Sergio Rodríguez López-Ros ha advertido de los riesgos que entraña el ejercicio prolongado del poder, capaz de alimentar el narcisismo, la desconfianza y la pérdida de contacto con la realidad. Frente a estas derivas, ha defendido un liderazgo sustentado en la responsabilidad pública, la escucha y la búsqueda de acuerdos, en el que ninguna persona se considere imprescindible ni confunda sus intereses con los de la comunidad.
El profesor ha sintetizado su concepción de la autoridad en una premisa: "El poder ha de ser algo vocacional, temporal y proyectual". Desde esta perspectiva, ha reivindicado una forma de gobernar orientada al servicio colectivo y ha animado especialmente a los jóvenes a implicarse en la vida pública para contribuir a construir una sociedad menos polarizada.
Estas reflexiones han centrado la conferencia "Psicología y Psicopatía del poder", celebrada este jueves en la Fundación Ibercaja Huesca, donde que Rodríguez López-Ros ha dialogado con el profesor y psiquiatra oscense Javier Olivera Pueyo, recientemente nombrado presidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría, acerca de la personalidad de los dirigentes, sus necesidades de control y las transformaciones que pueden experimentar al ocupar posiciones de responsabilidad. Doctor, profesor de la Universidad Abat Oliba CEU y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, Rodríguez López-Ros ha desarrollado también una trayectoria diplomática en distintas embajadas españolas y ha dirigido dos centros del Instituto Cervantes.
Durante el encuentro, Olivera Pueyo le ha preguntado por los cambios de comportamiento que ha observado en personas con responsabilidades en ámbitos como la política, la monarquía, la Iglesia o la diplomacia. Rodríguez López-Ros ha explicado que algunos dirigentes, después de acceder al poder, comienzan a buscar la adulación, muestran mayor desconfianza y recurren a la mentira. La transformación puede llevarlos a sobrevalorar sus capacidades y a interpretar las discrepancias como amenazas.

El diálogo ha abordado el síndrome de Hubris, descrito por el político David Owen y el psiquiatra Jonathan Davidson, y los rasgos narcisistas y paranoides asociados a determinadas conductas de quienes gobiernan. Rodríguez López-Ros ha alertado de la tendencia a identificar el destino de una organización o una comunidad con la continuidad de su dirigente. "Pensar que un proyecto es una persona es un error", ha afirmado.
El profesor ha distinguido entre gobernantes servidores, que utilizan su posición para procurar el bienestar común, y gobernantes dominadores, que pretenden imponer su voluntad porque consideran equivocadas las opiniones ajenas. También ha señalado la diferencia entre quienes se rodean de asesores competentes y quienes prefieren colaboradores menos capaces para evitar que puedan hacerles sombra. Como ejemplo extremo de la incapacidad para reconocer la realidad, ha aludido a Adolf Hitler y a su negativa a aceptar la derrota cuando la guerra estaba perdida.
Frente a los modelos de liderazgo basados en la imposición, Fernando el Católico ha surgido como ejemplo de gobernante dispuesto a escuchar a personas de distintas confesiones, científicos y humanistas, reflexionar antes de decidir y actuar cuando consideraba que había llegado el momento. Esa concepción del poder encuentra su expresión en el pensamiento del cardenal Margarit, preceptor del monarca, que Rodríguez López-Ros ha contrapuesto al de Maquiavelo. Su máxima, "Gobernar es gobernarse", resume una forma de ejercer la autoridad basada en el ejemplo personal, el diálogo, los pactos y el cumplimiento de los compromisos, frente a la posibilidad de recurrir al engaño para alcanzar los propios fines.

Para Rodríguez López-Ros, el liderazgo no es una cualidad innata, sino una capacidad que se forma mediante la educación en valores, tanto en el hogar como en la escuela. Más allá de la inteligencia o el talento personal, lo decisivo es saber poner esas capacidades al servicio de un proyecto que deje un legado positivo para la comunidad.
Rodríguez López-Ros ha concluido con una llamada a la participación política desde ámbitos diversos, como la cultura, el activismo, los sindicatos y los partidos. Además. ha reclamado dirigentes con formación sólida, voluntad de mejorar la sociedad y capacidad para alcanzar acuerdos. "Debemos evitar la polarización, que es el gran enemigo del bien común, y construir un liderazgo sólido y un modelo de país consensuado".
Su mensaje final ha apelado especialmente a un sector de la sociedad: "Ánimo sobre todo a los jóvenes a hacer política desde todos los campos: la cultura, el activismo, los sindicatos o los partidos, porque en los jóvenes está la solución de nuestro mundo".