Ricardo Constante salió al escenario de la Fundación Ibercaja Huesca y, antes de que la primera canción terminara de dibujar la noche, ya había colocado al público ante una de esas historias que solo funcionan cuando quien las cuenta cree de verdad en ellas. Pasaba por aquí, de Luis Eduardo Aute, abrió Verso y Canto, un concierto de Cascoviejo en el que las canciones fueron llegando acompañadas de palabras, recuerdos personales y pequeñas historias que explicaban por qué estaban allí.
La banda actuó el viernes en la Fundación Ibercaja, en un salón de actos prácticamente lleno. Sonço también otra de Aute, Giraluna, y Ricardo Constante se detuvo en ese personaje que no sigue necesariamente al resto, que busca su propio camino aunque eso signifique quedarse fuera de la corriente. Habló de quienes alguna vez han sentido que piensan de otra manera, de esa extrañeza que puede acompañar a quien no termina de reconocerse en lo que hacen los demás. La diferencia entendida como una forma de ser.
Con Opiniones de un payaso, de Manolo Tena, el concierto adquirió otro tono. La canción habla de esa sensación de que la propia voz cuenta poco y Ricardo encontró en ella una puerta para recordar a quienes ya no pueden tocar con ellos. Habló de José Luis Ochoa, compañero de los primeros tiempos de Cascoviejo, y de aquella nariz roja que llevaba siempre consigo y que se ponía en cualquier sitio, también durante su enfermedad.

También estuvieron presentes Carlos Ochoa y Josué Cobo, vinculados a la trayectoria del grupo y fallecidos en los últimos años. Ricardo recordó especialmente a Carlos sentado con su violín y explicó que quería dedicarles la canción desde un lugar distinto al de la tristeza. "Va por ellos de una manera alegre", dijo. Y la música hizo el resto.
El repertorio continuó incorporando canciones de otros autores y composiciones propias de los trabajos que el músico había realizado como Constante y Sonante. Entre ellas apareció Jorge Drexler, dentro de ese recorrido que no pretende establecer demasiadas fronteras entre lo escrito por otros y lo creado por quienes ahora forman Cascoviejo. Las canciones se sucedían y para cada ua de ellas encontraba para cada una una razón, una imagen o una historia.
La idea del viaje apareció después ligada a Ítaca. Defendió la importancia de recorrer el camino sin convertir la llegada en la única recompensa, de aceptar las dificultades y de aprender a convivir con aquello que no tiene solución. "Importante es el camino y no la meta", afirmó. La frase encajaba con el espíritu de un concierto que avanzaba precisamente así, de una canción a otra, sin necesidad de correr hacia un destino.
Con Manu Chao llegó Clandestino y con ella cambió la perspectiva. Ricardo Constante habló de quienes abandonan su tierra, de quienes arriesgan la vida buscando un lugar donde vivir y de una vulnerabilidad que no entiende de fronteras.
Más adelante apareció Manolo Tena con A ninguna parte, después de una introducción relacionada con La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. El paisaje era ahora otro: la soledad, la desaparición de los rostros queridos, el paso del tiempo y esa sensación de seguir avanzando cuando ya no se sabe muy bien hacia dónde.
También hubo lugar para José Antonio Labordeta y Ya ves. Explicó que la canción llevaba escrita alrededor de treinta años y que habían decidido recuperarla ahora. Las palabras sobre la guerra, las banderas y el sufrimiento adquirieron una resonancia especialmente intensa. Una canción antigua volvía a mirar el presente, sin necesidad de cambiar una sola palabra.
En otro momento, el músico describió las cabinas telefónicas como lugares en los que durante años se habían concentrado llamadas importantes: noticias, rupturas, celebraciones, aprobados, urgencias. Había que encontrar una moneda, esperar turno y escuchar aquel tintineo metálico mientras la conversación avanzaba con un tiempo que hoy parece casi imposible.
Aquellas cabinas fueron, en su relato, pequeños escenarios de la vida cotidiana. La comparación con el presente surgió de manera natural: ahora la comunicación es inmediata y permanente, llena de mensajes, memes y conexiones sin cables. Entonces había que buscar una cabina. Y esperar.
En el escenario, Carlos Montull tocó la guitarra acústica; Fernando Lozano, la batería; Alfredo Callén, el bajo; y Manuel Franco, el piano y el acordeón. Ricardo Constante asumió la voz y la conducción de un espectáculo que fue creciendo a partir de canciones conocidas, composiciones propias y relatos personales.
Quizá por eso Verso y Canto funcionó mejor cuando dejó que las canciones respiraran y que Ricardo se apartara un instante de ellas para contar qué había detrás. No era necesario explicar demasiado: bastaba una nariz roja, un violín, una cabina telefónica, un viaje hacia Ítaca o una canción escrita treinta años atrás para que el concierto encontrara su propio hilo. Y cuando llegó la última nota, algunas de esas historias todavía seguían ahí, flotando.