Entre los millones de enemigos políticos y raciales del Tercer Reich que sufrieron la deportación, los trabajos forzados y la eliminación tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial se encontraban miles de españoles exiliados de la Guerra Civil que recalaron en Mauthausen, Sachsenhausen, Ravensbrück, Neuengamme, Buchenwald o Dachau, además de una amplia red de subcampos.
Este cinco de mayo de 2026 se ha conmemorado el 81 aniversario de la liberación de Mauthausen, hecho crucial sobre el que no está de más hacer alguna reflexión. Máxime, si tenemos en cuenta las escalofriantes cifras de víctimas. El año 2006 el Ministerio de Cultura puso en línea el contenido del Libro Memorial de españoles deportados a los campos nazis (1940-45), de Benito Bermejo y Sancha Checa, que daba la cifra de 9.328 deportados, con 5.185 muertos y 334 desaparecidos.
El 5 de mayo de 2020, con ocasión del 75 aniversario de la liberación del campo de Mauthausen, se dio a conocer un censo del Memorial Democràtic de la Generalitat de Cataluña, elaborado conjuntamente con la Universidad Pompeu Fabra y Amical Mauthausen, según el cual hubo un total de 9.161 deportados españoles entre 1940 y 1944. De todos ellos, 5.166 –cerca del 60 %– murieron (por hambre, por enfermedades, ejecutados o gaseados) y 3.539 sobrevivieron. El resto, serían desaparecidos.
La mayoría de estos deportados –unos 7.533– fueron conducidos a Mauthausen, conocido como “el campo de los españoles”. Pues bien, una nueva investigación de los profesores Gutmano Gómez Bravo y Diego Martínez López, publicada en 2024 bajo el título de Deportados y olvidados. Los españoles en los campos de concentración nazis, ha ampliado sustancialmente las cifras manejadas hasta el momento por la historiografía española.
Según esto, el número de compatriotas deportados españoles alcanzaría ahora la cifra de 15.000, mientras que el número de fallecidos en dichos campos sería de 7.500, justamente la mitad. En lo que se refiere a Mauthausen, sin embargo, los datos no habrían apenas variado con las cifras establecidas desde hace tiempo, estimándose en 7.251 el número total de deportados a Mauthausen. Estos mismos autores, en su libro Rotspanier: españoles en el complejo concentracionario Mauthausen-Gusen, publicado en 2022, habían cifrado en 4.427 los españoles fallecidos en Mauthausen, lo que significaría el 61 %. ¡El baile de cifras seguirá su curso!
Por otra parte, en ese mismo 5 de mayo de 2025, se anunció públicamente que la unidad de Derechos Humanos y Memoria Democrática de la Fiscalía General del Estado iniciaría diligencias de investigación por delitos de homicidio, asesinato, detención ilegal y desapariciones forzadas en un contexto de crímenes contra la humanidad perpetrados contra la población española que, tras huir de Franco, terminó recluida en campos de exterminio. La base de estas indagaciones –que se amparan en la ley de memoria democrática de 2022– está en diez libros custodiados por el Registro Civil Central, con información sobre los 4.435 españoles fallecidos en los campos nazis, facilitada al Estado por el Ministerio francés de Excombatientes y Víctimas de guerra. Así pues, el tema no puede estar más de actualidad.
DEL 2 AL 3 DE MAYO DE 1945: LA ORGÍA DE LOS JEFES SS
Según David Wingeate Pike, en su obra Españoles en el Holocausto. Vida y muerte de los republicanos en Mauthausen, en la noche del 2 al 3 de mayo de 1945 tuvo lugar una fiesta en la antesala de la prisión. Los deportados españoles encargados del llamado Bunker de Mauthausen (cárcel, cámara de gas y crematorio), Ramón Bargueño, Luis Puig y José Rasal Río –este último natural de Biscarrués, y cuya participación en la salvación de la niña judía de Praga Helga Weissová ya descubrimos, y publicamos, en 2016–, que recibieron la orden de dormir en la prisión, fueron testigos de aquella delirante bacanal.
El oficial SS Josef Niedermayer, que dirigía la cárcel, actuó como anfitrión, y a la fiesta asistieron el grupo de la oficina de la Gestapo en Mauthausen, al mando del oficial SS Karl Schulz, los SS del crematorio y la cámara de gas y las mujeres SS llegadas desde Ravensbrück. Hacia la medianoche, Niedermayer llevó a Bargueño unas botellas de licor ordenándole que preparara un ponche. Cuando el deportado toledano entró en la antesala con el ponche, los encontró a todos completamente desnudos en plena orgía.
Al amanecer, los oficiales SS salieron arrastrándose. Niedermayer, totalmente ebrio, le lanzó a Bargueño un juego de llaves. En esa misma noche otros SS fueron abandonando el campo, con la excusa de que iban a luchar contra los rusos, queriendo hacerse pasar por miembros de las fuerzas de combate Waffen-SS, y sin nada que ver con los campos de concentración. En cuanto al comandante jefe del campo, Franz Ziereis, permaneció en su puesto el tiempo suficiente para entregar el mando de Mauthausen y Gusen al Hauptmarnn Kern, el jefe de la Wiener Feuerschutzpolizei, una formación policial de la brigada de bomberos de Viena, quien llegó el 3 de mayo al frente de una dotación de miembros con sus uniformes de color marrón.
POLICÍAS-BOMBEROS DE VIENA
Bargueño, Puig y José Rasal habían recibido la tarde del 3 de mayo la orden de llevar las maletas de los oficiales SS a los vehículos que esperaban aparcados. Y cuando volvieron al Bunker, se encontraron con la sorpresa de que quien estaba al frente de tan siniestro destino era un oficial del cuerpo policial de bomberos de Viena, que estaba sollozando y proclamando insistentemente su inocencia con respecto a los crímenes allí perpetrados. Los españoles, que habían cogido del suelo las llaves de las celdas tiradas por los SS en su huida, lo desarmaron y le dijeron que se marchara.
El 3 de mayo fue un momento de gran incertidumbre en Mauthasuen. El Aparato Militar Internacional (AMI) que habían constituido los prisioneros se preparó entonces para la lucha, pero solo como defensa propia, pues todavía había demasiados SS en el campo como para emprender un enfrentamiento suicida. Fue en la noche del 3 al 4 de mayo cuando partieron los últimos SS de Mauthausen, dejando el control a Kern y a la Feuerschutzpolizei de Viena.
La salida de los SS había sido tan sigilosa que los deportados no se dieron cuenta hasta la mañana siguiente, el 4 de mayo. El Comité Internacional de los presos delegó de inmediato en dos de sus miembros, los austriacos Heinrich Dürmayer y Hans Marsalek, para que obtuvieran de Kern la promesa de que todos los policías-bomberos de Viena permanecieran fuera del campo.
