La Granja La Fondaña de Benabarre, de Juan José Baró y Pilar Marqués, ha pasado a la historia de la más brillante ejecutoria del sector de elaboración de quesos artesanales por el cierre de sus instalaciones como consecuencia de las jubilaciones de sus artífices. Su trayectoria y su personalidad trasciende el mero hecho de ser arietes de la agroalimentación en el medio rural, por cuanto se han erigido en imprescindibles dinamizadores de Benabarre y la Ribagorza, espejo en el que se miran quienes aspiran a emprender conscientes de que los éxitos no conocen de límites.
En la verja de entrada, un cartel apunta: "Cerrado por jubilación. Gracias a nuestros clientes y amigos por vuestra confianza durante estos años". Está escrito el mensaje con un tipo de letra pulcra, cuidada, como a ellos les gusta proceder.
Juanjo y Pilar han hecho popular a la Cabra Mari, la mascota de todos los que piensan en Quesos de Benabarre y empiezan a salivar conscientes de que en esta granja donde han pastado cientos de ovejas se encuentra una de las señas de identidad de la gastronomía oscense de las diez comarcas.
Pilar y Juanjo han alargado sus días hasta jornadas interminables estiradas por la necesidad de abarcar las exigencias del buen cuidado de las cabras y de las elaboraciones en las que ellos han sido el mejor departamento de I+D+i para conseguir, experiencia y conocimiento mediante, quesos que han conocido los laureles de grandes premios en ferias españolas e internacionales.
El mercado ha empujado y la Granja la Fondaña se había convertido en un reclamo turístico y en una parada obligada para aderezar la compra de cualquiera de los quesos con la amabilidad de los dos autores de este milagro. Las visitas enamoraban a los niños y a los mayores, y hacían disfrutar a los consumidores.

Variedades como el Queso de Benabarre que es la joya de la corona y el producto primigenio, el de romero que acaricia el paladar de manera sutil, el San Medardo, el Pirineos, el Condes de Ribagorza y el Montsec que ponen a prueba los paladares más exigentes que demandan matices y robustez han sido aplaudidos por miles y miles de clientes. El yogur de cabra era una consecuencia propia de los tiempos.
Juanjo y Pili se han convertido en adalides de los productos de Benabarre y han impregnado de calidad los restaurantes de la zona, pero es que, además, han sido instructores para el mejor consumo de sus quesos con platos frescos y sugerentes que Juanjo ha elaborado en ferias y demostraciones, ora con buen tomate rosa, ora con orégano, ora con otras combinaciones suculentas.
Con el cierre de Quesos de Benabarre, se despide un icono de los quesos y de la nutrición y gastronomía de nuestra tierra. El resto de productores pierde un aliado imprescindible, colaborador y proactivo. Por horas dedicadas, no merecen sino el aplauso para salir del mercado empresarial a hombros. Por talento, su pérdida es objeto de tristeza. Por compromiso, la gratitud se hace eterna y el deseo obligado de que disfruten de una época del júbilo que ha de ser larga y placentera, tanto como alegrías nos han deparado durante treinta años que saben a queso. Y del mejor.