El carnaval de 1863 y la máscara de doble faz

De la paliza que le dio su padre, que casi lo deja medio muerto, se habló en Huesca durante muchos años y  casi cien años después todavía quedaba el recuerdo de la paliza recibida del padre y del hijo

Cronista de la Comarca de La Hoya de Huesca. Académico de la Real de San Luis
12 de Febrero de 2026
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La máscara de doble faz en el Carnaval de 1863 en Huesca.
La máscara de doble faz en el Carnaval de 1863 en Huesca.

Hasta casi los años 50 del pasado siglo era un dicho o llamada de atención en la ciudad de Huesca el escuchar a un progenitor avisar a su hijo con  aquello de….¡Mira quen llebaras mas palos co fillo de mascaruta!. Y con este mensaje, se frenaba todo intento de trastada o desobediencia de cualquier infante travieso capaz de hacer cualquier cosa, porque quizá nos invadía un fuerte temor al no conocer al tal mascaruta ni saber porque había llevado tantos palos su hijo.

El origen de todo se retrae a los carnavales oscenses de 1863 celebrados entre el 18 y 23 de febrero, jornadas animadas de bailes y comilonas ante la próxima Cuaresma. Fue ese año cuando un zapatero conocido de la ciudad y con gran sentido del humor decidió hacerse una doble careta con papeles engomados a modo de cabezudo, creando dos caras, una cara de vieja  mujer, y la otra inversa de monstruo grotesco de cuernos y verrugas que lo convertían en algo espantoso.

Llegado el momento, se disfrazó poniéndose sobre sus pantalones una bata de percal negro con flores. Así, vestido de ambos sexos, se colocó la descomunal cabeza de cartón con dos caras y se dirigió al baile que se celebraba en la plaza de toros de San Juan, donde obtuvo un éxito grande y algunas y algunos no dudaron en bailar con la mascaruta de la que desconocían si era hombre o mujer. Cierto es que parece ser que le fueron lanzados algunos proyectiles, pero no pasaron de hortalizas y algún naranjazo. A la salida se fue al teatro, pero allí, entre manotazos y bastonazos en la cabeza de doble “jeta”, no le quedó mas remedio que salir enseguida a la calle.

La mascaruta se encontró en la calle con un ejército de chicos. Desplegados con la más refinada táctica, se hicieron cargo de la máscara rodeándola sin dejarla casi andar mientras lo zurraban con saña. Horroroso debió de ser el calvario que sufrió el zapatero bajo la máscara y trató de alcanzar coso abajo la calle de San Martin, donde la pedrea se hizo más cerrada y furiosa. Allí, los chicos, capitaneados por un denodado chaval de 14 años, que entonces ya no iban a por la sesera el cabezón. Se dirigían todos flechados a la boca para dar de lleno en el interior. En estas condiciones, como pudo y entre palos y piedras, llegó a su casa el pobre zapatero, y, aturdido y verdaderamente casi medio muerto, no pudo ni contestar a su mujer cuando le preguntaba qué tal lo había pasado. Sus manos y dedos solamente iban a su cabeza, a la suya, claro está, mostrando numerosos bollos y chichones.

Afuera en la calle de San Martín seguía el griterío y los chavales bien municionados esperando esperando la salida de la mascaruta. El jefe o caudillo de aquella turba, el de 14 años, dijo a los otros: ¡Anda, si se ha metido en mi casa! Y a su casa subió el caudillo de aquella turba.

Cuando el cabezudo, es decir, el mascaruta, que era su padre, se lo echó a la cara, ya estaba con el tirapié en alto. Y de la paliza que le dio su padre, que casi lo deja medio muerto, se habló en Huesca durante muchos años y  casi cien años después todavía quedaba el recuerdo de la paliza recibida del padre y del hijo.

 

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