El historiador británico David Wingeate Pike –a quien seguimos de forma casi literal– señala que, contra lo proclamado tiempo después por los “escritores comunistas”, la brigada policial de bomberos de Viena siguió manteniendo el control del campo. Y que el propio Kern prometió que defendería el campo contra cualquier intento de las SS de regresar al mismo. Esta promesa no dejó tranquilos a los deportados, pues eran conscientes de que los guardias SS podían volver y proceder a la matanza final.
En esta tesitura es cuando entra en acción Haefliger, un administrativo de banca de Zurich que se habría prestado como voluntario ya el 23 de abril de 1845 para servir como representante del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y desde entonces habría presionado a Ziereis y Kaltenbrunner para detener las ejecuciones que se llevaban a cabo en Mauthausen y Gusen. Informado de los planes de aniquilación de los esclavos que trabajaban en los túneles de Gusen –donde se montaba el fuselaje de los aviones Messerschimitt, entonces los únicos cazas de reacción del mundo–, Haefliger se trasladó al campo central de Mauthausen el 30 de abril para entrevistarse con el comandante jefe Ziereis a fin de paralizar aquella monstruosa operación asesina. Este, que estaba “débil y tembloroso”, lo invitó a su mansión, pero Haefliger rechazó la invitación, prefiriendo alojarse en los cuarteles de las SS fuera de la fortaleza. Allí compartió habitación con un misterioso jefe de las SS, Guido Reimer, con responsabilidades en el contraespionaje.
Haefliger obtuvo de Reimer la confirmación del plan previsto por Berlín de aniquilar a todos los prisioneros de Gusen. Con la excusa del anuncio de una incursión aérea, se “invitaría” a los prisioneros a que entraran a los túneles de Gusen I y Gusen II. Entonces, se harían detonar varias toneladas de dinamita en las entradas, sellando así todo el interior y enterrándolos a todos en vida. Según David Wingeate Pike –a quien seguimos a pies juntillas– había bastante confusión sobre los diferentes planes de aniquilación final de todos los prisioneros, pero según este historiador estaban implicados muchos gerifaltes y entidades: Himmler y la DEST (empresa propiedad de las SS de Himmler encargada de explotar a los prisioneros de los campos de concentración), la Gestapo, Bormann, Speer, Messerschmitt y la Luftwafe.
De cualquier forma, en Mauthausen estaba claro que su comandante jefe Ziereis estaba por la labor de encubrimiento de los crímenes allí perpetrados y de la destrucción de las pruebas inculpatorias. Así, no permitió la entrada de Haefliger al interior del campo central hasta el 2 de mayo, cuando ya se había desmantelado la pequeña cámara de gas.
Mauthausen se había convertido en un verdadero infierno de muerte, un inmenso pudridero humano, una sentina maloliente de inmundicia humana, con la llegada de miles de prisioneros moribundos que venían de los distintos campos en las llamadas Marchas de la Muerte. Según Pike, no menos de 4.147 prisioneros murieron en Mauthausen en la semana anterior a la liberación. Además de los cientos que morían de causas “naturales”, unos quinientos o seiscientos prisioneros moribundos eran enviados cada día a la cámara de gas. Ante ese tsunami de muerte, los crematorios no daban abasto. Se ordenó que sólo se utilizasen para incinerar a las víctimas de la cámara de gas. En el periodo comprendido entre el 23 de febrero y el 30 de abril de 1945 hubieron de enterrarse unos 11.000 cuerpos.
Durante todo el día 4 y la noche del 4 al 5 de mayo Kern –el jefe de los Bomberos de Viena– negoció con el comité internacional de prisioneros de cara a evitar los actos de violencia de estos últimos contras sus actuales guardianes, los bomberos, y contra kapos y algún SS que todavía no hubiera huido. Ese mismo 4 de mayo, Haefliger –el representante del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR)–, con la ayuda de Kern y de Guido Reimer –¡el misterioso dirigente SS del contraespionaje que todavía campaba a sus anchas por Mauthausen!–, se hizo con un coche de las SS y lo pintó de blanco con una cruz roja muy visible.
También se hizo con una bandera de la Cruz Roja elaborada por los propios presos. Y al amanecer del 5 de mayo, Haefliger partió con ese coche transmutado en vehículo de la Cruz Roja con la intención de llegar a la cercana ciudad de Linz para regresar cuanto antes a Mauthausen con una notable fuerza del ejército estadounidense, pero también para alertar a los norteamericanos del peligro de aniquilación que se cernía sobre los prisioneros de Gusen. ¡Lo verdaderamente sorprendente es que en el viaje lo acompañaron un conductor de las SS y el citado dirigente SS Guido Reimer! ¡Lo cual indica que algunos de estos SS de Mauthausen no temían ser hechos prisioneros por los norteamericanos!
DOS PATRULLAS ESTADOUNIDENSES
Según el historiador David Wingeate Pike, el primer norteamericano en llegar a Mauthausen en la mañana del 5 de mayo fue el sargento Albert J. Kosiek. Este suboficial y el también sargento Harry Saunders estaban al mando de la 1ª patrulla, de 22 hombres, del 41º de Caballería. Esta primera patrulla había sido enviada con la misión de investigar la zona en torno al pueblo de Mauthausen para informar del estado de un puente sobre el río Gusen. Antes de llegar a Mauthausen, esta primera patrulla alcanzó tres subcampos de Mauthausen: Gusen III, Gusen II y Gusen I.
Poco después alcanzaron estos lugares la segunda patrulla de 41 hombres, de los sargentos Hens y Berg. Había sido el delegado del Comité Internacional de la Cruz Roja Luis Haefliger, que estaba acompañado del SS Guido Reimer –con los que se habían encontrado en Gusen II–, quien les había hecho saber a los sargentos Kosiek y Saunders que cerca había un gran campo de concentración con el nombre de Mauthausen dispuesto a rendirse. Pero conocedor del plan urdido para aniquilar a los presos de Gusen, Haefliger convenció a Kosiek de la necesidad de lograr primero la rendición de la guarnición de Gusen II.
Pero no fue preciso utilizar la fuerza: el comandante, vestido con uniforme SS se rindió sin oponer oposición. En realidad era un oficial de la policía de Viena, que había sustituido al verdadero comandante SS, Max Pausch, que había huido como el resto de la guarnición de SS. Kosiek, que no tenía órdenes de ir a explorar ningún campo de concentración, y cuya patrulla de reconocimiento solo tenía la misión de verificar el estado del puente sobre el río Gusen, sin embargo, obtuvo permiso oficial para avanzar y de esta manera llegó a otro campo de concentración, Gusen I. Kosiek tomó en un primer momento a Gusen I por Mauthausen.
