Angélica Morales: "En la muerte, somos lo que tendríamos que haber sido en la vida, madre e hija"

La escitora resenta en la librería Anónima 'Últimos días blancos', un poemario dedicado a su tía Chon, que ocupó el lugar de su madre desde una infancia difícil

Periodista
07 de Noviembre de 2026
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Camino Díaz y Angélica Morales mostrando una fotografía de su tía Chon. Foto Mercedes Manterola
Camino Díaz y Angélica Morales mostrando una fotografía de su tía Chon. Foto Mercedes Manterola

"En la muerte, somos lo que tendríamos que haber sido en la vida, madre e hija". La frase que Angélica Morales ha compartido durante la presentación de Últimos días blancos en la librería Anónima de Huesca contiene buena parte del sentido de este poemario. La escritora ha dedicado el libro a su tía Chon, una mujer que no fue su madre, pero que ocupó ese lugar en su vida y se convirtió en su refugio durante una infancia difícil. Acompañada por la escritora Camino Díaz, Morales ha recorrido los recuerdos, las heridas y el afecto que han dado forma a una obra que habla de dolor, pero que encuentra en el amor una manera de seguir adelante.

La presentación ha sido también una conversación sobre lo que permanece cuando alguien querido desaparece. Camino Díaz Bello ha destacado que la poesía de Morales tiene una capacidad particular para unir el dolor y el consuelo: "Angélica te muerde en el cuello, te muerde en la vena con su poesía, pero al momento te da un abrazo y te consuela. Te duele, pero te consuela a la vez, con una belleza radiante, pero con un dolor que te llena".

Para Díaz Bello, Últimos días blancos es un libro que se construye alrededor de una pregunta: qué sucede después del duelo, cuando el tiempo ha pasado y la ausencia deja de ocuparlo todo. "Todos lloramos mucho, pero ¿qué hay después del dolor? ¿Qué hay después de la ausencia?, ha planteado. La respuesta que encuentra en el poemario es esencial: "Angélica dice, queda el amor".

Para explicar el origen de ese amor, Morales ha regresado a una infancia atravesada por el maltrato de su padre. Una experiencia que ha ido incorporando a su obra poética, pero que también explica la importancia que tuvo Chon en su vida. "Yo pensaba en dónde está la poesía en mí, dónde está la poesía en una niña que ha sufrido ese maltrato, que ha vivido en un zulo, en una habitación encerrada por miedo al padre, con ese cuchillo bajo la lengua", ha relatado.

En aquella casa, su tía fue la persona que la protegió. Compartían habitación y construyeron juntas un espacio propio, un mundo paralelo al que les había tocado vivir. "Mi tía era mi guardiana, que me protegía de mi verdugo", ha recordado. Chon apenas había tenido oportunidades para formarse -sabía leer, pero no le habían enseñado a escribir-, aunque compartía con la niña los libros y las historias que le permitían imaginar otras realidades.

Asistentes a la charla entre Angélica Morales y Camino Díaz en la librería Anónima. Foto Mercedes Manterola
Asistentes a la charla entre Angélica Morales y Camino Díaz en la librería Anónima. Foto Mercedes Manterola

"El mundo real era muy dramático, pero las dos creábamos un mundo distinto del que nos había tocado", ha explicado. "A mí lo único que me quedaba era imaginar y estaban los libros para leer historias de diferentes personas que tenían un mundo maravilloso distinto al mío. Decía: eso existe, la gente es feliz en otro lugar, hay padres buenos, hay familias maravillosas, que se quieren. ¡Ostras, se quieren! Y eso para mí era como decir: vamos a conquistar América, existe América, existe el amor", ha contado.

