El periodista Antonio Pampliega ha introducido en una guerra a los asistentes a la presentación en la sede de la Fundación Ibercaja de su novela Cowboys en el infierno. A través de vídeos e imágenes tomadas en la Guerra de Siria, ha pretendido acercar ese horror para que se conozca, para que duela y se reaccione. Pero también ha querido destrozar el halo de un corresponsal de guerra y ha remarcado el problema de salud mental que provoca vivir en esos escenarios donde la vida no vale nada. Después de “varios toques”, ahora lo tiene claro: “Lo siento por los sirios, palestinos y afganos, pero el valor que le doy a la vida es para mi mujer y mi hija. El libro habla del estrés postraumático "que no se cura porque nadie nos quiere curar”, ha afirmado.
La charla abre el Ciclo de Conferencias de Otoño de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, y ha sido presentada por su director, Alfredo Serreta, y la subdirectora de la Fundación Ibercaja, Alexia Serrano. En el acto también ha colaborado la librería Santos Ochoa.

Antonio Pampliega ha cubierto guerras como las de Afganistán, Somalia, Sudán del Sur, Ucrania, Irak y Siria, donde fue secuestrado en 2015 por Al Qaeda y permaneció retenido 299 días. En 2019 presentó en Cuatro Pasaporte Pampliega, programa en el que da visibilidad a las injusticias sociales en diferentes lugares del mundo. En 2025 volvió a Cuatro para presentar el programa de investigación Territorio Pampliega. Ha publicado varios libros, entre ellos En la Oscuridad, sobre su secuestro. También ha hecho el podcast Costa Nostra, sobre el narcotráfico en el sur de España, y en el 2023 publicó El quinto nombre.
Cowboys en el infierno es ficción, pero que nace de una experiencia real. "Tiene muchas cosas que me he basado en mi imaginación, pero el curso de la historia no es ficción", ha señalado. El periodista ha querido utilizar la novela para llegar a lectores que quizá nunca se acercarían a un ensayo sobre Siria. Y también para recuperar una figura que apenas ha tenido presencia en la literatura española en las últimas décadas. Cowboys en el infierno toma el relevo de Territorio comanche, de Arturo Pérez-Reverte, publicada en 1996, pero desde una realidad distinta: la del corresponsal freelance.
"Los que hemos cubierto esta guerra éramos muy jóvenes. Yo tenía 30 años, Manu Bravo tenía 31. No trabajábamos para ningún medio, trabajábamos para todos. Eso te da la autonomía de poder quedarte todo el tiempo que quieras en una zona de conflicto y hacer los temas que tú elijas, pero nadie te paga ni los traductores, ni alojamiento, ni la comida, ni los vuelos, ni absolutamente nada. Todo eso tiene que salir de tu bolsillo". En su caso, llegó a pedir un crédito de 10.000 euros para poder trabajar, que tuvieron que seguir pagando sus padres cuando le secuestraron.
Ha recordado que "las grandes cabeceras de este país pagaban entre 35 y 45 euros por crónica, no al día, por reportaje publicado. Hasta a nuestro traductor sirio le dimos pena". Ha asegurado que esa precariedad no ha desaparecido. "Los chavales que ven en la televisión a lo mejor cobran 150 por una pieza cuando se la compran, todo lo demás corre por su cuenta".
Siria fue para Pampliega otra cosa. Estuvo doce veces sobre el terreno y pasó allí alrededor de dos años entre 2011 y 2015, porque "no había visto una guerra igual". "Y creo que, sobre todo los sirios, merecían que alguien contara a la gente lo que había sufrido el pueblo", ha apuntado.

Como ha definido, "el libro es una experiencia inmersiva". Está narrado en primera persona y tiene dos protagonistas principales: Lucas Corso (Antonio Pampliega) y El Guaje, rodeados de actores secundarios, que son otros compañeros periodistas. "El objetivo de este libro era que el lector se pusiese en la piel de los dos corresponsales de guerra. Si ustedes deciden leerlo, van a estar con ellos cruzando calles con francotiradores, van a sentir su miedo, van a sentir a qué huele la sangre o lo que ven sus ojos", ha explicado.
