San Ramón obispo "se manifiesta" en Roda de Isábena: "Caminad siempre juntos. Así empieza la Iglesia de verdad"

El Arciprestazgo del Somontano peregrina a la catedral rotense y el obispo Pérez Pueyo lanza, en forma de epístola del protagonista del Año Jubilar, un mensaje de comunión

20 de Septiembre de 2026
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El obispo Ángel Pérez en Roda de Isábena
El obispo Ángel Pérez en Roda de Isábena

El Arciprestazgo del Somontano ha peregrinado a Roda de Isábena, en cuya antiquísima Catedral ha evocado el camino del destierro de San Ramón justamente en plena celebración del Año Jubilar, con la idea que predica el obispo Ángel Pérez Pueyo de que en este recorrido del destierro de su predecesor de hace nuevo siglos, "despojado y expulsado, no se dejó vencer por el resentimiento. Continuó siendo pastor. Podían apartarlo de una sede; no podían arrancarle el corazón de padre".

La huella del santo y obispo, cuya reliquia viajará ahora hasta el Arciprestazgo del Bajo Cinca, presidió bajo la voz de su sucesor en este 2026 el sentido de la transformación de "las heridas en misión, la dificultad en comunión y el destierro en camino hacia Dios".

El titular de la Diócesis de Barbastro-Monzón penetraba en la figura de San Ramón Obispo para convertir la homilía en una epístola de San Ramón a sus hijos del Alto Aragón Oriental, "como si san Ramón hablara hoy a la Iglesia que peregrina por estas tierras".

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LA CARTA VISIONARIA

Convertía la fértil imaginación y prospección de Ángel Pérez Pueyo su mímesis con el santo en una carta visionaria que aquí reproducimos:

"Hijos muy queridos:

Después de nueve siglos he vuelto a recorrer vuestros caminos, a entrar en vuestras casas, a escuchar vuestras preocupaciones y a compartir vuestras esperanzas. He conocido vuestros nombres y he visto vuestra fe, tantas veces silenciosa, tantas veces escondida, pero profundamente viva.

Y, en este momento, me gustaría confesaros desde lo más profundo de mi corazón que hay momentos en los que conviene detenerse, hacer silencio y preguntarse con verdad: ¿qué nos está diciendo Dios?

A nadie se le escapa que os está tocando vivir, como a mí, un tiempo recio, cargado de incertidumbre, pero, al mismo tiempo, un tiempo de gracia, de reorganización y de búsqueda. Si lográis vivirlo con fe, descubriréis que se trata de un tiempo relevante y apasionante. No lo miréis con miedo, recelo o desconfianza. Vividlo como una verdadera llamada del Señor.

No os olvidéis de que no sois una diócesis cualquiera: Roda de Isábena, Barbastro-Monzón. Una diócesis con tres catedrales. Vuestra fe no es de ayer. Ha sido transmitida de generación en generación, en pueblos pequeños, en familias sencillas, en vidas ocultas a los ojos del mundo, pero bien arraigadas en Dios. Es una fe que, sin hacer ruido, es milenaria y se torna memoria y compromiso. Una Iglesia con raíces tan profundas no puede vivirse superficialmente. Por eso os exhorto a que no os conforméis.

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Peregrinos en Roda de Isábena

No os contentéis con mantener lo que hay. No viváis de la inercia. No os instaléis. Estáis llamados a ser una Iglesia humilde y sencilla, pero, al mismo tiempo, viva, profética, evangélica, transparente, corresponsable y sinodal. Una Iglesia comunión que anuncia; una Iglesia samaritana que sale al encuentro de los más desfavorecidos. No os conforméis con ser una Iglesia que espera, sino una Iglesia que sale, que camina, una Iglesia en misión, aunque en ello os vaya la vida.

El Señor os está llamando a gritos a ser una Iglesia donde nadie camine solo; donde la fe no se guarde, sino que se comparta; donde la responsabilidad sea de todos. Todos. Todos, todos. Donde nadie quede fuera. Donde nadie se sienta irrelevante. Donde nadie se pierda.

Entendedme bien: esto no es una consigna nueva. Es el corazón mismo del Evangelio y la medida de vuestra fidelidad. Que nadie se pierda en la soledad. Que nadie se pierda en el abandono. Que nadie se pierda en el sinsentido de una vida sin horizonte.

Esta es vuestra misión. No olvidéis lo esencial: vuestro mayor tesoro no es la naturaleza agreste pero hermosa de los Pirineos, ni vuestros templos, aunque tengan un gran valor artístico, ni vuestras estructuras, ni vuestros proyectos pastorales, aunque puedan ser muy fecundos. Lo mejor de todo sois vosotros. Cada uno. Con las potencialidades que Dios os ha dado para que las pongáis al servicio de todos.