Aclarado el asunto, de nuevo apenas encontró oposición de los guardias de Gusen I –que llevaban uniformes de SS pero en realidad eran también policías de Austria– a rendirse. Pero en Gusen no pudo actuar como más tarde haría en Mauthausen, donde transfirió la autoridad a un gobierno de prisioneros liberados. En los campos de Gusen, los presos aptos ya se habían marchado. Como explicó Kosiek, ¡únicamente con el personal de dos jeeps se consiguió rodear a cuarenta guardias de Gusen y conducirlos hasta el puesto de mando en Katsdorf!
Los demás guardias, que acataron la orden de Kosiek de esperar antes de ser hechos prisioneros, temían por sus vidas y rogaron a Kosiek que les dejara conservar las armas para mantener el control del campo hasta que volvieran los estadounidenses. El sargento estadounidense aceptó. Kosiek estuvo en la zona de Gusen solo 30 minutos. Pronto llegó allí otra patrulla de 41 hombres, que formaba parte del 55º de Infantería acorazada, y que estaba al mando del sargento Leander Hens, con el sargento Edvarg Berg como segundo. Esta segunda patrulla solo estaría una hora por la zona de Gusen. Enseguida, como hizo la primera patrulla, marcharía hacia el campo central de Mauthausen.
Era alrededor del mediodía cuando el sargento Kosiek –que no había tenido tiempo de inspeccionar los campos de concentración de Gusen– se encontró de bruces con el horror. Había llegado al campo central de Mauthausen.

Tras rodear la entrada a los garajes de los SS, con el águila alemana presidiendo la puerta, se detuvo en la carretera ante el antiguo “campo ruso” de Mauthausen, construido originalmente para el alojamiento de los prisioneros de guerra soviéticos. Pero como a su conclusión en 1943, ya habían muerto la mayor parte de los prisioneros de guerra soviéticos, el campo sirvió para el aislamiento de los enfermos (“campo sanitario”), tratándose de facto de un campo terminal. El estado de los prisioneros, el hedor penetrante, la visión de los cadáveres apilados como leña, hicieron sentirse tremendamente mal a muchos de los soldados estadounidenses.
El prisionero jacetano Miguel Malle –que había luchado en la Bolsa de Bielsa– observó que la conmoción llevó a algunos de los soldados a la locura. Nadie como David Wingeate Pike ha expresado con más crudeza aquel horror: “Como si una gran fosa se hubiera abierto, los enfermos del hospital caminaban hacia ellos tambaleándose, como esqueletos vivientes, a medio vestir, casi desnudos o en harapos. Daban palmadas sin hablar. Tenían las manos tan enflaquecidas, pensó uno de los liberadores, que aquello sonaba como el palmear de las focas”. Los miles de cadáveres acumulados serían, pocos días después de la liberación, enterrados en el antiguo campo de deportes de las SS. Se han conservado fotografías donde aparecen civiles austriacos cavando las fosas comunes en el antiguo campo de deportes de los SS en Mauthausen, convertido en un cementerio con cruces y estrellas de David. En la posguerra estos cadáveres fueron exhumados y enterrados en el lugar donde estuvieron los barracones 16 a 19, que habían sido primero, campo de cuarentena, campo de prisioneros de guerra soviéticos, campo de concentración de mujeres y, finalmente, lo que puede contemplarse hoy, un cementerio.
El pelotón de Kosiek solamente permaneció en Mauthausen desde el mediodía hasta las 16:30 de ese 5 de mayo. Quería quedarse más tiempo para ayudar en todo lo que pudiera, pero era consciente de que su patrulla no podía hacer nada más que mantener el orden y de que no tenía autorización para permanecer allí. Además Kosiek tenía otras misiones que hacer, como la de verificar el estado del puente sobre el río Gusen. No obstante, en ese corto periodo de tiempo, fue mucho lo que hizo. Como el sargento Saunder se quedó en la puerta de los garajes de los SS de Mauthausen, pudo presenciar el momento en que un grupo de prisioneros –entre los que estaba el poschacher Jesús Tello, de Epila (en lo más alto de la puerta, junto al águila) y el francés Pierre Serge Choumoff (matemático de profesión, con gorra y un parche de tela rayada en su pantalón)– tiran con la cuerda para derribar el águila alemana que campeaba en lo alto de dicha puerta de los garajes de las SS. Se han conservado unas instantáneas fotográficas de esa acción –obra del propio sargento Saunders y del prisionero catalán Francisco Boix, con destino en el laboratorio fotográfico, y uno de los prisioneros españoles responsables de la gran gesta de salvar miles de fotografías que documentaron los crímenes perpetrados en el campo– que resume muy bien el ansia y la alegría de los prisioneros de acabar con todos los símbolos del mundo nazi.

Mientras tanto, el jeep del sargento Kosiek y el otro vehículo blindado se acercaron a la entrada principal, que se abrió mientras llegaban. Para controlar la difícil situación que se originó al salir en tropel los prisioneros, se vieron obligados a disparar unas ráfagas por encima de ellos, tras las cuales se apaciguaron y volvieron al interior de la fortaleza. Cuando Kosiek y sus hombres bajaron de los vehículos y fueron andando hacia la entrada, “se quedaron atónitos al ver a miles de prisioneros delirantes abrazándose, llorando y cantando, con los españoles entonando el más alegre de sus cantos, el Himno de Riego, y todo el mundo gritando una sola palabra: Liberté” (David W. Pike).
Algunos prisioneros bailaban, otros lloraban, o aullaban, pero también algunos empezaron a generar altercados, poniendo a prueba el temple de los soldados norteamericanos. Enseguida se presentó Kern –el jefe de los guardias-bomberos de Viena– para manifestarle su disposición a rendirse, pero no a entregar las armas si iban a quedarse solos en el campo. Ante su petición de rendir la fortaleza ante un oficial, Kosiek le contestó que él mismo, como jefe de pelotón, tenía esa autoridad. Kern accedió a rendirse si Kosiek ponía fin a los tumultos que se estaban produciendo en algunas dependencias del campo. Según David W. Pike –cuyo relato seguimos fielmente–, el mérito de restaurar el orden ha de atribuirse al comité internacional de presos cuyo presidente era Heinrich Dürmayer, que logró convencer a los líderes de los diferentes colectivos nacionales para que regresaran a sus dependencias mientras los estadounidenses desarmaban a los guardias austriacos. Estos se acercaron a la puerta principal y depositaron las armas.
