La 42.ª Feria del Libro de Huesca viajó este sábado hasta la Sevilla del siglo XVII de la mano de Óscar Soto, que presentó El ángel y la muerte, la novela con la que obtuvo el último Premio Ateneo de Sevilla. Acompañado por la escritora Angélica Morales, el autor riojano desgranó las claves de una obra que fusiona el suspense del thriller con una minuciosa reconstrucción histórica de una ciudad marcada por el esplendor, las contradicciones y los secretos.
Antes de adentrarse en la novela, Soto confesó su entusiasmo por participar en una cita que le habían descrito como la más antigua de Aragón. El escritor elogió además el escenario que acoge estos días el certamen. “Cuando la ves en Google Maps es chula, pero cuando estás aquí es una maravilla”, afirmó al referirse a la plaza López Allué.
La historia se desarrolla en una Sevilla que todavía intenta recuperarse de la devastadora epidemia de peste que había golpeado la ciudad años atrás. En aquel puerto abierto al mundo, por el que circulaban mercancías, fortunas y viajeros procedentes de las Indias, comienza a actuar un asesino en serie cuyos crímenes siembran el miedo entre la población.
Al frente de la investigación se sitúa fray Diego de Luna, un franciscano que regresa desde América después de años de ausencia. El religioso vuelve aparentemente por una misión concreta, aunque pronto se percibe que arrastra heridas y asuntos pendientes que van aflorando a medida que avanza la trama. Soto evitó desvelar demasiados detalles de la historia para preservar algunos de sus principales giros narrativos.

Junto a él aparece Rafaelillo de Camas, un muchacho acostumbrado a sobrevivir en las calles sevillanas gracias a pequeños hurtos y a una astucia forjada en la necesidad. El escritor explicó que el personaje terminó adquiriendo una relevancia mucho mayor de la prevista inicialmente. De su relación con el fraile surgió una de las líneas argumentales que más aprecia. “Es la relación entre un padre que no tiene un hijo y un hijo que no tiene un padre”, resumió.
Durante la conversación con Angélica Morales, Soto también reveló cómo nació la novela. La idea surgió mientras revisaba una libreta donde acostumbra a anotar argumentos, personajes y posibles proyectos. Entre aquellas páginas encontró una frase escrita tiempo atrás: “Sevilla, siglo XVII, asesino en serie y Bartolomé Esteban Murillo”. Aquel ramillete de elementos fue suficiente para poner en marcha la historia.
El autor destacó igualmente el trabajo de documentación que sostiene la obra. Aunque conocía la capital andaluza como visitante, la reconstrucción histórica exigió meses de investigación a través de bibliografía especializada, archivos digitales y consultas a historiadores conocedores de la época. También recurrió a los fondos del Archivo General de Indias para completar algunos aspectos del relato. “Todo lo que aparece es verídico”, aseguró.
Sin embargo, defendió que la documentación nunca debe imponerse a la narración. “Cuando nos compramos una novela histórica no compramos un ensayo”, observó. A su juicio, el rigor resulta imprescindible, pero siempre al servicio de la historia. “Tiene que entretener, divertir y hacerte olvidar un poco tu vida”, recalcó.
Uno de los elementos que más le atrajeron durante el proceso de escritura fue la existencia de una Sevilla oculta bajo la ciudad visible. Soto refirió que imaginaba constantemente el perfil de la urbe reflejado en el Guadalquivir como si existiera invertida bajo la superficie. Esa imagen le condujo hacia un escenario poblado por pasadizos, baños árabes, restos romanos y espacios enterrados que aportan una dimensión especialmente sugerente al thriller. “Me parecía muy interesante para una historia oscura”.

La conversación también permitió conocer la intrahistoria del premio que distingue la novela. Soto recordó que, al descubrir la lista de autores galardonados en anteriores ediciones, sintió una mezcla de orgullo e incredulidad. “Cuando vi que lo habían ganado Juan Marsé, Carmen Conde o Caballero Bonald, pensé que ya había cumplido una meta en la literatura”, confesó.
La noticia llegó además de forma inesperada. Después de presentar el manuscrito meses antes, prácticamente se había olvidado del certamen. “Me dijeron: le llamo del Ateneo de Sevilla porque ha ganado el premio. Y yo respondí: pero ¿cómo voy a ganar si se entrega mañana?”, recordó entre risas. Al día siguiente viajaba a la capital andaluza para asistir a una ceremonia celebrada en los Reales Alcázares, donde comprobó el celo con el que la organización protege el secreto del fallo hasta el anuncio oficial.
A lo largo del encuentro, Soto también reivindicó el cuidado del lenguaje como una parte esencial de su trabajo. Admitió que nunca ha temido enfrentarse a la página en blanco, pero sí quedarse atrapado en una frase que no encuentra el ritmo adecuado. “Me puedo tirar tres días hasta dar con lo que quiero”, aseguró. Para él, la literatura no depende únicamente de lo que se cuenta, sino también de cómo se cuenta.
Quizá por eso, cuando se le preguntó qué encontrarán los lectores en El ángel y la muerte, no habló únicamente de asesinatos, misterios o conspiraciones, y subrayó que “está escrita por un gran lector”. Su objetivo, explicó, consiste en ofrecer al público la clase de novela que a él mismo le gustaría encontrar en una librería: una historia capaz de sorprender, emocionar y mantener viva la curiosidad hasta la última página.