Hay fotografías que llaman la atención precisamente por lo que no muestran. En una ventana del Hotel Abba Huesca, dos uniformes de la BRIF cuelgan junto a unas botas, aireándose al sol. Detrás de esa imagen hay, probablemente, dos profesionales que aprovechan un tiempo de descanso antes de volver a enfundarse el equipo y regresar al incendio.
El gesto tiene también una explicación práctica. Después de jornadas enteras entre monte, humo y altas temperaturas, pocas cosas impregnan tanto como el olor de un incendio forestal. Airear los trajes antes de volver a utilizarlos, o simplemente para evitar que ese olor invada la habitación del hotel, parece casi una necesidad después de tantas horas de trabajo sin desmayo.
La fotografía se ha convertido, casi sin pretenderlo, en un pequeño homenaje a quienes llevan varios días encadenando relevos si no es en un fuego, en el otro. Cuando esos uniformes vuelvan a desaparecer de la ventana será porque sus propietarios habrán regresado al lugar donde más falta hacen, allí donde el fuego todavía exige el máximo esfuerzo.

En el incendio de Loporzano, más de 230 efectivos continúan desplegados para contener unas llamas que han obligado a evacuar de forma preventiva San Julián de Banzo y Chibluco, ha afectado a unas 200 hectáreas y mantiene buena parte del operativo concentrado en la protección de la Sierra de Guara.
Solo unas horas antes, muchos de esos mismos profesionales participaron también en la extinción del incendio de Apiés, donde las llamas llegaron hasta las inmediaciones de la autovía A-23 y obligaron a desplegar un importante dispositivo para evitar que el fuego cruzara la infraestructura. Por eso, esos dos uniformes colgados de una ventana cuentan mucho más de lo que parece: hablan de una labor que, estos días, no entiende de horarios.