El obispo Pedro Aguado llama a renovar el compromiso misionero en el centenario del Domund

Una ocasión para reivindicar el legado de hombres y mujeres que entregaron su vida a los más necesitados

María José Sampietro Brosed
Filóloga y diseñadora gráfica
18 de Octubre de 2026
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El padre Pedro Aguado, obispo de Huesca, durante la homilía este domingo.
El padre Pedro Aguado, obispo de Huesca, durante la homilía este domingo.

El Domingo Mundial de las Misiones (Domund) celebra este domingo, 18 de octubre de 2026, su centenario (1926-2026). Esta jornada universal de la Iglesia católica, que tiene lugar cada año el penúltimo domingo de octubre, está dedicada a promover la oración, la solidaridad y el apoyo a la labor de los misioneros en todo el mundo. La conmemoración de este año se celebra bajo el lema "Envíame a mí", junto al mensaje universal "Uno en Cristo, unidos en la misión".

El obispo de Huesca, Pedro Aguado, ha dedicado su homilía este domingo, con motivo del centenario del Domund, a reflexionar sobre la importancia de la actividad misionera de la Iglesia y la necesidad de mantener vivo el compromiso de los cristianos con el anuncio del Evangelio y la ayuda a las comunidades más necesitadas.

Cien años después de la instauración de esta jornada, el prelado ha recordado los cuatro objetivos fundamentales que impulsaron su creación: promover la oración por los misioneros, fomentar la cooperación económica, despertar la conciencia misionera entre los fieles y respaldar la labor de las Obras Misionales Pontificias. Cuatro principios que, según ha destacado, mantienen plena vigencia un siglo después.

Durante su intervención, Aguado ha aportado algunos datos para ilustrar la realidad actual de las misiones. En el mundo existen 1.133 diócesis en territorios de misión que necesitan la colaboración de otras comunidades cristianas, una cifra que representa aproximadamente un tercio de las diócesis existentes. En estos territorios, los cristianos constituyen alrededor del 8 % de la población, circunstancia que pone de manifiesto los desafíos que afrontan estas comunidades.

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El prelado ha recordado, asimismo, el mandato de Jesús de anunciar el Evangelio a todos los pueblos y ha insistido en que la misión no corresponde exclusivamente a quienes parten hacia otros países, sino que constituye una responsabilidad compartida por todos los bautizados. En este sentido, ha destacado que el mensaje cristiano debe transmitirse mediante la palabra y el testimonio de vida, desde la humildad y el respeto a las diferentes culturas, y ha animado a las parroquias a fortalecer su espiritualidad misionera.

Pedro Aguado ha concedido también especial importancia a la oración por los misioneros y misioneras, especialmente por aquellos que trabajan en los países más pobres y en circunstancias de especial dificultad. 

En la parte final de su homilía, el prelado ha planteado tres propuestas concretas para vivir el espíritu del Domund, como rezar por quienes desarrollan su misión en los lugares más desfavorecidos, colaborar económicamente con proyectos de ayuda apoyando a las comunidades necesitadas y acercarse a quienes permanecen alejados de la vida de la Iglesia.

De esta manera, el obispo de Huesca ha invitado a renovar la conciencia misionera de las parroquias y comunidades cristianas, recordando que el Domund debe entenderse como una expresión permanente de solidaridad, oración y compromiso evangelizador.

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El padre Pedro Aguado, obispo de Huesca, durante la homilía este domingo.
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Una reflexión que todos deberíamos hacernos

Más allá de la homilía del obispo, resulta difícil no advertir una cierta hipocresía posmoderna en una sociedad que proclama la importancia de la cooperación al desarrollo mientras olvida, cuando no silencia, el extraordinario legado de generaciones de misioneros y misioneras que dedicaron y dedican su vida al servicio de los más necesitados.

Mucho antes de que la cooperación internacional adquiriese su actual dimensión institucional, numerosos religiosos y laicos impulsaron escuelas, hospitales, dispensarios, proyectos agrícolas y obras asistenciales en territorios donde la pobreza, la marginación y la falta de recursos condicionaban la existencia de sus habitantes. Una labor que, en muchas ocasiones, se desarrolló desde el anonimato, con escasos medios y sin esperar reconocimiento alguno, convirtiendo a muchos de ellos en auténticos benefactores de las comunidades a las que dedicaron su existencia.

Misioneros y misioneras fueron perseguidos, encarcelados y asesinados bajo regímenes totalitarios, dictaduras y en escenarios de violencia e intolerancia, llegando algunos a pagar con su propia vida la fidelidad a sus convicciones y el compromiso con las poblaciones a las que habían decidido servir, con la fortaleza de la fe.

En tiempos en los que la cooperación al desarrollo ocupa un lugar destacado en las políticas públicas, los organismos internacionales y las organizaciones humanitarias, cabe preguntarse si se reconoce suficientemente el papel de quienes, movidos por su fe, contribuyeron durante generaciones a mejorar las condiciones de vida de innumerables personas.

Reconocer esa entrega no debería ser una cuestión ideológica ni exclusivamente religiosa, sino un ejercicio de justicia histórica y de memoria colectiva. Valorar los avances de la cooperación actual no debería significar ignorar a quienes la precedieron ni relegar al olvido a quienes sufrieron persecución e incluso martirio por mantenerse al lado de los más vulnerables. Y quienes todavía hoy parecen la violencia desde la intolerancia.

El centenario del Domund constituye, por tanto, una ocasión para reivindicar ese legado de solidaridad, entrega y sacrificio que forma parte de la historia del desarrollo de numerosos pueblos.

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