La historia de la iglesia parroquial de Robres está escrita en piedra, ladrillo, estuco y pintura, pero también en algo menos visible: la implicación de generaciones de vecinos que han contribuido a conservar y enriquecer un edificio que sienten como propio.
El último ejemplo es la nueva cancela de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, financiada íntegramente mediante aportaciones populares. Los vecinos consiguieron reunir los 12.000 euros necesarios para hacer realidad un proyecto que nació por iniciativa del entonces párroco de Robres, Noel Ardón, en consonancia con la junta parroquial.
La campaña comenzó en mayo de 2025 y encontró desde el primer momento una respuesta favorable. Para seguir de forma sencilla la evolución de la recaudación se utilizó el sistema de los llamados "quesitos", que iba mostrando gráficamente cómo se completaba, poco a poco, la cantidad necesaria.
Y se consiguió. A finales de diciembre de 2025, pequeñas y grandes aportaciones habían permitido alcanzar los 12.000 euros.
La fabricación y montaje de la nueva cancela de madera fue confiada a los carpinteros Conrado Barrio e hijo, de Bolea, responsables también de otros elementos del mobiliario del templo, como los bancos, varias mesas y algunos altares de las capillas.
Para su diseño se tomó como referencia una de las puertas que todavía se conserva justo al lado de la nueva cancela. Sus cuarterones geométricos y el característico motivo lobulado central sirvieron de inspiración para la nueva pieza.
El resultado es un magnífico trabajo artesanal, sólido, elegante y plenamente integrado en la arquitectura de la iglesia, en el que destacan el cuidado de la madera, la composición de los cuarterones y los herrajes negros.
Una nueva intervención que se incorpora ahora a la larga historia de conservación del templo.

ANTONIO CAMBRA, MEMORIA VIVA DE LA IGLESIA
Recorrer la iglesia junto a Antonio Cambra permite descubrirla de otra manera. Vecino de Robres y profundo conocedor de su historia, habla del edificio con el cariño de quien ha pasado muchas horas entre sus muros y conoce buena parte de sus rincones, curiosidades y recuerdos.
Junto a él nos ha acompañado Angelines Huerto, colaboradora durante muchos años de la parroquia. Ambos han aportado documentación, recuerdos y datos que ayudan a entender hasta qué punto la historia de esta iglesia está ligada a la propia historia del pueblo.
Antonio se detiene en las pinturas, en las capillas, en el coro, en el presbiterio. Pero también en aquellos pequeños detalles que no siempre aparecen en los libros.
Uno de ellos se guarda en la sacristía, decorada con florones, ménsulas y cornisas de inspiración clasicista. Allí muestra con especial cariño la reliquia de San Blas, patrón de Robres. Se trata de una especie de collar de plata. En uno de sus lados conserva la reliquia del santo y, en el otro, aparece la imagen de Santa Lucía.
Cada 3 de febrero, durante la festividad de San Blas, vecinos de Robres y personas llegadas de otros lugares acuden a venerarla y participan en la tradicional bendición de las gargantas, ligada desde antiguo a la protección de la salud.
Son tradiciones que siguen vivas y que explican que esta iglesia sea mucho más que un edificio histórico.
DONACIONES QUE HAN IDO ENRIQUECIENDO EL TEMPLO
La nueva cancela no es un caso aislado. La colaboración de vecinos y particulares aparece una y otra vez en la historia reciente de la parroquia.
Entre las piezas que forman actualmente parte de su patrimonio destacan dos esculturas de madera, San Gregorio y San Isidro, realizadas por el escultor e imaginero oscense José Larruy y donadas por Lucio Elpuente, presbítero distinguido con la Cruz de Beneficencia, natural de Robres y estrechamente vinculado a la localidad, que le dedicó una calle en reconocimiento a su trayectoria y a su relación con el municipio.
También hubo una importante respuesta popular durante la gran restauración de 2007-2008. La intervención supuso una inversión cercana a los 600.000 euros, a la que los vecinos añadieron alrededor de 48.000 euros destinados a mobiliario, vidrieras y campanas.