La obra también pretende que se entienda que los corresponsales de guerra no son héroes. "Somos personas normales, pero también bastante cínicas en muchos sentidos. Trabajamos con el dolor ajeno", ha reconocido.
Su novela se sitúa principalmente en Alepo durante la ofensiva rebelde de 2012, cuando la ciudad quedó dividida entre la zona controlada por los rebeldes y la del régimen. "Había cerca de 300 bombardeos diarios. Se bombardeaba indiscriminadamente toda la ciudad. Frentes de combate, sí, pero sobre todo la retaguardia". Ha explicado que el objetivo era golpear a la población civil y quebrar su resistencia. "Había muertos en todos sitios. Ningún lugar de la ciudad era seguro", ha trasladado.
Entre las imágenes que conserva hay una con un médico que salió de un hospital para mostrar tres piernas amputadas, "una de un adulto y dos de niños", con el objetivo de que la prensa fotografiara el resultado de los bombardeos. "Pensaban que el poder de la prensa internacional podía conseguir que grandes potencias occidentales interviniesen. Obviamente, aquí no intervino absolutamente nadie". Pampliega hizo aquella fotografía y todavía la conserva. "Si un día de mañana alguien quiere juzgar a Bashar al-Assad por crímenes de guerra, la tiene a su disposición. Pero esa foto es impublicable".
Los periodistas acudían por las mañanas a los frentes de combate y por las tardes comprobaban las consecuencias sobre la población civil en los hospitales. "Todos los días, lo mismo y estos sí que son los verdaderos héroes de las guerras. No los periodistas ni el personal militar, sino los doctores, los enfermeros y toda la gente que trabaja en quirófanos", ha considerado.

"Cuando pensamos en bombardeos o en la guerra, creemos que se deja de lado a la población civil, cuando es todo lo contrario. El objetivo de las guerras es hacer daño, y cuanto más, mucho mejor, sobre todo en esta, donde había un machaque sistemático. De hecho, he visto más muertos en retaguardia que lo que es en frentes de combate", ha explicado. Y ha recordado que el objetivo de fotografíar ese horror es que, si no lo cuentan y documentan, no se entiende lo que está pasando. "Si no lo entienden, no les importa; si no les importa, no duele; si no duele, no hacen nada. Por eso es importante nuestro trabajo. Un trabajo en el que cada vez hay menos compañeros, porque obviamente es inviable", ha recriminado.
Pampliega recuerda calles que tenían que atravesar todos los días niños, mujeres, soldados, médicos o periodistas mientras los francotiradores vigilaban desde los edificios."El francotirador obviamente dispara a todo", ha apuntado. Para dificultar sus disparos, los vecinos comenzaron a colocar los toldos de las casas unos junto a otros a lo largo de las calles. "El libro empieza con esta escena", ha señalado Pampliega antes de mostrar un vídeo en el que él mismo cruza corriendo una calle mientras se escuchan disparos."Tuve suerte y llegué al otro lado". Pero aquella misma carrera formaba parte de la vida cotidiana de quienes vivían allí. "Todos los días", ha enfatizado.
El relato también entra en el momento en que la guerra empezó a cambiar para los periodistas extranjeros. Al principio tenían acceso a prácticamente todo. Después llegaron los secuestros. Pampliega recuerda a su compañero Roberto Fraile, herido por la explosión de una granada que iba a lanzar un soldado al que acompañaban, escena que Pampliega grabó en un vídeo que ha mostrado en la charla. "La metralla le había hecho un agujero bastante importante en la pierna izquierda" a su compañero. Lo llevaron al hospital, donde recibió 40 puntos de sutura, y al día siguiente fue trasladado a un centro hospitalario de Turquía.
