Para Carmen Castán y su familia, el verano no llega con las altas temperaturas ni con el calendario escolar, sino con un gesto que se repite cada año y que encierra mucho más de lo que aparenta: vaciar un cajón y hacer hueco en el armario. No es solo reorganizar el espacio, sino preparar la casa para alguien que aún no ha llegado, pero cuya presencia ya transforma el ambiente.
Ese ritual comenzó en 2019, cuando decidieron acoger por primera vez a Lala, una niña saharaui procedente de los campamentos de refugiados. Aquella decisión, que en un principio podía parecer puntual, se convirtió en el inicio de una relación que ha ido creciendo con el paso del tiempo.
La irrupción de la pandemia obligó a interrumpir el programa durante dos años, pero no debilitó el vínculo. Muy al contrario, lo reforzó. En febrero de 2022, esta familia de Monzón dio un paso más y visitó los campamentos para reencontrarse con la niña. Ese viaje marcó un antes y un después en su manera de entender la realidad saharaui, al pasar del relato indirecto a la experiencia propia. “Fue el viaje de nuestras vidas. Ya no es lo que nos habían contado, ahora ya lo habíamos visto”, expresa Carmen Castán.

Desde entonces, la implicación no ha dejado de crecer. Tras Lala llegó Fati, una niña que abandonaba por primera vez su hogar y que este año regresará por tercer verano consecutivo con la familia. Lejos de tratarse de una experiencia aislada, la acogida se ha consolidado como un compromiso que no se pone plazos.
Uno de los aspectos que más impacta a quienes participan en el programa son esas experiencias iniciales, escenas cotidianas que adquieren una dimensión completamente distinta cuando se descubren. “Nunca nos olvidaremos de todas sus primeras veces”, asegura Carmen Castán, en alusión a gestos tan sencillos como abrir un grifo, descubrir el agua corriente, utilizar un ascensor o contemplar el mar. En esos momentos se condensa una realidad marcada por la desigualdad, pero también una capacidad de asombro que interpela directamente a quienes acompañan.
La experiencia no comienza con la llegada del menor, sino tiempo antes. Hay una fase previa en la que la casa se adapta y la espera adquiere sentido propio. “Es la emoción con la que preparas los días previos, hacer sitio en los armarios para una persona más”, explica Carmen Castán, describiendo ese proceso en el que lo material y lo emocional avanzan de la mano.
La convivencia, sin embargo, va más allá de lo visible. Implica un aprendizaje que cuestiona prioridades y reordena valores. Este proceso invita a observar el día a día desde otra perspectiva, a detenerse en lo esencial. “Lo más importante en la vida es con quién”, afirma, sintetizando una enseñanza que no se impone, sino que se descubre en el trato diario.

EL ALCANCE DE VACACIONES EN PAZ
Esa vivencia personal permite comprender el alcance de Vacaciones en Paz. Se trata de un programa de acogida temporal de menores saharauis durante los meses de verano, impulsado por asociaciones como Alouda, que desde hace 25 años facilita la salida de niños y niñas de los campamentos de refugiados en los que sus familias llevan más de medio siglo viviendo en condiciones extremas.
En ese entorno, las temperaturas superan con frecuencia los 50 grados y el acceso a recursos básicos como alimentos frescos o agua potable es limitado. Para muchos de estos menores, participar en el programa constituye la única oportunidad de salir de ese contexto, aunque sea durante unas semanas.
El perfil de los participantes está definido. Este verano llegarán niños y niñas nacidos en 2014 y 2015, que serán acogidos por familias en distintos puntos del país. Durante su estancia, reciben revisiones médicas fundamentales, acceden a una alimentación equilibrada y disfrutan de un entorno que garantiza su bienestar, tanto físico como emocional.
El programa incorpora además una dimensión educativa. Los menores refuerzan el aprendizaje del español, conviven en un contexto diferente y adquieren hábitos que, en muchos casos, pueden contribuir a mejorar su día a día cuando regresan a los campamentos.
Pero el impacto no es unidireccional. Las familias que participan coinciden en que la experiencia también les transforma. “Vacaciones en Paz es sinónimo de veranos inolvidables”, afirma Carmen Castán, quien resume el sentido del programa en una frase que condensa su vivencia: “Es estar dispuesto a querer mucho y recibir más”.
En ese proceso, hay también un componente de conciencia. Conocer de cerca la realidad del pueblo saharaui implica asumir un compromiso que va más allá del verano. No se trata únicamente de acoger, sino de comprender y dar visibilidad a una situación que se prolonga desde hace décadas.

FALTAN QUINCE HOGARES
Pese a ello, el desarrollo del programa depende directamente de la implicación de nuevas familias. Actualmente faltan 15 hogares en Aragón, 5 de ellos en la provincia de Huesca, una carencia que limita la posibilidad de que muchos niños puedan participar este verano y vivir la experiencia.
Más allá de los datos, el mensaje que trasladan quienes ya han vivido la experiencia es claro. “Vacaciones en Paz es la ilusión por lo que se avecina”, explica Carmen Castán, en referencia a ese periodo previo en el que todo está por empezar.
Dar el paso no requiere condiciones extraordinarias, sino voluntad de abrir la puerta de casa y compartir el tiempo. Se trata, en definitiva, de ofrecer a un niño la posibilidad de conocer otra realidad, aunque sea de forma temporal.
El programa mantiene así un llamamiento abierto a la ciudadanía. Porque cada familia que decide participar no solo cambia el verano de un menor, sino que inicia una experiencia que deja huella mucho más allá de esos meses.
Todo empieza con un gesto mínimo -hacer hueco en un armario-, pero su alcance puede ser difícil de medir hasta que se vive.