Asomarse a la figura de Santiago Ramón y Cajal no es solo estudiar al padre de la neurociencia; es internarse en un "universo infinito" donde la frontera entre el rigor del microscopio y la libertad del lienzo se desvanece por completo. Mucho antes de que el mundo celebrara su Nobel, hubo un niño en las tierras de Ayerbe y Jaca, un "rebelde nato" que buscaba la esencia de la realidad en la penumbra de una cámara oscura.
Resumen del acto celebrado en Ayerbe.
Esa mirada indómita, que se negaba a aceptar lo establecido, fue la que años más tarde le permitiría ver lo que otros ignoraban: la danza solitaria de las neuronas en la vasta selva del cerebro. Precisamente esa dimensión más humana, artística y científica del genio aragonés centró este viernes una de las actividades más especiales del XIX Festival Internacional de Cortometrajes Villa de Ayerbe, que reunió a más de 60 personas en la proyección del documental Ramón y Cajal: dibujos en la retina y en el coloquio posterior con su director, Luis Gómez Juanes, y el investigador Alberto Jiménez Schuhmacher.
La concejala del Ayuntamiento de Ayerbe, Marisa Latorre, fue la encargada de presentar el acto, al que también asistió el director del festival, Alejandro Salcedo. Tras la proyección, ambos protagonistas participaron en una conversación moderada por la periodista de EL DIARIO DE HUESCA, Myriam Martínez Iriarte, en la que desgranaron algunas de las claves de una película que conecta la figura del Nobel con la neurociencia actual y reivindica una personalidad mucho más compleja de lo que habitualmente muestran los libros de historia.
Cajal no fue, coincidieron ambos, un científico que simplemente sabía dibujar. Fue un creador cuya sensibilidad artística resultó decisiva para revolucionar el conocimiento del sistema nervioso. Sus ilustraciones no fueron un complemento estético de sus investigaciones, sino una herramienta imprescindible para comprender una realidad invisible cuando todavía no existían las tecnologías actuales.

Durante el coloquio, Alberto Jiménez Schuhmacher recordó que el joven Cajal sintió desde niño una pasión irrefrenable por el dibujo, hasta el punto de fabricar sus propias acuarelas raspando pigmentos de las paredes cuando su padre trataba de apartarlo de esa vocación. Aquella afición acabaría convirtiéndose en una de las grandes fortalezas de su carrera científica, ya que su extraordinaria capacidad para representar lo que observaba al microscopio permitió comprender la arquitectura del cerebro con una precisión desconocida hasta entonces.
La conversación también sirvió para desmontar la aparente separación entre arte y ciencia. El investigador explicó que ambos mundos comparten un mismo proceso creativo y recordó una reflexión muy repetida por la bioquímica Margarita Salas, según la cual quien posee talento e inspiración para ser artista también puede llegar a ser un gran científico. Esa conexión, señaló, ayuda a entender una personalidad tan poliédrica como la de Ramón y Cajal.
Luis Gómez Juanes situó precisamente esa unión entre disciplinas en el corazón del documental. Según explicó, cuanto más profundizaba en la vida del Nobel más descubría un personaje imposible de abordar desde un único punto de vista. Su intención no era realizar una biografía convencional, sino mostrar la enorme riqueza de un hombre que convirtió la curiosidad en el motor de toda su existencia.

Uno de los episodios que más interés despertó entre el público fue el relacionado con la infancia de Cajal en Ayerbe. El director recordó que fue allí donde el futuro científico descubrió por sí mismo el principio de la cámara oscura al observar cómo un haz de luz proyectaba una imagen invertida sobre una pared. Aquella experiencia, explicó, marcó el inicio de una obsesión por las imágenes que terminaría acompañándolo durante toda su vida. "Era un rebelde nato", afirmó Gómez Juanes, quien considera que esa rebeldía no solo se manifestó en sus travesuras infantiles, sino también en su forma de pensar y cuestionar las teorías aceptadas de su tiempo.
El cineasta también desveló algunos detalles del largo proceso de creación de la película. Explicó que el mayor desafío consistió en construir una narración coral sin recurrir a una voz en off, articulando las intervenciones de científicos, historiadores y especialistas hasta formar un relato coherente. Detrás de los 97 minutos de metraje, señaló, hubo años de documentación, escritura y montaje para encontrar el equilibrio entre el rigor científico y la emoción cinematográfica.
Jiménez Schuhmacher destacó precisamente ese trabajo de montaje, al considerar que consigue que las intervenciones de los diferentes expertos fluyan como si mantuvieran una única conversación. Esa estructura, apuntó, permite que el espectador se acerque a la figura de Cajal de forma natural y descubra facetas menos conocidas de su personalidad.
La conversación avanzó después hacia el legado del Nobel y la necesidad de seguir acercándolo a la sociedad. En ese sentido, el investigador explicó que el proyecto del futuro Museo Cajal atraviesa uno de sus momentos más esperanzadores. Según indicó, la intención es que el futuro centro funcione como un espacio de referencia conectado con otras sedes e instituciones dedicadas a divulgar la figura del científico, favoreciendo además la circulación de materiales expositivos y nuevas actividades de divulgación.

El coloquio también permitió recordar una de las frases más célebres de Ramón y Cajal, aquella en la que sostenía que "todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro". Para Jiménez Schuhmacher, ese pensamiento continúa plenamente vigente porque resume la filosofía vital de un hombre que atribuía sus logros mucho más al trabajo constante y a la perseverancia que a un talento extraordinario.
Antes de concluir, Luis Gómez Juanes confesó que la presentación en Ayerbe tenía un significado especial para él. El director reconoció que siempre había deseado proyectar la película en la localidad donde comenzó buena parte de la aventura intelectual de Cajal y escuchar las impresiones de quienes mejor conocen los escenarios de su infancia.
La clausura del encuentro llegó entre los aplausos del público y con una invitación a seguir descubriendo la figura de un hombre cuya influencia trasciende la ciencia. Porque, como quedó patente durante toda la velada, Ramón y Cajal no solo transformó la manera de entender el cerebro. También demostró que el conocimiento nace allí donde la curiosidad, la imaginación y el trabajo son capaces de caminar de la mano.