Acababa de llegar a la estación de tren Leningradsky, una de las nueve que tiene Moscú, procedente de San Petersburgo en un ferrocarril nocturno. Las opciones de hotel a buen precio eran muy escasas en Moscú, sobre todo para extranjeros. Uno normal equivalente a tres estrellas costaba alrededor de los cien euros. Alguien me dijo que probara en un viejo y gran hotel de la calle Tverskaya, la principal y más comercial de Moscú. Imaginé que estando en el centro costaría un ojo de la cara, antes llamé por teléfono desde la estación de tren para saber si tenían habitacion y cuánto costaba. La respuesta fue afirmativa y el precio sorprendente: al cambio, veinte euros. Me fui directo allí.
La calle Tverskaya era la calle más céntrica, más comercial y cara de Moscú. Junto con la calle Arbat, peatonal, turística y con encanto, eran las calles más famosas de la ciudad. El hotel era un vetusto y enorme edificio cuya fachada impresionaba. Sus bellos ornamentos sin embargo no ocultaban su estado decadente.
Era un hotel antiguo que funcionaba a la antigua usanza, me registré en la recepción y me dieron una tarjeta con el número de habitación, después en cada planta había una mujer sentada en una silla a quien le mostraba la tarjeta y ella me daba la llave. Al salir del hotel era igual: debía devolverle a ella la llave, era la encargada de las habitaciones, allí se pasaba el día. El baño era comunitario, de modo que para cualquier necesidad tenía que dirigirme allí, un baño de grandes dimensiones, sucio y con la mayor parte de los váteres atascados por la suciedad y el papel usado. Las camas debían ser las mismas de cuando se inauguró el hotel, igual que las sábanas y las mantas, viejas y desgastadas por el uso. Sin duda lo mejor del hotel era su ubicación, a sólo unos diez minutos a pie de la Plaza Roja.

Nos encontrábamos en vísperas de la celebración del día de la Victoria, fiesta nacional para conmemorar la victoria en la Segunda Guerra Mundial. En las calles del centro ya podía verse un considerable aumento de policías, tanto a pie como a caballo o en vehículos, para vigilar la ciudad y prevenir cualquier atentado. Desde la toma del teatro Dubrovka por rebeldes chechenos en el año 2002 que acabó con más de 170 muertos, el gobierno de Putin ponía todos los medios para impedir nuevos atentados, y el día de la Victoria era una fecha emblématica que los chechenos podían utilizar para producir alguno.
Salí a la calle y me dirigí hacia la Plaza Roja. Ya a lo lejos pude observar una línea de militares a modo de barrera para cerrar el paso de la gente, en la gran plaza ajardinada que hay delante de la entrada a la Plaza Roja donde los jóvenes se encontraban para charlar, tomar el sol y cervezas que vendían en kioscos de la calle, tan apenas había unos pocos cruzándola, ahora se veían policías a pie y a caballo. Me sentí incómodo y decidí cambiar de planes, volví sobre mis pasos para ir a la calle Arbat, una calle peatonal muy popular siempre concurrida pero donde uno podía pasear tranquilamente. Me dirigí a la estación de metro que había cercana a mi hotel. En los primeros días en Moscú había hecho tantos viajes en el metro que no me hacía falta leer los letreros en ruso, me los sabía todas de memoria. La línea Koltsevaya era una línea circular que conectaba con todas las estaciones del centro de Moscú, las más importantes de la ciudad y las más bellas del mundo, ellas por sí mismas formaban uno de los museos más interesantes del país y único en el mundo.
El metro de Moscú era un mundo subterráneo a una profundidad de hasta 85 metros donde se movían a diario más de nueve millones de personas. Era algo espectacular en las horas punta ver la colosal masa de gente apelotonada que se movía bajo tierra. Pasé muchas horas fotografiando las estaciones, estaba prohibido hacer fotos y abajo había policías igual que en la calle, por lo que tenía que sacar la camara con discreción oculto en alguna parte y volver a guardarla rápido.
Encaré la boca de metro y bajé las amplias escaleras. Antes de acceder a las puertas había un espacio plano de varios metros, allí se encontraban tres policías que observaban a la gente que entraba a la estación. Justo cuando pasaba yo, uno de ellos me miró y se puso delante de mí para cerrarme el paso. Me pidió identificación. Estaban para detectar terroristas chechenos, no sé que debió ver en mí que le indujera a pensar que yo podía ser uno de ellos. Sin decir nada saqué mi pasaporte, presintiendo que algún problema iba a tener. Por entonces, y no creo que haya cambiado mucho la cosa, la policía rusa era muy corrupta. Al ver mi pasaporte hizo un gesto de sorpresa y djo algo en ruso que entendí debía ser algo como: Aahhh, eres extranjero", lo que por su cara se podía interpretar como: "He tenido suerte, me ha tocado la lotería, vamos a ver qué podemos sacar".
