó durante décadas su organización laboral y personal.
Ese modelo de trabajo articulado entre dos ciudades implicó desplazamientos constantes y jornadas que comenzaban de madrugada. Su jornada laboral empezaba a las siete y media, así que de esa exigencia cotidiana surgió incluso un proyecto de transporte para trabajadores, impulsado desde la necesidad de conciliar. “Era la única forma de poder compatibilizarlo con la crianza y los cuidados”, explica.

El aterrizaje profesional en la ciudad supuso un contraste claro con su etapa anterior en Madrid. “Huesca me parecía un lujo”, afirma, aludiendo a la cercanía, la facilidad para establecer contactos y la ausencia de barreras administrativas complejas. “Podías llegar a una entidad, hablar con el gerente y entrevistarte directamente”, comenta, y cita como ejemplos aasociaciones como Aspace y Atades, y al contacto fluido con la Fundación Municipal de Servicios Sociales.
En aquel momento, el mapa de la discapacidad en la ciudad era todavía reducido, con apenas cuatro entidades activas. “Venir como trabajadora social de la ONCE te abría puertas”, señala. Esa posición facilitaba también el acceso al ámbito educativo. “Podías hablar con la Universidad, con la Escuela de Magisterio, dar cursos de formación”, dice. La provincia se dividía entonces en dos áreas de atención. “Una parte de la semana iba a Barbastro y otra la hacía en Huesca”.
NORMALIZACIÓN E INTEGRACIÓN
Desde el inicio, su intervención se articuló en torno a la normalización y la integración. El modelo evitó respuestas uniformes, optando por actuaciones ajustadas a cada realidad personal. “Se hacía un traje a medida según la situación de cada persona”, explica. Las distintas etapas vitales -infancia, empleo o envejecimiento- exigían apoyos específicos, incorporando a la familia y al entorno próximo. “Siempre se ha trabajado también con las madres, los hijos, los hermanos y el entorno”, subraya.
La coordinación con otras entidades fue una constante. “Había afiliados que compartían situaciones y se podían gestionar conjuntamente”, indica. “Siempre ha habido una buena filosofía de trabajo conjunto”, añade, en referencia a una cultura de cooperación sostenida en el tiempo. “Ahora está muy de moda hablar de poner a la persona en el centro”, apunta.
El balance de estas décadas combina avances consolidados y límites aún presentes. “Hemos avanzado bastante”, reconoce. La accesibilidad física ha mejorado y los recursos son más amplios, pero persisten obstáculos menos visibles. “Las barreras psicológicas y sociales son ahora las más difíciles de salvar”, señala, especialmente en el medio rural. “El tabú de la discapacidad sigue siendo muy importante”, añade.
Esa realidad se traduce en una exigencia constante sobre las personas con discapacidad. “La persona tiene que demostrar todos los días que sus capacidades están por encima de sus condiciones”, comenta. Entre los casos que marcaron su trayectoria cita el acompañamiento a Josan, desde la UCI hasta su regreso a Huesca. “Le acompañé desde el despertar en la UVI”, dice, al recordar la gestión de vivienda y apoyos necesarios.
El último día en Huesca no se plantea como una despedida cerrada. “Mi idea es seguir trabajando o atendiendo a personas”, afirma. A lo largo de los años ha combinado el trabajo remunerado con la implicación voluntaria, en plataformas reivindicativas y procesos de movilización ciudadana. “Es lo que más me gusta”, dice. Su actividad continúa en Zaragoza y la transición se produce sin ruptura. “La calle está abierta a muchas oportunidades”.