Aunque el mérito de ser los primeros en llegar a Gusen y a Mauthausen corresponde a los hombres de Kosiek, seguidamente tras ellos llegó la compañía de los sargentos Kens y Berg. Esta segunda compañía, al igual que la de Kosiek y Saunders, realizó las mismas inspecciones, visitando la cámara de gas, los crematorios, la cantera, siempre entre pilas de cadáveres. Ambas contribuyeron también a apaciguar la situación.
Kosiek manifestaría posteriormente que los presos, una vez restaurado el orden inicial, se comportaron con corrección: “En el recuerdo más memorable para los estadounidenses, la banda de los prisioneros tocó el himno de su país mientras el pelotón de Kosiek formaba en posición de firmes y presentando armas”. (David W. Pike). Aunque el deseo de Kosiek había sido permanecer más tiempo en Mauthausen, no tenía autorización para permanecer, y además tenía el deber de salvar a tres ex prisioneros estadounidenses que se habían encontrado en el campo. Así que informó al comité internacional de que las fuerzas estadounidenses, que estaban muy cerca de allí, se pondrían en camino tan pronto como él llegara a la base con las noticias.
El convoy dejó el campo a las cuatro y media de la tarde del 5 de mayo, llevando todas las armas pesadas de los guardias-bomberos austriacos en tres camiones. Pero los estadounidenses no se fueron solos: se llevaron consigo a los mil guardias-bomberos austriacos que habían custodiado Mauthausen desde el día 3 al 5 de mayo, y asumieron la misión de escoltarlos a su base. Pero antes, se detuvieron en Gusen para recoger a los otros ochocientos guardias que habían dejado allí esperando y confiscar sus armas. ¡Toda una hazaña!
Dejaron St. Georgen (Gusen II) y llegaron a Wimming (Gusen I). A la una y media de la madrugada del 6 de mayo el convoy de Kosiek llegó a Gallneukirchen, donde estaba el mando de la División, y el coronel Richard R. Seibel quedó asombrado al ver a un pelotón de tan solo 20 hombres transportando a no menos de 1.800 prisioneros. Los campos de Mauthausen y Gusen habían sido librados de sus guardias, pero abandonados a la noche por los estadounidenses, que habían prometido volver a la mañana siguiente.
LA NOCHE DEL 5 AL 6 DE MAYO
Según refiere David W. Pike, los estadounidenses confiaron en que los prisioneros ejercerían la autodisciplina necesaria para permanecer en sus respectivos campos a la espera de la llegada, a la mañana siguiente, de las prometidas nuevas fuerzas norteamericanas. Pero no había que olvidar que los prisioneros ardían en deseos de vengarse de los kapos que tanto los habían torturado, y además estaban muertos de hambre y aterrorizados con la posibilidad de que los SS regresasen al campo para aniquilarlos. Y si en Mauthausen hubo un comité internacional de presos que evitó los excesos, no ocurrió lo mismo en Gusen.
La realidad es que ni el coronel Seibel –que ya muy mayor, con 88 años, había proclamado eufórica y falsariamente, en los actos de conmemoración del 50 aniversario de la liberación de Mauthausen celebrados el 7 de mayo de 1995, que ¡”yo fui el primero en llegar al campo”!–, ni ningún otro estadounidense estuvo en Mauthausen desde las 16:30 del 5 de mayo hasta media mañana del 6 de mayo. El control del campo y todo lo que aconteció en esa noche estuvo en manos del comité internacional de los ya ex prisioneros, en el que dominaban los comunistas.
El resultado de todo ello “fue el nacimiento de una leyenda en esencia antiamericana, y que el coronel Seibel atribuyó a Dürmayer y Marsalek”. Hans Marsalek –nacido en Viena en el seno de una familia de origen checo, ferviente socialista y arrestado por los nazis en 1941 por su activa labor en la Resistencia y deportado a Mauthausen en el otoño de 1941– fue asignado inicialmente a los trabajos en la cantera de granito. Pero a partir de 1943 fue destinado a tareas administrativas en la Schreisbtube u Oficina de la Administración del campo como segundo escribiente, teniendo como compañero al español Juan de Diego, tercer oficinista y hombre clave, junto al también español Casimir Climent –este último desde su puesto en la Oficina de la Gestapo en Mauthausen–, en la conservación de los valiosísimos registros con los nombres y y domicilios de los españoles que pasaron por el campo y de los que murieron, así como también de los listados de todos los altos cargos de las SS que estuvieron en dicho campo y de los asesinatos que perpetraron.
Estos ficheros y datos, junto a las fotografías y negativos que los también españoles Francisco Boix, Antonio García Alonso y José Cereceda –asignados al laboratorio fotográfico de los nazis en Mauthausen– lograron conservar –con la participación en esta arriesgadísima empresa de otros muchos deportados españoles, como los célebres poschacher, esos niños españoles que llegaron a Mauthausen y que fueron subcontratados por las SS al empresario austriaco Anton Poschacher para su cantera de granito–, se convirtieron en un verdadero tesoro para el conocimiento del paradero de los prisioneros españoles, para la historiografía y para la causa de la justicia, pues se convirtieron en pruebas incriminatorias de los crímenes perpetrados por los nazis en los juicios celebrados tras la liberación.
Hans Marsalek y Juan de Diego –que había conseguido entrar en este vital destino como tercer oficinista gracias a su capacidades administrativas, al conocimiento del alemán que había aprendido con los prisioneros alemanes en la cantera y al hecho de que fuera propuesto por el tenor español Mario Arnijas, que había desempeñado este mismo puesto como tercer administrativo hasta que decidió dejarlo por otro destino donde se comía mejor– tenían como jefe o primer Lagerschreiber en la Oficina de la Administración de Mauthausen –sita en el primer barracón del campo, en el que también se encontraban el prostíbulo y las perreras del capitán SS Bachmayer, la guarnicería y la zapatería– a un prisionero checo titulado en comercio e ingeniería, y con dominio de varias lenguas, Kunes Pany, un antinazi destacado, próximo a los postulados comunistas, cuya supervivencia después de la muerte de Heydrich fue milagrosa.
Después de la liberación cayó víctima de las monstruosas represalias estalinistas y murió sin dejar ningún testimonio escrito de sus vivencias en Mauthausen. Afortunadamente, Hans Marsalek consagró su vida al estudio sistemático de Mauthausen y publicó varios libros importantes. Se convirtió en el principal cronista del campo, recopilando documentación incansablemente. Su obra maestra, la Historia del campo de concentración de Mauthausen, publicada por primera vez en 1974 –ampliamente consultada por David W. Pike–, es considerada por la historiografía austriaca como el relato definitivo del exterminio nazi mediante el trabajo.