Vosotros, hombres y mujeres de carne y hueso. Familias, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos. Personas concretas. Comunidades vivas. Sacerdotes, consagrados y laicos: animadores de la comunidad, ministros extraordinarios de la comunión, catequistas, profesores, agentes de pastoral juvenil-vocacional, monitores de tiempo libre, voluntarios… Ahí está vuestra riqueza. Pero no basta con reconocerla. Hay que ponerla en camino.

Durante mucho tiempo, vuestra fe se apoyó en una cultura que la sostenía. Hoy eso ha cambiado. Y no sirve de nada lamentarse. Este cambio es también una oportunidad: para volver a lo esencial, anunciar con más verdad y vivir el Evangelio con más autenticidad. Por eso os animo a que salgáis. Salid a los caminos de vuestra tierra. Salid al encuentro de los que dudan, de los que se han alejado, de los que nunca han estado. Salid sin miedo, con humildad y con verdad.

Y hacedlo juntos, porque la Iglesia del futuro -como la de siempre- será una Iglesia de comunión… o no será.

Celebración en la Catedral de Roda de Isábena
Celebración en la Catedral de Roda de Isábena

Hijos míos, recordad también algo que marcó mi vida y que no debe perderse entre vosotros. No solo caminé con mi pueblo tratando de ser testigo coherente del Evangelio. También edifiqué y consagré templos. Cuidé la casa de Dios. Procuré que hubiera lugares donde la fe pudiera ser celebrada, vivida, respirada. Nuestro pueblo necesita signos. La belleza no es un lujo. Es un camino privilegiado para descubrir y acercarse a Dios.

La belleza de un templo cuidado. La belleza de una liturgia celebrada con verdad. La belleza de una comunidad reunida. Todo ello habla. Todo ello evangeliza. Cuidar vuestras iglesias, vuestro patrimonio y vuestras celebraciones no es solo conservar el pasado. Es abrir puertas al Misterio. Haced de vuestros templos lugares de luz. Haced de vuestra liturgia un signo vivo. Haced de vuestra vida una belleza creíble.

No olvidéis tampoco dónde estáis: en una tierra de frontera. En mis días convivían pueblos, lenguas y religiones. Hoy vuelve a ser así. Y ante ello podéis elegir: el miedo o el encuentro. No os arruguéis; generad una cultura del encuentro. La llegada de otros no es una amenaza. Es una llamada. Abrid las puertas. Ensanchad la mirada. Descubrid en el otro un hermano.

Mirad a María. Ella ha acompañado vuestra historia en la riqueza de sus múltiples advocaciones y en las expresiones concretas de vuestra religiosidad popular: vestirla, tocarla, besarla, rezarla, procesionarla. Ella os enseñará a escuchar, a acoger, a confiar. En un mundo de prisas, ella os enseñará a recuperar la paz y a permanecer fieles.

Y junto a ella, recordad también a nuestros mártires. Hombres y mujeres que lo dieron todo. Perdieron la vida, pero no la fe. Permanecieron fieles en la prueba. Y, lo que es más fuerte, supieron perdonar. Esta memoria no es para admirarla, sino para vivirla, porque una Iglesia que ha aprendido a morir perdonando no puede vivir de cualquier manera.

Cuando logréis regularizar las estructuras y resolver los distintos litigios, siempre desde el marco de la ley y de la comunión eclesial, emergerá la santidad de nuestro pueblo. La santidad de cada día. La fidelidad en lo pequeño. La vida vivida según el Evangelio. Ahí se juega todo.

Hijos muy queridos:

Os está tocando vivir un momento decisivo, en el que habéis tenido que tomar decisiones delicadas y mantener firme el pulso. Un momento en el que surgen inquietudes y temores sobre el futuro y sobre la propia identidad milenaria de esta diócesis. También a mí me tocaron intrigas y tensiones, hasta el despojo y el destierro. Y, sin embargo, aquello pudo convertirse en oportunidad de purificación eclesial: volver a lo esencial, redescubrir quiénes sois, renovar vuestra dignidad y vuestra misión.

Yo no pertenezco al pasado. Sigo estando a vuestro lado. Estoy con vosotros, como vuestro patrono. Y os recomiendo:

En la incertidumbre, fidelidad.

En la dificultad, valentía.

En la dispersión, comunión.

Caminad siempre juntos. Así empieza la Iglesia de verdad".

Una oración final a San Ramón Obispo enlazaba aquel espíritu de hace nueve años con el de hoy. "Tú que defendiste el derecho frente a la violencia
y guiaste a tu diócesis por caminos de reconciliación, ayúdanos a vivir en el diálogo, el respeto y la fraternidad".

Y un ruego: "En este aniversario de tu tránsito al Señor, intercede por nuestra diócesis para que, siguiendo tu ejemplo, caminemos juntos en paz y en fidelidad al Evangelio".

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