En la relación con su tía. Morales ha evocado una escena de ambas en la playa que conserva como una de las imágenes más poderosas de su infancia. Chon era coja y caminaba con un zapato especial. "Recuerdo que siempre estaba mecida por ella y que era una metáfora de la vida. Yo crecí en ese desequilibrio, en esa imperfección de nunca poder alcanzar el equilibrio porque estaba coja", ha explicado. "Cuando llegábamos a la playa, ella se quitaba el zapato y clavaba el pie enfermo como un ancla y las olas nos balanceaban. Y yo pensaba que nunca estaría en un lugar tan seguro como en ese desequilibrio. Ese era el lugar más seguro del mundo", ha reafirmado.

Morales ha recordado que descubrió la poesía cuando tenía 19 años y estudiaba interpretación. Ha reconocido que hasta entonces no sentía especial interés por este género. Fue la lectura de El marinero, de Fernando Pessoa, una obra que tuvo que preparar para interpretarla, la que cambió su relación con la palabra poética. "Yo no sabía de la poesía nada, me parecía un rollo. Y cuando leí aquello y tenía que interpretarlo, lloraba, porque decía: yo he sido cada verso, he sido yo en otro mundo", ha recordado. En aquella obra encontró una conexión con esa capacidad de imaginar vidas distintas que la había acompañado desde niña.

"Cuando me preguntan qué es la poesía para mí, digo que es el misterio que supuso descubrir a Pessoa con El marinero, como si me hubieran bautizado de una religión. A partir de ahora la poesía te va a atormentar todos los días de tu vida y, al mismo tiempo, te va a dar esa libertad y esa belleza y esa capacidad de destruir la palabra", ha explicado.

Después llegaron otros dos referentes fundamentales, como César Vallejo y Federico García Lorca. De ellos ha destacado la libertad, la inquietud y la capacidad de transformar el lenguaje. "Vallejo es la destrucción del lenguaje y es la libertad, es el surrealismo; Lorca, por supuesto, y Pessoa, que es esa belleza, esa inquietud. Yo vivo de esas tres fuentes", ha señalado.

Camino Díaz y Angélica Morales. Foto Mercedes Manterola
Camino Díaz y Angélica Morales. Foto Mercedes Manterola

La autora ha explicado que su poesía cambió cuando se atrevió a escribir sobre el maltrato que había sufrido. El poemario Mi padre cuenta monedas, reconocido con el premio Gabriel Celaya, supuso un punto de inflexión porque fue la primera vez que abordó abiertamente esa intimidad. "Fue la primera vez que hablaba contando la intimidad de aquel maltrato de mi padre. Eso me abrió muchas puertas y desde ese poemario mi poesía ha sido diferente".

"Mi tarea como escritora es contar estas mujeres y contar mi propia vida, y escribiendo las pequeñas historias de estas mujeres, de lo que he vivido, de lo que he sentido, de lo que puedo reparar, ahí está también toda una vida de una sociedad y de un momento determinado", ha comentado.

En ese sentido, ha defendido la verdad como una condición fundamental. "Escribas lo que escribas, aunque estés escribiendo una obra con mucha imaginación, tiene que ser verdad. Mi poesía tiene mucha verdad, aunque sea difícil, aunque destruya el lenguaje para volver a construirlo. Si no transmitimos la verdad, no transmitimos un sentimiento, porque el sentimiento es verdad y pureza. No se puede falsear".

Chon murió en 2008, pero Morales no escribió el poemario inmediatamente. Lo hizo años después, cuando el primer impacto de la pérdida había dado paso a otras emociones. "Estuve como... ella murió en el 2008 y yo lo escribí hace unos cinco años, pero se quedó en un cajón, porque cuando alguien muere hay un vacío y un no saber. Luego viene el duelo y luego viene la gratitud".

Por eso, como ha explicado, Últimos días blancos "es un libro luminoso, porque es un libro que le quise escribir a mi tía y decirle que ni la muerte nos ha separado ni nos va a separar, que la vida continúa, pero que yo continúo con ella y ella conmigo". En sus páginas también hay una necesidad de hablar con Chon y de pedirle perdón por no haber sabido estar a su lado como hubiera querido durante sus últimos días de enfermedad. "A lo mejor yo no estuve a la altura en los últimos días en que estaba enferma, y hui, pero es que la muerte da mucho miedo", ha reconocido.