En el hospital, cinco corresponsales de guerra se hicieron una fotografía. "Solamente uno sigue trabajando haciendo guerras. El resto ya no trabajamos en esto", entre ellos Roberto Fraile, que continuó cubriendo conflictos hasta que fue asesinado en Burkina Faso en 2021.
Pampliega llamó entonces a Lidia, la mujer de Roberto, para darle el pésame y preguntarle por sus hijos. La respuesta todavía le acompaña: "Claro que sabemos quién eres. Sois las personas que nos regalasteis a Roberto durante nueve años". "Este fue uno de los motivos por los que yo ya no cubro zonas de guerra. Porque cuando asesinaron a Roberto, en abril de 2021, mi niña tenía seis meses. Y dije: ni de coña. Que vengan otros detrás. Hay que saber también retirarse". "A ver -ha centrado-, que hago noticias de narcotráfico, o sea no entrevistar a Belén Esteban, pero por lo menos puedo llevar a mi niña todos los días al cole. Eso es impagable".

La aparición del yihadismo terminó de transformar el trabajo de los periodistas. Pampliega recuerda cómo los grupos extremistas comprendieron que la prensa internacional podía convertirse en un obstáculo y que ellos mismos podían difundir sus mensajes mediante las redes sociales. "Si hay periodistas extranjeros aquí y no queremos que estén, vamos a empezar a secuestrarlos. Y una vez que los tenemos secuestrados, vamos a jugar con ellos", ha expresado.
En ese contexto sitúa el asesinato de James Foley, uno de los corresponsales que forman parte de los "cowboys" a los que homenajea en su novela. El periodista estadounidense fue secuestrado en 2012 y asesinado en 2014. La imagen de su ejecución se difundió por internet y se convirtió en una herramienta de propaganda. "Es un mensaje muy potente: ahora vosotros sois los presos, nosotros los verdugos". Pampliega reconstruye su secuestro en la segunda parte de la novela, desde la ficción y como homenaje a Foley y a otros periodistas.
Pero si hay un aspecto en el que Pampliega quiere detenerse especialmente es en aquello que sucede cuando el periodista regresa a casa. "Nosotros tenemos problemas de estrés postraumático", ha afirmado y lamentado que no sea algo de lo que los compañeros hablen. "No somos superhéroes", ha remarcado. Y ha vuelto a la precariedad para explicar una contradicción difícil de sostener: "Si nuestros medios de comunicación nos pagaban 35 o 45 euros por crónica, se pueden imaginar lo que nos pagaba para que fuéramos a un psiquiatra. ¿Saben cuánto vale un psiquiatra en Madrid? 150 euros. Un psicólogo, entre 70 y 80 la hora. Si me pagan 35 por una pieza, ¿esto cómo se paga?".
Las consecuencias, afirma, terminan afectando también a las familias. "A mí la vida ya me ha dado varios toques, sobre todo saliendo de un secuestro y sobreviviendo también a un suicidio, y ahora me dedico a mi mujer y mi hija". Por eso Cowboys en el infierno quiere "poner las cartas sobre la mesa y hablar no solamente de periodismo, de guerra, de yihadismo, sino también de salud mental. De cómo nosotros tenemos una huella en la cabeza que no se cura porque nadie nos quiere curar", ha recriminado.
Pampliega cuenta que muchos de sus vídeos eran enviados sin editar a los medios. La respuesta que recibía era: "Antonio, esto está muy bien, pero mándame menos sangre, porque a los editores de vídeos les impacta". Pero "si a ellos les impacta, ¿a mí qué? ¿Cuántas veces me han dicho preguntado '¿cómo estás? ¿Estás bien?'. Nunca. Jamás. Nadie me ha preguntado cómo estás", ha remarcado.
Ahora lo tiene claro. "Lo siento por los sirios, los palestinos y los afganos, pero ahora mismo el valor que yo le doy a la vida es para mi mujer y para mi hija". Después de años entrando y saliendo de conflictos, de un secuestro y de las consecuencias que ha dejado aquel trabajo, su decisión pasa por estar cerca de ellas. Y por contar, desde otro lugar, lo que vio.