Tras la guerra, se unió a la policía política austriaca y contribuyó decisivamente a la búsqueda y condena de numerosos criminales nazis. Gracias a su profundo conocimiento de los entresijos de los campos de concentración y de las SS, desempeñó un papel fundamental en el procesamiento de criminales de guerra nazis, especialmente en sus inicios. Fue testigo clave en los juicios del campo de Mauthausen-Gusen y una declaración jurada escrita por él también jugó su papel en los juicios de Núremberg. Participó activamente en la organización austriaca de supervivientes de Mauthausen. En 1952, Maršálek se convirtió en miembro fundador del Comité Internacional de Mauthausen.
En 1963, el Ministerio del Interior austriaco invitó a Maršálek a establecer un museo en el antiguo campo de concentración, que había sido declarado sitio conmemorativo nacional en 1949. Aceptó el reto y una vez instaurado asumió la dirección del Memorial de Mauthausen, cargo que ocupó hasta su jubilación en 1976. Maršálek –que murió el 9 de diciembre de 2011 en Viena– ha sido considerado uno de los miembros más importantes de la resistencia austriaca.
Juan de Diego no publicó nada, pero para David W. Pike sus testimonios han sido la fuente más importante de información, después de la de Marsalek, para conocer lo acontecido en Mauthausen. Existe un amplio consenso en la consideración de que tanto Pany, como Marsalek y Juan de Diego utilizaron su destino en las oficinas de la Administración del campo para ayudar en todo lo posible a sus compañeros prisioneros, salvándoles la vida a muchos de ellos.
EL MITO O LEYENDA DEFENDIDO POR LOS ESTALINISTAS
El coronel estadounidense Seibel –que en los actos conmemorativos de mayo de 1995 se había hecho pasar como el primer hombre que había entrado en Mauthausen el 5 de mayo de 1945, cuando en realidad ese honor les correspondía únicamente a Kosiek y a los otros tres sargentos que habían tomado parte en la liberación– escribió en 1975 su particular versión de los hechos de la liberación. El propio Marsalek –considerado por el ex prisionero de Mauthausen y después célebre cazador de nazis, Simon Wiesenthal, como “un comunista al 150 % que desprecia a Austria”– dejó bien claro, en una edición revisada de su obra en 1980, “que Mauthausen fue liberado, definitivamente, por los estadounidenses el 5 de mayo”. No obstante, muchos de los ex prisioneros abducidos por el comunismo estalinista, minimizaron el papel de los estadounidenses, y forjaron la leyenda, el mito de que la liberación había sido obra de los propios prisioneros.
Según recoge David W. Pike, S. Esmírnov escribió en Études soviétiques que “el 5 de mayo, dos días antes de la llegada de las tropas angloamericanas, los prisioneros se sublevaron y consiguieron la libertad”. Para el jacetano Miguel Malle “la liberación de Mauthausen fue obra del Appareil Militaire International” y “los presos desarmaron a la policía austriaca antes de que llegaran los estadounidenses”.
Otro de los ex prisioneros españoles, Ramón Bargueño reiteraba que “en la mañana del 5 de mayo desarmamos a la policía vienesa y solo les dejamos sus mochilas”. En la misma línea, nuestro paisano y gran amigo, Mariano Constante, manifestó que “los prisioneros conquistaron la libertad con sus propias manos (…) durante dos días, tuvimos que luchar solos contra los SS”. David W. Pike señala en su libro que para Juan de Diego estas afirmaciones de sus compañeros deportados eran meras “¡sandeces!” ¡No tardarían en comprobar la verdadera faz abyecta de ese gran credo, el estalinismo, al que se habían consagrado en cuerpo y alma!
No está muy claro lo que ocurrió en esa tarde y noche en que los prisioneros estuvieron sin ninguna fuerza que los controlara en Mauthausen y Gusen. Aunque muchos prisioneros no estaban en las mejores condiciones físicas para abandonar el campo, está claro que algunos sí lo hicieron y cometieron tropelías. Como señala el historiador británico David W. Pike, “hombres enloquecidos por el hambre y la crueldad son capaces de hacer cosas peores que simplemente sucumbir al vehemente deseo de comer y es probable que se cometieran graves crímenes que las víctimas, si sobrevivieron, estaban demasiado aterrorizadas para denunciar”.
Algunos habitantes de la zona señalaron que los prisioneros hambrientos, los antiguos kapos y los SS escondidos sembraron el terror. Por otra parte, tanto en el interior de Mauthausen y Gusen, como en el exterior, se desencadenó una caza de los kapos por parte de los prisioneros. Al parecer, la existencia en Mauthausen de un comité internacional de ex prisioneros con reconocida autoridad por todos los deportados evitó los excesos que sí se produjeron en Gusen. De cualquier forma, este comité también tuvo problemas en Mauthausen para evitar el linchamiento no solo de los kapos, sino también de los colaboradores y de los sospechosos de ser chivatos. De hecho –según subraya Pike–, los españoles habrían sido el único grupo nacional que de forma inmediata persiguió a aquellos de sus compatriotas que habían colaborado con los SS, los juzgó ante tribunales especiales y los declarados culpables fueron sentenciados a muerte y ejecutados. También parece ser cierto que la mayoría de los kapos conseguirían escapar.

LA BATALLA LIBRADA POR LOS PRISIONEROS CONTRA LOS SS
Como señala Pike, “al igual que en la línea de argumentación de los estalinistas se defiende que Mauthausen no fue liberado por los estadounidenses sino por los propios prisioneros, se insiste en que en las orillas del Danubio tuvo lugar una importante acción militar”.
Manuel García –el deportado español que durante muchos años después de la liberación sería vigilante del Museo de Mauthausen– llegó a manifestar que “los norteamericanos dejaron solos a los ex prisioneros luchando con las SS en el Danubio”. Con mucha sorna e ironía, nuestro historiador de cabecera llega a burlarse de este nuevo mito ampliamente suscrito por los ex prisioneros comunistas españoles: “la batalla del Danubio surge como la joya más preciada del folclore comunista español, y parece más improbable cuanto más se analiza”. Claro está que los desmentidos más categóricos provienen de otros deportados españoles no comunistas.
Así, Juan de Diego manifestó: “ninguna fuerza militar salió del campo para luchar contra los alemanes. No hubo batalla del Danubio. Esa historia es pura invención. Es un mito comunista. No pudieron disparar contra los SS porque no había ningún SS. Lo que sucedió fue que los españoles abrieron fuego en el Danubio unos contra otros”.