Es una constante que se repite: familias, particulares y vecinos aportando su granito de arena para mantener viva la iglesia.
Pero el trabajo no ha terminado.
Durante el recorrido, Antonio Cambra llama también la atención sobre uno de los problemas más importantes que presenta actualmente el edificio: la humedad. Sus efectos son visibles en diferentes puntos del templo y constituyen una de las principales preocupaciones para su conservación.
La iglesia ha sido objeto de numerosas actuaciones a lo largo de las últimas décadas, pero sigue necesitando cuidados y futuras intervenciones que permitan proteger un patrimonio acumulado durante siglos.
DE UNA IGLESIA MUDÉJAR AL GRAN TEMPLO DEL SIGLO XVIII
La iglesia de Robres impone ya desde el exterior. Su sólida fábrica de ladrillo destaca en el perfil de la localidad y esconde una historia mucho más antigua de lo que podría parecer a primera vista.
La parroquia dependió desde 1206 hasta el 18 de junio de 1571 de la abadía de Montearagón, fecha en la que pasó a la jurisdicción del Obispado de Huesca.
Antes del templo actual existió una iglesia mudéjar, levantada probablemente entre finales del siglo XIV y comienzos del XV. El historiador del arte Jesús Criado Mainar documentó incluso la presencia del maestro Mahoma Ramí trabajando en ella.
Todavía quedan restos de aquel edificio medieval. Parte de su antigua cabecera poligonal quedó integrada en los pies de la iglesia actual tras la profunda transformación que protagonizó el templo durante la segunda mitad del siglo XVIII. Hoy en día se pueden observar importantes vestigios de aquella época, entre ellos restos de molduras, arcos apuntados, agramilados y pintura decorativa. Este mismo lenguaje ornamental, con motivos de entrelazo, hojarasca y flores, aparece también en la zona del coro, correspondiente al antiguo ábside, y constituye uno de los testimonios más valiosos de la primitiva iglesia mudéjar.
Aquellas obras cambiaron por completo su fisonomía. Se modificó la orientación litúrgica, se construyeron el crucero y el nuevo presbiterio, se ampliaron las naves laterales y se elevó la nave central.
Y el propio edificio conserva todavía una curiosa huella de aquella etapa. En el interior de los muros, subiendo por la escalera que conduce a la torre, puede verse una inscripción o firma con los nombres de Vicente Sieso y Gregorio Finestra y la fecha de 1786, año en que concluyó la construcción del edificio.
Un pequeño testimonio, escondido a la vista habitual, que conecta de manera directa con las personas que participaron en plena etapa de transformación del templo.
El resultado fue la amplia iglesia barroco-neoclásica que hoy conocemos, organizada en tres naves, con crucero y cabecera recta.

PINTURAS, TONDOS Y DEVOCIONES
Entrar en la iglesia permite también recorrer distintas épocas de su historia artística.
La decoración más antigua del templo actual pertenece fundamentalmente al siglo XVIII, con una rica ornamentación de estuco visible en pilastras, molduras, guirnaldas, motivos vegetales y casetones.
Especial interés tienen las capillas de Nuestra Señora del Carmen y de la Virgen del Rosario, también del siglo XVIII, situadas en los extremos del crucero, en los lados del Evangelio y de la Epístola respectivamente.
La mayor parte de la decoración pictórica corresponde, sin embargo, al siglo XX. La excepción está en los tondos del coro pintados al fresco, uno dedicado a Santa Cecilia, otro al rey David y un tercero cuya identidad se desconoce. Junto con los restos de pintura mudéjar, constituyen algunos de los testimonios pictóricos más antiguos que se conservan en el templo.
Entre las piezas que llaman también la atención en el interior se encuentra el sagrario original del templo, una cuidada obra que ha logrado conservarse y que constituye otro de esos pequeños tesoros que Antonio Cambra va descubriendo durante el recorrido.
La iglesia conserva además un armonio procedente de la antigua iglesia de Santa Rosa el Viejo, de Huesca, incorporado posteriormente a Robres y que constituye otra de las piezas singulares de su patrimonio mueble.
En 1929, el pintor Valentín Torrens dejó una importante huella en el templo. Realizó los cuatro Evangelistas de las pechinas de la cúpula y las pinturas de las bóvedas de la nave central dedicadas a la Asunción de la Virgen, San Blas y la Virgen de Magallón.
Estas últimas hablan también de las devociones más profundas de Robres. San Blas, como patrón, y la Virgen de Magallón, estrechamente ligada al municipio a través de una tradición centenaria y de la romería al santuario de Leciñena el último domingo de mayo, cuando tiene lugar el Dance de Embajadores de Robres.
Ya en 1958, José Bueno intervino en la decoración pictórica del presbiterio, añadiendo una nueva capa a un interior que ha ido transformándose con el paso de los siglos.

UN BALDAQUINO QUE LLEGÓ DESDE LA CATEDRIAL DE HUESCA
El presbiterio está presidido por uno de los elementos más llamativos del conjunto: el gran baldaquino barroco. Su presencia en Robres es relativamente reciente. Fue instalado en 1970 y procede de la capilla de Santa Lucía de la Catedral de Huesca.
Llegó para ocupar el espacio que durante años había presidido el antiguo retablo mayor, una gran obra de madera con figuras de considerable tamaño y la Virgen de la Asunción en el centro. Según recuerda Antonio Cambra, recogiendo también lo que tantas veces le contó su madre, el retablo fue desmontado y se intentó quemar, pero un fuerte cierzo impidió que las llamas prendieran como estaba previsto. Aquel conjunto, sin embargo, terminó desapareciendo con el tiempo, al igual que buena parte del mobiliario litúrgico del templo durante los convulsos años de 1936 a 1939.
Aquella pérdida explica que buena parte de las imágenes y muebles actuales sean posteriores a la Guerra Civil.
Sin embargo, el edificio conserva todavía suficientes huellas como para recorrer buena parte de su historia.
UNA HISTORIA QUE CONTINÚA
La nueva cancela es ahora el último capítulo de ese largo recorrido. Su valor no está únicamente en la madera ni en su función. Está también en cómo se ha conseguido: con la colaboración de los vecinos.
Robres ha vuelto a demostrar que mantener su iglesia no significa únicamente restaurar muros o renovar elementos de su interior. Significa mantener viva una parte esencial de la memoria colectiva del pueblo. Y en esa tarea, una vez más, los vecinos han vuelto a ser protagonistas.