Una preciosa representación, intimista, lúgubre y ajustada a los hechos acaecidos hace más de dos mil años fue la Procesión del Santo Entierro en Castejón de Monegros. Una voz profunda reprodujo toda la escena del Cristo en la Cruz, el escarnio, el perdón, las 7 palabras, el descendimiento y la piadosa actitud de la Virgen María.
Con una magnífica voz profunda de José Antonio Cerrillo, la narración se veía salpicada por una saeta póstumamente reproducida de la voz de Santos Castejón Balién, que ha hecho historia en la población monegrina durante décadas de interpretación maravillosa de la saeta. Escuchaban en la iglesia toda la escenificación cerca de cuatrocientas personas que no sólo ocupaban los bancos, sino que escuchaban de pie desde los lados de la bancada. Gentes del pueblo, pero también de Sariñena, de Bujaraloz, de La Almolda, los castejoneros de la diáspora que siempre vuelven para días tan especiales.
Con profunda fe, la Iglesia de Nuestra Señora de la Lumbre se llenó de misticismo y magia. Cristo "ha entregado su vida en la Cruz. Las Marías, mujeres piadosas que habéis permanecido fieles junto a la cruz, acercaos". Y llegaban hasta los pies donde el Cristo ha muerto. ¨Permaneced en silencio y recoged con respeto todo aquello que será retirado del cuerpo del Señor. Guardadlo con cuidado como quien guarda el testimonio del amor. Y ahora, el cuerpo espera ser descendido".
El relato continúa recordando el mensaje sobre la Cruz: "Jesús Nazareno, rey de los judíos. Lo escribieron con burla, como acusación, como sentencia, pero no supieron ver que estaban proclamando la verdad". Retiraban con respeto el letrero de su condena, "el amor no necesita ser defendido".
Invitaba a mirar el rostro "cansado, herido, entregado. La frente del hijo de Dios fue coronada no con gloria, sino con espinas. Espinas que se clavaron en su piel, una a una, sin piedad. Espinas que hicieron brotar la sangre que descendió por su rostro como signo de amor". Pidió que se quitara la corona con la ternura de lo que se ha amado hasta el extremo.
La Iglesia estaba en oscuridad, expectante ante las siguientes palabras. "Mirad la mano derecha", siempre abierta para acariciar al enfermo y sostener al caído, que fue atravesada. Retiraron el clavo de la mano derecha, posteriormente de la izquierda. Lo hicieron con delicadeza para sostener los brazos exhaustos después de la tensión y los dolores. La otra, la izquierda, también fue liberada del clavo. "No dejéis caer su brazo, sostenedlo, como se sostiene a quien se ama".
"Mirad sus pies, los pies que caminaron entre los hombres, los pies que buscaron al que sufría, los pies que no huyeron del dolor. Esos pies también fueron atravesados. Quitad el último clavo". Y así se hizo. "Ya no hay hierro, ya no hay clavos, ya no hay nada que lo sujete a la Cruz. ¡Bajadlo! Despacio, muy despacio. No dejéis caer su cuerpo porque Él no dejó nunca caer a nadie", respeto porque es el "cuerpo del amor entregado".
Los soldados del monumento tomaban el cuerpo del Señor y lo mostraban a su Madre. "Madre, aquí tienes a tu Hijo. Todo está cumplido. El amor ha llegado hasta el extremo". Los soldados lo alzaban para que el pueblo contemplara "el Amor entregado".
Y en ese instante sonaba la voz de Santos Castejón, "¡ay la saeta al cantar al Cristo de los Cristianos, siempre con sangre en las manos!". Sentimiento por el Jesús de la bondad. "Cantar del pueblo mío que todas las primaveras andan pidiendo escaleras para subir a la Cruz". La nostalgia de Santos se acrece en medio de su voz omnipotente, "al Jesús de la agonía".
Los ángeles preparaban el lecho al Cristo delicadamente. "Todo está cumplido. El amor descansa y, en el silencio, permanece". Los cuatrocientos feligreses de la Iglesia de Castejón de Monegros habían guardado silencio de manera escrupulosa, conteniendo el aliento, conscientes de la trascendencia de la situación, antes de salir de Nuestra Señora de la Lumbre con una luz de esperanza, sabedores que las Escrituras no dejan nada al albur, nada al deseo de la muerte sobre la vida.