Esta tesis de Juan de Diego fue respaldada por Hermann Langbein, historiador y excombatiente austriaco comunista contra el nazismo que huyó de su país tras el Anschluss, brigadista internacional en la Guerra Civil Española, deportado a los campos de Dachau, Auschwitz y Neuengamme, secretario de la comunidad de ex prisioneros de Auschwitz en Austria, cofundador en 1954 del Comité Internacional de Auschwitz y gran impulsor de los Procesos de Auschwitz en Fráncfort contra 22 acusados por su papel en Auschwitz-Birkenau. Langbein fue expulsado del Partido Comunista de Austria en 1958 debido a su crítica y cuestionamiento del estalinismo durante el levantamiento húngaro de 1956.
También la periodista catalana Montserrat Roig coincide en señalar que los prisioneros no libraron ninguna batalla contra los SS en el Danubio, pues lo que ocurrió es que “una unidad de prisioneros españoles que eran anarquistas, y que se habían instalado en el pueblo de Mauthausen, confundió el camión en el que iban otros presos combatientes con un vehículo de las SS y abrió fuego”. También para el historiador Michel Fabréguet le parece harto improbable la batalla del Danubio, tanto más porque en las cercanías no había unidades de las SS ni de la Wermacht. Las opiniones de los habitantes del pueblo de Mauthausen con respecto al posible enfrentamiento son diversas. Alguno hay que respalda la tesis de la existencia de combates.
Mariano Constante en su obra Los años rojos. Españoles en los campos nazis también describe ese enfrentamiento en el puente del ferrocarril sobre el Danubio, con los tanques alemanes “Tigers” intentando atravesarlo, pero siendo detenidos por los proyectiles lanzados por los prisioneros. Pike afirma que era cierto que la defensa del puente se había confiado a una unidad ruso-española bajo el mando del capitán español Espí, algo plausible si tenemos en cuenta que los españoles eran veteranos de la guerra civil. De cualquier forma, es muy difícil saber verdaderamente qué ocurrió.
Con respecto a los “mitos” de la liberación de Mauthausen por los propios presos y de la batalla a orillas del Danubio, Pike acepta, con Émile Valley, que el comité internacional estableció dos cinturones defensivos en torno al campo; que un destacamento de presos se hizo con los vehículos de los SS y ocupó el pueblo de Mauthausen, arrestando al alcalde nazi; que Miguel Malle ordenó personalmente la detención de Haefliger, del Comité Internacional de la Cruz Roja, y que ese mismo destacamento tomó una posición en la orilla norte del puente ferroviario de Enns, de gran importancia estratégica. Pero Pike no se cree lo de la “mítica batalla sobre el puente”. Lo realmente verdadero, y especialmente triste a la vez, es la muerte por heridas de bala del prisionero español Juan Bisbal Costa en ese mismo día 5 de mayo de la liberación del campo.

Luis Montero (a la izquierda( y José Perlado Camaño
(Madrid, 1916) velando el cadáver del preso español
Juan Bisbal Cosa
Lo que no está claro es si murió en la batalla que presumiblemente libraron los prisioneros contra los SS a orillas del Danubio –tesis defendida por los presos de filiación comunista–, o bien fue víctima del “fuego amigo” al ir en el camión tiroteado por la unidad anarquista en el pueblo. Tampoco hay unanimidad en lo que respecta a quién era el jefe del comité de presos españoles.
Se habla de Luis Montero, de Fernando Lavín, del jacetano Miguel Malle. Tampoco está clara la identidad del mando del Apparel Militaire International (AMI). Según los autores comunistas españoles –el propio Malle, en sus memorias, y M. Constante en Yo fui ordenanza de las SS– , cuando se constituyó este comité militar internacional clandestino en septiembre de 1944, el mando recayó en Malle, con el comandante ruso Andréi Pirógov como jefe del estado mayor. Sin embargo, Marsalek escribió que el mando se había entregado originalmente al coronel austriaco Heinrich Kodré. Pero el 6 de mayo de 1945 –seguimos fielmente el relato de Pike– Pirógov habría obligado a Kodré a renunciar al cargo, haciéndose el comandante ruso con el mando. Kodré informó a Dürmayer –el presidente del comité político internacional– de su relevo, y este asintió, pidiéndole que se hiciera cargo de la administración interna del campo. Kodré la habría rechazada al no sentirse cualificado para el puesto.
EL REGRESO DE LOS ESTADOUNIDENSES EL 6 DE MAYO
Al despuntar el día 6 de mayo, el coronel estadounidense Yale ordenó al coronel Seibel que reuniera un contingente y que saliera inmediatamente para Mauthausen. Seibel asignó la tarea al comandante Milton Keach, del 21º Batallón de Infantería Acorazada, que a su vez encomendó la misión a dos de sus compañías: una a las órdenes del capitán Edgar Flemister y otra al mando del capitán Elmore Fabrick. De hecho, en contra de lo afirmado por Seibel, el primer oficial estadounidense que llegó a Mauthausen fue Flemister, con 150 hombres, hacia las diez de la mañana del 6 de mayo, seguido por Fabrick y 220 hombres que llegaron en torno a las once. Los dos capitanes actuaron por separado, de manera que no hubo un mando único hasta que llegó Seibel hacia el mediodía.
A las dos de la tarde apareció Keach con el resto del 21º Batallón y a las dos y media Seibel se marchó para informar a Yale en los cuarteles generales de la unidad. Ello dejó a Keach al mando de Mauthausen hasta la vuelta de Seibel esa tarde, en torno a las siete. Esta es la realidad de la llegada de los norteamericanos el día 6 de mayo que después distorsionaría el coronel Richard R. Seibel, quien, movido por vanidad personal, afirmó que era él quien había entrado personalmente en Mauthausen el 5 de mayo y que había permanecido en el campo la noche del 5 al 6 de mayo. En el fondo, sus tergiversaciones contribuyeron al éxito de las versiones falsarias de algunos de los supervivientes, en particular de los comunistas, que tiñeron los acontecimientos de un tinte propagandístico y antiamericano.
La situación que los norteamericanos se encontraron cuando regresaron el 6 de mayo a Mauthausen no fue la misma de la que hallaron en Gusen. En este último campo, donde no había nada parecido al AMI de Mauthausen, la situación estaba completamente fuera de control. Muchos de los prisioneros que habían huido, dirigidos por sus kapos y armados con las armas abandonadas por las SS, aterrorizaron los pueblos próximos. Saqueron y robaron los almacenes de alimentos, provocaron altercados con los campesinos, lincharon a otros prisioneros o kapos, provocaron incendios…
Cuando los estadounidenses entraron en Mauthausen encontraron el campo custodiado por los antiguos presos, instalados en posiciones estratégicas de defensa. También vieron patrullas de reconocimiento en busca de SS fugitivos. Pero lo que más les reconfortó fue la cálida acogida de la que fueron objeto, simbolizada en la pancarta blanca que los republicanos españoles habían elaborado, y colocado en la puerta principal de entrada, con la leyenda “Los antifascistas españoles saludan a las fuerzas liberadoras”.