Presentación en la Anónima de Angélica Morales. Foto Mercedes Manterola
Presentación en la Anónima de 'Últimos días blancos' de Angélica Morales. Foto Mercedes Manterola

La autora ha compartido durante el encuentro varias vivencias en la despedida final a su tía y en concreto una que considera uno de los regalos más inesperados. Después de la incineración, cuando acudió a recoger las cenizas de su tía, le entregaron un documento para firmar. Al leerlo de regreso, descubrió que figuraba como "Angélica Morales, hija de Ascensión". "¡Qué bonito! ¡Qué regalo me acaba de hacer la vida!", ha exclamado al recordarlo. Aquell papel le permitió poner palabras a una relación que, en la práctica, siempre había sido. "Al fin, en la muerte, somos lo que tendríamos que haber sido en la vida, madre e hija".

La historia de Chon contiene también una reflexión sobre las vidas que se quedaron sin desarrollar. Morales ha explicado que su tía era una mujer inteligente, pero que no pudo estudiar ni decidir sobre su futuro. Su familia la obligó a cuidar de los hijos de su hermana y su discapacidad condicionó las oportunidades que tuvo. "Ella hubiera sido una mujer inteligente, resuelta. Pero no la dejaron. Ni le permitieron estudiar ni le permitieron mostrar su inteligencia porque estaba coja. Que estés coja no significa que seas idiota. Pero es que ellos pensaban que sí", ha afirmado.

"Hubiera sido una científica. Era una tía muy inteligente. Pero es que no la dejaron y, cuando no te dejan, te roban toda la posibilidad. Eso es lo terrible de mi tía y de muchas mujeres de esa época", ha lamentado la escritora. 

Angélica Morales firma ejemplares de su libro de poemas. Foto Mercedes Manterola
Angélica Morales firma ejemplares de su libro de poemas. Foto Mercedes Manterola

Durante la presentación, Morales ha leído Aquí el olvido no existe, uno de los poemas del libro, en el que se dirige directamente a Chon: "No fuiste el vientre pero sí el abrigo". En sus versos, la tía aparece como refugio, compañía y origen de una forma de amor que sigue presente en la vida de la autora. Un poema que resume la voluntad de mantenerla viva a través de las palabras.

El título del libro también responde a una imagen vinculada a la pérdida. Morales ha explicado que los últimos días blancos representan los últimos momentos de felicidad antes de que llegara aquel primer gran dolor. "La blancura es como la inocencia, antes de perder la inocencia en el dolor, porque cuando murió yo perdí la inocencia del dolor. Fue mi primer gran dolor. Luego los demás no han dolido tanto como ese gran dolor". Y ha ofrecido una imagen gráfica para describirlo: "Tiburones blancos atascados en la garganta. Eso es el dolor".

Sin embargo, la autora ha insistido en que lo que permanece es la luz del vínculo y la gratitud por haber compartido tantos años con Chon. "Cuando se va alguien a quien queremos, ¿qué nos queda? Nos queda esa luz del amor. Y nos queda la gratitud, sobre todo. Dar las gracias por haber tenido la suerte de haber compartido estos años con esta persona".

Para Morales, escribir este libro era una deuda pendiente, un regalo que debía entregar a la mujer que la había protegido. "Tenía que salir este poemario antes, porque era un deber, una joya que tenía que regalarle. Cuando murió hubo tanto dolor". 

Camino Díaz ha reflexionado sobre esa capacidad de la literatura para compartir los recuerdos y hacer que una historia íntima llegue a otras personas. "Cuando alguien querido se va y se queda ese vacío, es precioso que alguien como tú haga un poemario con todo lo que es tu tía Chon. Porque es darle vida otra vez, es como tenerla aquí contigo siempre y con nosotros. Los muertos se van, pero se quedan con nosotros. Y la literatura los hace eternos". 

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