Las ciudades, los paisajes y los nombres de los lugares rara vez son simples escenarios en la obra de Manuel Vilas. Constituyen refugios emocionales, territorios donde la memoria encuentra cobijo y espacios desde los que la literatura intenta responder a algunas de las grandes preguntas de la existencia. Con esa idea como punto de partida, el profesor José Domingo Dueñas ha presentado este domingo en la 42.ª Feria del Libro de Huesca la novela Islandia, una obra que indaga en el amor, la pérdida, el paso del tiempo y la posibilidad de seguir adelante cuando una vida compartida llega a su fin.
Antes de dar la palabra al escritor, Dueñas ha recorrido una trayectoria que ha convertido a Vilas en una de las voces más influyentes de la literatura española contemporánea. Ha recordado sus principales reconocimientos poéticos, la extraordinaria repercusión internacional de Ordesa, elegida mejor libro extranjero en Francia y traducida a más de veinte idiomas, el éxito de Alegría, finalista del Premio Planeta, y la obtención del Premio Nadal con Nosotros. También ha subrayado una constante que atraviesa toda su producción: la importancia de los lugares.
En la obra de Vilas, los topónimos poseen una dimensión sentimental que trasciende la geografía. Barbastro, ciudad natal del escritor, aparece de una u otra forma en numerosos textos; Ordesa remite a la infancia y a la memoria familiar; e Islandia se convierte ahora en mucho más que un país del Atlántico Norte. "La literatura no es para él un divertimento ni siquiera una profesión; es una manera de vivir", ha señalado Dueñas al explicar cómo la escritura constituye para el autor una herramienta para comprenderse a sí mismo y enfrentarse a las pérdidas.

La acogida de la novela ha sido otro de los aspectos destacados durante la presentación. Publicada el pasado febrero, Islandia ha alcanzado ya su tercera edición y ha iniciado su recorrido internacional con una reciente traducción al italiano, presentada hace apenas unos días en Turín. Para Dueñas, buena parte de ese éxito reside en la capacidad del libro para convertir una experiencia íntima en una historia universal.
La novela arranca con una frase capaz de alterar una vida entera. Ada, la protagonista femenina, llama por teléfono a su marido y pronuncia unas palabras que desencadenan un auténtico terremoto emocional: "Ya no estoy enamorada de ti". A partir de ese instante, el narrador inicia una búsqueda destinada a comprender qué ha ocurrido durante los once años de matrimonio para llegar a ese desenlace.
"Todo el mundo tiene una relación con esa frase", ha afirmado Vilas. Durante la conversación ha distinguido entre las dos grandes expresiones del desamor. La primera sería "Tenemos que hablar", una fórmula que todavía deja abierta la posibilidad de la duda. La segunda, en cambio, implica una resolución ya adoptada. Esa certeza constituye el verdadero punto de partida de la novela.
Aunque el argumento se articula alrededor de una separación, el escritor ha defendido que la obra posee también una dimensión cercana a la investigación. El protagonista trata de reconstruir los acontecimientos que condujeron al final de la relación, examina recuerdos, conversaciones y silencios, y busca respuestas allí donde parecía haber únicamente certezas. "Tiene algo de literatura policíaca", ha comentado. No se trata de descubrir un crimen, sino de averiguar por qué una historia de amor termina transformándose en otra cosa.