Las fotografías que recogen ese momento en el que los antiguos prisioneros reciben con júbilos y aplausos la llegada de los norteamericanos en la puerta principal coronada por la pancarta –realizadas por un fotógrafo enviado por el ejército estadounidense y por el fotógrafo español Francisco Boix– se han convertido en todo un icono mundial. Si bien la espontaneidad brilla por su ausencia, pues se escenificó la llegada de las tropas estadounidenses para agradar a Eisenhower, que quería ver un registro fotográfico completo de la liberación.

Un grupo de españoles confeccionó una pancarta
de bienvenida a los estadounidenses. La hizo Francisco Teix Perona.
Pero este glamour inicial no podía esconder la terrible realidad: “el estado de los prisioneros, el hedor penetrante, la visión de los cadáveres apilados como leña, hicieron sentirse tremendamente mal a muchos de los soldados” (David W. Pike). Por ello, la tarea que le esperaba a Seibel era inconmensurable. Según el historiador británico, no queda muy clara la cronología de los hechos que registró Seibel en su informe. Según este, al considerar que la fuerza desplazada de unos 500 hombres era insuficiente para contener a cerca de veinte mil prisioneros, Seibel abandonó Mauthausen y regresó a su base en busca de refuerzos, dejando en el campo al comandante Keach en tan difícil situación. Seibel regresaría a Mauthausen, a mitad de tarde, con tropas suficientes, personal médico y suministros adecuados. Había que restablecer el orden, distribuir la comida, atender a los enfermos, enterrar a los muertos…
Seibel tuvo que hacer frente también a una situación que revelaba ya el nuevo clima político de una incipiente “guerra fría”. En la que había sido lujosa oficina del comandante jefe de Mauthausen, Ziereis, Seibel se encontró con el comandante ruso y antiguo prisionero Andréi Pirógov, quien le dijo que “ahora era él estaba al mando del campo, y que los ex prisioneros soviéticos pretendían que las cosas siguieran así”. Y como Pirógov se negó a moverse de la mesa donde permanecía rampante, “Seibel sacó su pistola y le apuntó a la cabeza, ordenando a sus hombres que escoltaran a Pirógov y a sus subordinados hasta el recinto soviético. Entonces, Pirógov obedeció” (David Wingeate Pike). Pero esta acción de sometimiento del comandante soviético no sirvió de demasiada ayuda para sosegar los ánimos en el interior del campo, donde los comunistas tenían la máxima influencia.
Como reconoce Pike, “para mantener el orden y poner fin a los linchamientos y otros actos de venganzas particulares, Seibel necesitaba la cooperación del comité internacional de ex prisioneros, encabezado por el comunista doctor Dürmayer”. Seibel también se dio cuenta de que el comité internacional presidido por Dürmayer se había nombrado a sí mismo y no era sino un frente comunista. E intentó cambiarlo, pretendiendo que su presidente dimitiera. Pero estos intentos de crear un nuevo comité no sirviieron más que para aumentar las tensiones, y muchos ex prisioneros denunciaron las medidas tomadas con el comandante estadounidense. Tarea ardua fue evitar que los ex prisioneros se tomaran la justicia por su mano. De hecho, Seibel hubo de habilitar la prisión del bunker para recluir a los kapos acusados de crímenes, protegiéndolos del linchamiento, siendo el español Ramón Bargueño su guardián.
Para restablecer el orden, Seibel dividió a los ex prisioneros en veinte grupos nacionales y los alojó por separado. Con cierto carácter punitivo, Seibel ordenó a una veintena de ciudadanos importantes de Mauthausen, encabezados por su alcalde y párroco, que formaran en filas y fueran conducidos con una escolta de soldados estadounidenses para que vieran por sí mismos, eso que ellos juraban desconocer: la cruda realidad de lo existente en el interior del campo. Las tropas estadounidenses también se aplicaron en la captura de SS. Entre los pocos que atraparon estaba, para alegría de los prisioneros que permanecían en el campo, el comandante jefe de Mauthausen, el temible Franz Ziereis.
Al ser sorprendido por una patrulla que iba por el campo la tarde del 23 de mayo, intentó esconderse. Al acercarse, Ziereis, que iba armado, disparó. Los estadounidenses respondieron con sus armas, y el temible comandante resultó herido de gravedad. Lo llevaron al hospital militar estadounidense de Gusen, pero como estaba a unos cien kilómetros del lugar donde fue abatido, perdió mucha sangre por el camino. Fue atendido de sus heridas en el hospital, pero inmediatamente empezó el interrogatorio. Actuó de intérprete Marsalek, a quien Seibel había convocado con urgencia. También estaban Francisco Boix –en calidad de fotógrafo y corresponsal de guerra– y Siegfried Ziereis, el hijo mayor del comandante.

Franz Ziereis en el lecho de muerte. El fotógrafo español Francisco Boix
, con un brazalete en el brazo, mira fijamente al que había sido Comandante de Mauthausen
Entre balbuceos, Ziereis se defendía manifestando que él simplemente cumplía órdenes y que los verdaderos culpables eran los mezquinos gobernantes de Berlín, el Führer incluido. Ante estas manifestaciones, su hijo Siegfried, que estaba junto a Seibel, escupió sobre su padre moribundo. También escribió una tierna carta de despedida a su esposa Ida, pero sin duda pensada para que la leyeran sus captores, como era de esperar. La reacción de la esposa fue dura y fría, manifestando que quería divorciarse de él ya en 1942, por sus líos de faldas y su afición por la bebida. Al día siguiente, Ziereis había muerto. Según Pike, “su muerte fue tranquila en comparación con las que había causado”.
REPATRIACIONES Y OTRAS EXCEPCIONES
Tras la liberación de los campos quedaba mucho por hacer. En primer lugar, intentar salvar las vidas de los miles de prisioneros famélicos, enfermos, muertos vivientes, que “son arrastrados sin descanso por la muchedumbre innumerable de sus semejantes, sufren y se arrastran en una opaca soledad íntima, y en soledad mueren o desaparecen, sin dejar rastros en la memoria de nadie” (Primo Levi: Si esto es un hombre). Desgraciadamente, como expresara Primo Levi en su desgarradora obra, era ya demasiado tarde “cuando su cuerpo es una ruina, y nada podría salvarlos de la selección o de la muerte por agotamiento”.
