Pocas formaciones han construido con Huesca un vínculo tan profundo como la Ronda de Boltaña. No se explica únicamente por composiciones como Días de albahaca, convertida desde hace años en patrimonio sentimental de la ciudad, sino por una manera de entender la creación artística como un diálogo permanente con la tierra. El concierto del Teatro Olimpia celebrado este jueves volvió a confirmarlo. Más que un repertorio, el grupo ofreció una declaración de amor a Aragón y a quienes siguen sosteniendo la vida en sus pueblos. Cuando cayó el telón, las 630 personas que habían llenado la sala se marchaban con mucho más que un puñado de melodías conocidas.
El estreno en solitario de la formación en el emblemático espacio, como había anunciado Ignacio Pardinilla en una entrevista para este periódico, tenía un evidente valor simbólico, pero el interés del concierto fue mucho más allá del escenario. La Ronda confirmó que sigue siendo uno de los pocos grupos capaces de ampliar su propio universo creativo sin romper con él. Hizo vibrar la auditorio con un repertorio plagado de himnos, al que añadió en esta ocasión dos composiciones recién salidas del horno.
Sonaron Días de albahaca, inseparable ya de Huesca; Una huella en la nieve, que reivindica un Pirineo habitado y no reducido a un paisaje; Paseando otra escuela, convertida en una defensa de la lengua aragonesa; En tu nombre, donde la identidad de Aragón se aleja deliberadamente de los tópicos; Aquí, un alegato contra la despoblación; La tumba de la golondrina, dedicada a quienes tuvieron que abandonar sus pueblos; La bella desconocida, Clamar en el desierto, La tronada, Mermelada de moras, Manifiesto de invierno, Habanera triste, País perdido, La casa caída o Un pasodoble entre las ruinas y muchas más, además de los estrenos Deirdre de las Peñas y Que turment ni Inquisición no sian en Aragón, que encajaron con absoluta naturalidad dentro de un repertorio construido durante más de tres décadas.
Si algo distingue a la Ronda de Boltaña de otras formaciones de raíz es su manera de construir el concierto. Las presentaciones de Manuel Domínguez constituyen una parte inseparable de la obra. Cada una aporta el contexto histórico, social o humano necesario para comprender la composición siguiente, de manera que el repertorio acaba funcionando como un único relato articulado en torno a una misma idea: el territorio no se explica por la geografía, sino por las personas que lo habitan.
Así ocurrió cuando introdujo Una huella en la nieve recordando que las montañas son mucho más que bosques o cumbres porque también están hechas de cultura, de pueblos y de quienes siguen viviendo en ellos. La misma lógica apareció antes de Paseando otra escuela, donde defendió el aragonés como una lengua viva que continúa nombrando el paisaje, o antes de En tu nombre, una invitación a mirar Aragón desde la diversidad de sus comarcas y no desde los estereotipos que tradicionalmente lo han representado.
Uno de los momentos más interesantes llegó con Deirdre de las Peñas. La nueva composición no idealiza el fenómeno de los neorrurales ni presenta la montaña como un refugio romántico. Habla de quienes llegaron buscando otra manera de vivir y terminaron formando parte de esas comarcas. El mensaje conecta con una de las ideas que atraviesan buena parte del concierto: un territorio permanece vivo cuando es capaz de acoger a quienes quieren construir allí su futuro.
Todavía más singular resulta Que turment ni Inquisición no sian en Aragón. Pocas veces una canción popular nace de un episodio del derecho medieval. La Ronda recupera la decisión adoptada en las Cortes de Zaragoza de prohibir la tortura judicial para reivindicar una tradición jurídica avanzada a su tiempo. No se trata de una lección de historia cantada, sino de una reflexión sobre la libertad que encuentra en el pasado una inesperada vigencia.
El concierto también confirmó que el grupo sigue abordando cuestiones plenamente actuales sin abandonar su lenguaje. La igualdad apareció a través de la metáfora de las cariátides que sostienen los edificios; la emigración histórica de los aragoneses sirvió para hablar de quienes hoy llegan desde otros países; Clamar en el desierto trasladó al escenario la preocupación por el cambio climático; Manifiesto de invierno recuperó la defensa del Pirineo y del agua, mientras Habanera triste volvió a convertir la memoria de Jánovas en una de las imágenes más conmovedoras de la noche.
No hizo falta recurrir a artificios escénicos ni a una gran producción para mantener la atención del público. Bastó un repertorio sólido, interpretado con la naturalidad que da la experiencia, y una sucesión de presentaciones que invitaron a escuchar cada canción desde una perspectiva distinta. Esa combinación explica, en buena medida, por qué la Ronda continúa convocando a varias generaciones de espectadores y por qué sus nuevas composiciones encuentran sitio junto a las ya clásicas sin parecer piezas ajenas.
Después de más de tres décadas, la Ronda sigue demostrando que todavía quedan canciones capaces de explicar un país mejor que muchos discursos. Y pocas ciudades han sabido hacerlas tan suyas como Huesca.