La ruptura se produce, además, en un momento especialmente significativo. El matrimonio acababa de pagar un costoso crucero por Islandia con el que pretendían hacerse un regalo. Apenas veinticuatro horas después de formalizar el viaje, llega la llamada que cambia por completo el rumbo de sus vidas.
De aquel contraste entre la ilusión y el derrumbe emocional surge incluso una de las vetas humorísticas de la novela. El protagonista, devastado por la noticia, se formula una pregunta tan práctica como absurda: qué hacer ahora con el crucero recién pagado. A partir de ahí comienza una reflexión que mezcla dolor, desconcierto e ironía, una combinación que ha sorprendido incluso al propio autor.
Vilas ha reconocido que no era plenamente consciente de la comicidad presente en algunos pasajes hasta que comenzaron a señalársela los lectores. Ya le ocurrió con Ordesa. Mientras escribía estaba concentrado en perseguir una verdad humana, no en decidir si aquella verdad era trágica o humorística.
Uno de los asuntos más interesantes abordados durante la presentación ha sido la relación entre realidad y ficción. El escritor ha explicado que necesita conocer profundamente aquello que narra para poder escribirlo con convicción. "Primero me la tengo que creer yo con absoluta fe y contundencia", ha afirmado. Por eso, ha reconocido que la novela nace de una experiencia cercana, aunque ha rechazado cualquier lectura simplista sobre el carácter autobiográfico del relato.
A su juicio, toda narración incorpora inevitablemente un punto de vista y, desde ese instante, deja de ser una reproducción exacta de la realidad. "No somos notarios", ha señalado. Para Vilas, la literatura trabaja con materiales reconocibles, pero los transforma constantemente.
Un lector se interesó por si la novela era realmente autobiográfica y Vilas respondió devolviendo la pregunta. Para él, una de las grandezas de la ficción reside precisamente en esa capacidad para mantener abiertas las fronteras entre la experiencia, la imaginación y la creación artística.
La rapidez con la que fue escrita la obra también ha llamado la atención de los lectores. Vilas ha explicado que necesitaba contar esa historia desde la proximidad emocional a los hechos. "Si no lo hacía en ese momento, ya no existiría esta novela", ha asegurado. Con el paso de los meses, ha dicho, el sufrimiento pierde intensidad y la mirada cambia. Para capturar la verdad de aquel instante era necesario escribir prácticamente "a pie de obra", acompañando al personaje en los primeros momentos del duelo.
Esa experiencia de pérdida conecta inevitablemente con otros libros de su trayectoria. Si Ordesa era una novela sobre el duelo provocado por la muerte de los padres, Islandia aborda la desaparición de una forma de amor. Sin embargo, lejos de quedarse en la herida, la narración avanza hacia otro territorio.
El significado profundo del título ocupa un lugar central en esa evolución. Finalmente, los protagonistas realizan el crucero que habían contratado antes de la ruptura, aunque ya no lo hacen como matrimonio. Emprenden el viaje como amigos. Para Vilas, ahí reside una de las ideas fundamentales de la novela. "El amor ni se crea ni se destruye, sino que se transforma", ha resumido, adaptando al terreno sentimental una célebre formulación científica.
El viaje a Islandia simboliza precisamente ese tránsito. Los personajes abandonan una forma de relación y se adentran en otra completamente distinta. "Van a un país nuevo", ha explicado, un lugar que es geográfico, pero también simbólico.

La naturaleza desempeña además un papel esencial. Igual que ocurría en Ordesa, el paisaje deja de ser un simple decorado para convertirse en una fuerza capaz de actuar sobre quienes lo contemplan. Vilas ha defendido que la belleza profunda de determinados espacios ayuda a los seres humanos a seguir viviendo. La inmensidad de los glaciares, la fuerza de los volcanes y la singularidad del paisaje islandés funcionan como un recordatorio de que existe algo más grande que el sufrimiento individual.
La novela plantea también una reflexión sobre la manera en que terminan las relaciones. Frente a los divorcios dominados por el resentimiento, Vilas ha defendido la posibilidad de una separación basada en el respeto mutuo. Ha recordado incluso la observación de una lectora que le hizo replantearse muchas cosas: "Si ha habido amor de verdad, pasar al odio no parece natural". Una idea que atraviesa toda la obra y que explica el camino emprendido por sus protagonistas.
"Los seres humanos somos tiempo", ha proseguido, y por ello, lo que inicialmente parece una losa insoportable termina perdiendo parte de su peso. Las heridas no desaparecen, pero se transforman. El dolor se acomoda, pierde filo y deja espacio para nuevas formas de comprender la vida.
Para Vilas, el verdadero valor de un libro no reside en la técnica ni en los recursos narrativos empleados. "Solo hay dos clases de novelas: las que te emocionan y te tocan el corazón y las que no te dicen nada", ha asegurado. Todo lo demás resulta secundario.
La presentación ha concluido con una anécdota que resume perfectamente la relación que muchos lectores están estableciendo con el libro. Durante una firma reciente, una mujer que atravesaba un proceso de divorcio le mostró un ejemplar y le preguntó con absoluta seriedad: "¿Leer esto me hará bien o me hará mal?". El escritor asumió por un instante una responsabilidad inesperada y respondió con humor: "Lea el primer capítulo. Si no le hace mal, siga. Y si le hace mal, interrumpimos el tratamiento".
Islandia es una novela nacida de una pérdida, pero escrita para sostener que incluso después de las despedidas más difíciles siguen existiendo caminos hacia la comprensión, la amistad y la esperanza.