El extraordinario viaje de Elena Gómez Zazurca con el eterno Gilgamesh

La compañía de la oscense presenta en la Feria de Huesca una delicada propuesta de barro, humor y juego sobre la amistad, la pérdida y el deseo de vencer a la muerte

28 de Septiembre de 2026
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Presentación de Gilgamesh en la 40 Feria de Teatro y Danza de Huesca. Foto Myriam Martínez
Presentación de Gilgamesh en la 40 Feria de Teatro y Danza de Huesca. Foto Myriam Martínez

Hay algo hermoso en que una historia de más de cuatro mil años pueda volver a nacer entre las manos de una actriz. No hace falta una gran escenografía para levantar Uruk, atravesar el mar de la muerte, buscar la flor de la juventud o acompañar a un hombre que, después de perder a su amigo, emprende el viaje más difícil: descubrir qué significa estar vivo.

Eso es lo que consigue Elena Gómez Zazurca en Gilgamesh, la propuesta de Zazurca Artes Escénicas que se ha presentado este lunes por la mañana ante programadores y gestores culturales en el espacio profesional de la 40 Feria Internacional de Teatro y Danza de Huesca. El programa de la Feria la presenta como Gilgamesh (la historia más antigua del mundo), una pieza de 50 minutos que cabe, aparentemente, en una mesa. Pero solo aparentemente.

Porque esa mesa es también un pequeño taller, un paisaje, una ciudad, un barco, un refugio y, sobre todo, el lugar desde el que Elena va haciendo aparecer el relato. Situada en el centro de una especie de torno de alfarero, gira y transforma el espacio mientras construye los diferentes escenarios de la historia. Barro, telas, objetos, pequeñas figuras y elementos cotidianos van encontrando su sitio. Nada está definitivamente colocado porque todo puede cambiar en cualquier momento.

La imagen tiene además una fuerza especial: Gilgamesh nació escrito sobre tablillas de barro y aquí el barro vuelve a ser materia teatral. La historia más antigua no llega al presente revestida de solemnidad, sino convertida en juego. Elena toca, mueve, modela, cambia de voz y se transforma delante del público. Hace aparecer personajes y situaciones con una naturalidad que consigue que el artificio deje de ser visible.

Y ahí está buena parte del encanto de la propuesta. Una sola actriz sostiene un mundo entero sin dar nunca la sensación de estar demostrando que puede hacerlo. Gilgamesh, Enkidu, los dioses, la tabernera, Utanapishtim y los demás personajes van entrando y saliendo de ese espacio mínimo. Cada voz tiene su carácter y cada transformación llega integrada en el relato, sin romper su fluidez.

La historia comienza en la Tierra y en el origen de la civilización, en Uruk, donde Gilgamesh gobierna como un rey arrogante que todavía no sabe relacionarse con los demás. Su encuentro con Enkidu cambia el rumbo de su vida y la muerte de su amigo desencadena la búsqueda que ocupa el corazón del espectáculo: el deseo de escapar de la muerte y encontrar el secreto de la inmortalidad.

Pero Gilgamesh no se queda en la solemnidad de una epopeya antigua. La obra se permite reír, jugar y acercarse al público con una libertad extraordinaria. El humor aparece en los personajes, en las voces, en los cambios de registro y en esos pequeños desajustes entre un relato milenario y una manera de hablar perfectamente reconocible para quien está sentado enfrente.

La propuesta puede pasar de la risa al miedo sin brusquedad. También del juego al dolor. La muerte está siempre presente, pero no convierte la función en una pieza oscura. Al contrario, la amistad, el valor, la perseverancia y el cuidado de los otros van ganando espacio a medida que Gilgamesh avanza en su viaje.

El público forma parte de ese recorrido. La representación tiene algo de juego colectivo, de historia que se va construyendo entre quien cuenta y quienes escuchan. Elena utiliza los elementos que tiene delante para hacer visible aquello que el texto narra y consigue que lugares tan remotos como Uruk o el mar de la muerte estén al alcance de la imaginación.

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Uno de los momentos más delicados llega cuando Gilgamesh se enfrenta a la posibilidad de no poder vencer al sueño. Después vendrá su encuentro con Utanapishtim, la búsqueda de la flor de la juventud y la aparición de la serpiente. El relato avanza hacia aquello que Gilgamesh no quería aceptar desde el principio: que la vida tiene un límite y que ninguna victoria puede consistir en escapar de esa condición.

La obra no necesita subrayar el aprendizaje de Gilgamesh. Su viaje deja que aparezcan, sin artificio, preguntas sobre la pérdida, el amor y el deseo de permanecer, mientras el personaje comprende que la respuesta no estaba en escapar de su destino.

El desenlace mantiene esa sencillez y deja que el juego escénico haga el resto. La materia, los objetos y las transformaciones de Elena sostienen un relato que, pese a su antigüedad, conserva una cercanía inmediata. La epopeya termina así convertida en una experiencia cálida y viva, capaz de acercar al público una historia milenaria sin apartarla de su condición humana. Y la machacona y tierna canción de Gilgamesh acompaña durante muchas horas el delicioso sabor que ha dejado esta pieza escénica.