¿Con qué cara le diremos a nuestros hijos que, a pesar de contar con la mayor tecnología y medicina de la historia, vivirán menos que nosotros? Esta inquietante pregunta de Fernando Valladares no es un ejercicio de pesimismo, sino el diagnóstico de un modelo de civilización al que se le están "saltando los remaches". Según el científico, nos enfrentamos a una "bancarrota hídrica" y una degradación social provocada por un sistema que ha situado la producción económica por encima de la propia vida.
Ante este escenario, Valladares no propone medidas cosméticas o de "postureo", sino una "recivilización": una revisión profunda de nuestras prioridades para poner la naturaleza y la salud en el centro. Nos invita a dejar de ver al sistema socioeconómico como el "elefante en la habitación" del que nadie habla y a transformarnos en agentes de cambio. Su mensaje es una llamada al optimismo realista: una oportunidad para ganar bienestar, derechos humanos y un futuro habitable a través de la acción colectiva y el empoderamiento ciudadano.
Fernando Valladares, investigador del CSIC y referente en la divulgación científica sobre ecología y cambio climático, recaló este viernes en el Campus de Huesca de la Universidad de Zaragoza para impartir la conferencia titulada Tiempos de recivilización. El acto tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación y fue fruto de la colaboración entre el centro universitario altoaragonés, la Universidad Ciudadana de Huesca y la Cátedra de Educación Ambiental y Transformación Ecosocial, impulsada por la Diputación de Huesca y la propia Universidad de Zaragoza.
El investigador define la “recivilización” como una revisión profunda del modelo de sociedad actual, al que considera “un poco desastre" en muchos aspectos. El concepto parte de la idea de que la civilización contemporánea presenta "fallos estructurales" que afectan tanto al medio ambiente como a la organización social.
Sitúa el origen del problema en las prioridades colectivas, centradas en la producción económica por encima de otros valores esenciales. Según explica, “le damos prioridad a hacer dinero”, cuando los objetivos deberían orientarse a “ser sano y feliz o dejar un mundo más o menos razonable”.
La recivilización implica, por tanto, un replanteamiento de fondo y no una simple corrección superficial del sistema. Valladares insiste en la necesidad de revisar cómo se organiza la sociedad, al entender que el modelo vigente “nos ha traído a donde estamos”.

Advierte, además, de que este deterioro no puede entenderse sin cuestionar el propio sistema económico dominante. En este sentido, señala la necesidad de “atreverse a hablar del famoso capitalismo”, al considerar que es la base de un modelo que prioriza el crecimiento continuo y que, en última instancia, está detrás de las crisis encadenadas.
INDICADORES CLAROS
Fernando Valladares identifica varios indicadores claros del agotamiento del modelo socioeconómico, entre los que destaca el estancamiento de la esperanza de vida, que “por primera vez en la historia reciente […] está bloqueada y tendiendo a disminuir en los países más desarrollados”. Este dato refleja el impacto del modo de vida y del entorno generado.
También señala la degradación acelerada del medio ambiente y la crisis del agua, que define como una “bancarrota hídrica”, al considerar que “nos hemos consumido el agua dulce que teníamos que hacer durar durante décadas”.
Además, advierte de que las crisis económicas y los conflictos bélicos son manifestaciones de un sistema al que “le están saltando los remaches”. Insiste en que no se trata de fallos aislados, sino de un modelo que cede por múltiples puntos, y subraya que es “muy predecible cuál será el siguiente” en evidenciar esa inestabilidad.
El investigador no aísla la crisis climática como un factor independiente, sino que la sitúa dentro de un problema sistémico más amplio. Todos estos fenómenos responden a una misma lógica de fondo, por lo que centrarse únicamente en el cambio climático sin abordar el modelo socioeconómico resulta insuficiente.
CAMBIOS ADAPTADOS
El experto considera que las respuestas institucionales no están a la altura del desafío y se mantienen en una fase claramente insuficiente. A su juicio, predominan enfoques parciales y de corto alcance, con “medidas cosméticas” que no abordan el problema en profundidad.
Valladares explica que existe una conciencia fragmentada por sectores, mientras que la acción política está condicionada por el corto plazo, lo que impide aplicar transformaciones estructurales. En sus palabras, los responsables públicos “se mueven en la escala de 2, 3 años”, frente a cambios que requieren décadas.
Además, advierte de una responsabilidad compartida, al señalar que la sociedad tampoco facilita decisiones de largo recorrido, ya que exige resultados inmediatos. Aunque “el diagnóstico no se le escapa a nadie”, sostiene que falta valentía para afrontar “el elefante en la habitación”, en referencia al modelo socioeconómico de fondo.