Me rodearon los tres policías mientras uno de ellos iba pasando las páginas del pasaporte mirándolas una a una. Yo no decía nada, observando que a nuestro alrededor se iba haciendo un círculo de curiosos entre la gente que salía o entraba al metro. Después de ojear mi pasaporte, el policía me soltó a la cara con mal gesto: "Tú, ilegal". Ilegal debía ser la única palabra que sabía decir en inglés.
Me lo estaba temiendo, aquellos policías estaban buscando la manera de extorsionarme. Yo no hablaba ruso, pero sabía algunas palabras: "niet, yo legal", le dije con firmeza.
Empezamos una discusión de besugos, él me hablaba en ruso y yo le respondía en inglés, él seguía manteniendo que yo estaba ilegal allí y yo seguían negándolo, cada vez más cabreado. Le expliqué que tenía mi visado, señalándolo en el pasaporte, por lo tanto yo estaba legal, sin embargo el policía parecía hacer caso omiso del visado. El tono de voz fue aumentando entre nosotros, y a la vez el corro de gente a nuestro alrededor también fue creciendo, seguramente querían descubrir por qué me retenía la policía, tal vez pensaban que habían descubierto a un checheno.
El asunto empezó a ponerse tenso, me dijeron que debía ir con ellos a la oficina de policía, eso lo entendí perfectamente sin saber ruso. Me negué en redondo y pedí que me devolviera mi pasaporte, hice un intento de cogerlo de su mano y lo apartó sujetándome el brazo con la otra mano. En aquel momento otro policía me cogió del brazo libre, de modo que me sujetaban uno de cada lado, los dos eran corpulentos y tenían cara de pocos amigos. Intenté zafarme repitiendo que yo tenía mi visado y estaba legal. Ellos, sin embargo, dado que ya me tenían cogido por los brazos, tiraron de mí para obligarme a ir a la oficina de policía.
Clavé los pies en el suelo y me resistí. Estábamos dando todo un espectáculo a la gente que teníamos mirando a nuestro alrededor. Si dejaba que me llevaran estaba perdido, allí podían hacer lo que quisieran conmigo. El tercer policía, más joven y que se había mantenido en silencio, trató de decir alguna palabra en inglés, como intentando darme una explicación, pronunciando la palabra hotel. Mientras hacía toda la fuerza posible para no dejarme llevar, le hablé al otro policía intentando comprender lo que quería decirme, ese al menos no parecía agresivo ni tenía el aspecto de mala persona. No sé cómo, pero conseguí entender que sabían que tenía visado para estar en Rusia, pero no tenía hotel, y por eso me decían que yo estaba ilegal allí.
Me solté y saqué la tarjeta del hotel donde estaba, la miraron y negaron con la cabeza, el policía más duro siguió diciéndome que yo estaba ilegal. Yo le señalaba la tarjeta intentando hacerle entender que estaba en ese hotel, estaba legal. Ellos la miraban y me hacían gestos negativos, algo que no entendía estaba fallando. Dentro de la discusión que teníamos en la que cada uno se mantenía en su afirmación, el policía joven dijo una palabra que fue la clave: "Stamp". Entonces comprendí.
En Rusia hay un control absoluto, incluídos por supuesto los extranjeros. Los hoteles, que se encargan de dar el parte diario a la policía de sus huéspedes, en la tarjeta que dan a los clientes con el número de habitación, deben poner la fecha y el sello del hotel, de lo contrario no sirve de nada, es como si uno no estuviera allí.
Al entender que ese era el problema, dirigiéndome al poli bueno le dije que si no estaba el sello del hotel no era mi problema, sino problema del hotel. Les pedí que vinieran conmigo al hotel, verían que estaba hospedado allí, si había algún error era de ellos.
Creo que el policía joven debió entender lo que yo decía y se lo contaba a sus compañeros, que ahora vacilaban. Aproveché esos momentos de vacilación para coger el pasaporte de la mano del policía intentando explicar por voz y por gestos que volvía al hotel para que me pusieran la fecha y el sello, que si querían podían venir conmigo, y si no volvería yo después con la tarjeta sellada para que lo vieran.
En su indecisión, me di media vuelta y me largué abriéndome paso entre la gente, seguramente decepcionada al ver que no había pasado nada.
Cuando llegué al hotel fui directo a la mujer de la recepción para echarle la bronca por no haber sellado la tarjeta, por su culpa había tenido un serio problema con la policía. Me desahogué bien, ella sin embargo permaneció impasible, puso la fecha, selló la tarjeta y me la devolvió sin más.
Salí más tranquilo a la calle y proseguí con mi plan de ir a la calle Arbat, sólo que ahora me dirigí a la boca de metro contraria a la que había ido antes.
Moscú, mayo del año 2005