Los estadounidenses se quedaron atónitos ante esa realidad espectral de Mauthausen, pero lo mismo ocurrió en todos los campos. Sobrecoge imaginar el atroz calvario de aquellos desdichados: “su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Musselmänner, los hundidos, los cimientos del campo; ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no-hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos; se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla” (Primo Levi: Si esto es un hombre).

Ante los miles de cadáveres existentes en Mauthausen, se decidió crear un cementerio en el antiguo campo de deportes de las SS. En algunas de las fotografías conservadas se observan las cruces y las estrellas de David, según sean cristianos o judíos los enterrados. Al fondo se contempla la silueta del campo, con sus pétreas murallas y torres de granito que levantaron los propios prisioneros.

En la posguerra estos cadáveres fueron exhumados y enterrados en el lugar donde estuvieron los barracones 16 a 19. Estos barracones habían sido primero, campo de cuarentena, más tarde el campo de prisioneros de guerra soviéticos, campo de concentración de mujeres y, finalmente, lo que vemos hoy, cementerio.

¡Pero había muchos otros prisioneros en no tan lastimeras condiciones a los que poder salvar! Como refiere David W. Pike, la 11ª División Acorazada estadounidense desplazó rápidamente a Mauthausen a todo el equipo médico y personal de enfermería disponible, “atendiendo a criaturas medio muertas, demasiado débiles e indefensas para apartarse de sus propios excrementos”. No obstante, transcurrieron varios días antes de que llegaran dos hospitales móviles estadounidenses y se pudiera vaciar el antiguo campo de los prisioneros de guerra soviéticos convertido en el hospital terminal, o Sanitäslager, verdadero sumidero de muerte.
Tras hospitalizar a unos 5.000 supervivientes, los norteamericanos quemaron la mayor parte de los barracones de madera para evitar los contagios. En estas y otras tareas de limpieza y reconstrucción, los estadounidenses hicieron uso también, como mano de obra, de prisioneros de guerra de la Wehrmacht.
En cuanto a las repatriaciones, la máxima prioridad de los estadounidenses era atender a los prisioneros de guerra, por lo cual –como señala Pike–, los reclusos de Mauthausen tuvieron que esperar, muriendo muchos mientras tanto. Solo a petición de los prisioneros de guerra franceses se permitió a los prisioneros de Mauthausen subir a los aviones en el aeropuerto de Linz.
A finales del mes de abril de 1945, antes de que llegaran los norteamericanos, la mayoría de los deportados franceses habían ya sido repatriados a su país por mediación del Comité Internacional de la Cruz Roja. Desgraciadamente, los “apátridas” españoles no pudieron regresar a nuestro país, donde la dictadura franquista les esperaba con sus cárceles y campos de concentración. ¡No hay que olvidar –como señala Javier Rodrigo en Hasta la raíz. Violencia durante la guerra civil y la dictadura franquista– que en España el Estado de guerra estuvo en vigor hasta 1948, y que fueron unos 50.000 los fusilamientos y ejecuciones entre aquel fatídico primero de abril de 1939 y ese otro no menos fatídico 1948!
Los prisioneros españoles se sintieron un poco decepcionados ante la actitud de las autoridades norteamericanas bastante reticentes en autorizar su evacuación. El asunto no era fácil, porque ¿adónde podían ir los españoles? Según señala Mariano Constante en Los años rojos, las intensas gestiones realizadas por el colectivo español con el gobierno del general De Gaulle, y las mediaciones de sus compañeros y amigos franceses de Mauthausen, posibilitaron que los deportados españoles encontraran en el país galo una morada digna donde recalar después de tanto sufrimiento y exclusión.
Pero para que su salida de Mauthausen y su acogida en Francia fructificasen, hubo que esperar hasta mediados del mes de junio de 1945. Y luchar y negociar mucho para obtener el beneplácito de todos. Y si los americanos desconfiaban de estos “rojos” españoles, no más calurosa fue la acogida del alto mando soviético. Como señala Pike, tras los acuerdos de los comandantes supremos de Estados Unidos y la URSS, Mauthausen caía dentro de la zona soviética de Austria. Por lo tanto –y como recoge Mariano Constante en Los años rojos–, los líderes del colectivo de prisioneros españoles de Mauthausen decidieron entrevistarse con los mandos soviéticos a fin de que intervinieran para facilitar su evacuación.
¡Se quedaron helados ante la fría y despectiva respuesta del general soviético con el que se reunieron en la ciudad austriaca de Krems: “En la URSS vosotros no tenéis nada que hacer. La revolución ya la hicimos nosotros hace muchos años. Vuestro deber es regresar a España”! Al parecer, los cuatro delegados españoles –entre los cuales estaba el propio Constante– se habían limitado a pedir que la URSS les ayudase a salir de Mauthausen para poder regresar a Francia, país donde combatieron al nazismo y desde donde salieron deportados a los campos nazis. Al final de la reunión, parece que las aguas volvieron a su cauce. No se hicieron demasiadas ilusiones, máxime cuando de regreso a Mauthausen se toparon con una columna importante de compañeros rusos ex prisioneros del campo que se dirigían a pie a su país, escoltados por tropas soviéticas como si fueran peligrosos delincuentes. Esa imagen no era más que una pequeña muestra de lo que vendría después.
¡El 18 de junio de 1945, Mariano Constante y un grupo de compañeros de Mauthausen llegaron a París! “Nuestro agradecimiento a Francia era incalculable (…) Francia me recibía como a uno de sus hijos” –reconocía Constante. No obstante, en el país galo todavía le esperaba alguna sorpresa. Poco después de su llegada a París, Constante y varios de sus compañeros comunistas de Mauthausen se desplazaron a la sede del partido comunista en Toulouse para dar cuenta de las actividades llevadas a cabo durante sus cinco años de deportación en el campo. Y allí, en su amado e idolatrado partido, “con sorpresa y pena, en Toulouse comprobamos que nuestros amigos también desconfiaban de nosotros. Sin duda, aquello se debía a la actitud adoptada por Stalin y los suyos, que veían en cada ex deportado a un traidor a un agente de los nazis” (M. Constante: Los años rojos).
Muy pronto conocerían más aspectos de una amarga realidad: el destino trágico de aquellos jóvenes idealistas antifascistas que regaron con su sangre los campos de batalla de nuestra contienda y de la II Guerra Mundial –ellos mismos, republicanos españoles, los brigadistas internacionales, los oficiales del Ejército Rojo…–, sin poder imaginar ni remotamente que no mucho tiempo después iban a ser calcinados por esa nueva religión secular a la que habían consagrado sus vidas, el Comunismo, erigido en inapelable Saturno que no duda en devorar a sus propios hijos.