Fernando Valladares rechaza una única prioridad universal y plantea que los cambios estructurales deben adaptarse al contexto territorial y sectorial. Aun así, identifica líneas claras de actuación vinculadas a los grandes límites ambientales y sociales.
Entre ellas, sitúa como eje central poner al ser humano y a la naturaleza en el centro, frente al actual modelo orientado al rendimiento económico. En el caso de España, subraya la urgencia de abordar la gestión del agua, especialmente en el sur, donde considera prioritario “hacer un uso responsable” y replantear prácticas como el regadío intensivo.
Valladares ejemplifica esta lógica con el caso de Canal Roya, en el Pirineo, donde cuestiona proyectos como la ampliación de estaciones de esquí. A su juicio, resulta incoherente impulsar este tipo de iniciativas cuando “el cambio climático dice que no va a haber nieve”, al tiempo que se pone en riesgo “lo único que tiene valor”, en referencia al espacio natural.
El científico plantea este caso como una puerta de entrada para entender un problema mayor: decisiones concretas que responden a un sistema que “nunca tiene suficiente” y prioriza el rendimiento a corto plazo. Por ello, defiende que este tipo de conflictos deben servir para “tirar del hilo” y abordar las causas estructurales de fondo.
Además, defiende que cualquier transformación debe ir “a las últimas consecuencias”, evitando quedarse en acciones aisladas. Así, ejemplifica que iniciativas como el uso de la bicicleta deben traducirse en cambios estructurales en la movilidad, cuestionando el modelo basado en el coche.
En conjunto, insiste en que las soluciones deben abordarse con profundidad y coherencia, ya que actuar de forma parcial implica quedarse, de nuevo, en “mera cosmética”.
El biólogo subraya que los problemas no solo comparten origen, sino también solución. Así, explica que abordar en profundidad ámbitos como el sistema alimentario permite “mitigar el cambio climático, reducir las desigualdades y dar vida al medio rural”, evidenciando la necesidad de intervenciones integrales.

TODOS PODEMOS HACER
Fernando Valladares defiende que la transformación no puede depender solo de las políticas públicas y otorga un papel clave a la ciudadanía. A su juicio, “claro que todos podemos hacer”, y advierte de que la acción individual no debe frenarse por la inacción de otros.
Subraya que las decisiones cotidianas tienen un valor doble: contribuyen al cambio y generan empoderamiento, ya que “una vez que tú haces un esfuerzo, tú puedes exigir”. Esa implicación refuerza la capacidad de la sociedad para reclamar medidas a los responsables políticos y a los actores económicos.
Además, insiste en que la acción individual tiene un efecto ejemplificador y colectivo, siempre que se entienda dentro de un marco más amplio. En este sentido, sostiene que “todos podemos hacer mucho más de lo que pensamos”.
En esta línea, advierte de que el modelo actual ha reforzado el individualismo. “De estos líos no se sale uno a uno”, sostiene, y apela a una transformación que combine implicación personal y dimensión colectiva.
ELEMENTOS PARA EL OPTIMISMO
Fernando Valladares reconoce que existen elementos para el optimismo, pero advierte de que no son automáticos, sino que requieren una actitud activa: “el optimismo hay que currárselo”.
Más allá del diagnóstico, Valladares defiende la necesidad de cambiar el relato y poner el foco en los beneficios del cambio. A su juicio, es clave abandonar la lógica del sacrificio y visibilizar “todo lo que podemos ganar”, desde una mejora del bienestar hasta avances en derechos y calidad de vida.
El investigador señala que hay ejemplos positivos, aunque no predominan, y que es necesario “quererlos ver” y construir a partir de ellos. Critica además el predominio de una narrativa negativa y defiende cambiar el enfoque hacia una visión más motivadora.

En este sentido, apuesta por un optimismo realista, alejándose tanto del fatalismo como de la confianza ciega en soluciones externas. Según explica, no sirve pensar que “la tecnología nos sacará”, sino combinar el análisis de la realidad con la capacidad de ver posibilidades y actuar en consecuencia.
Fernando Valladares sintetiza su mensaje en la necesidad de que la ciudadanía se reconozca como agente de cambio y supere la sensación de inutilidad o bloqueo. En este sentido, advierte de que “no hay batalla que no se pierda más que la que se piensa que no se va a ganar y ni se empieza”.
El biólogo insiste en que no es necesario un compromiso total, sino avanzar desde lo posible: se puede “ser activista a ratos” y contribuir dentro de las propias capacidades.
En este contexto, reivindica también su papel como transmisor de experiencias entre territorios, en un proceso que define como aprendizaje mutuo. Asegura que su labor consiste en escuchar, recoger iniciativas y actuar como una especie de “embajador de soluciones”, compartiendo respuestas que ya funcionan en otros lugares.
Como idea central, defiende que existe más capacidad de acción de la que se percibe y que el primer paso es implicarse, incluso en escenarios complejos, como punto de partida para impulsar cambios colectivos.