El Taller Municipal de Danza Contemporánea subió este pasado miércoles al escenario de la XXXIV Muestra de Teatro y Danza Joven de Huesca con Tiempo ajeno, una creación de Nuria Bolea Til que plantea una reflexión sobre la presión de los ritmos impuestos por la sociedad y la necesidad de recuperar la propia identidad frente a las exigencias externas.
La obra se resume en ese “hombrecillo gris” que, de una forma u otra, acompaña a todos. “El hombrecillo gris hace alusión a todo eso que nos pesa en el día a día, que casi siempre no nos deja ser lo que queremos ser de verdad, todo ese peso extra que arrastramos. Se trata de poner atención sobre ello y darnos cuenta de que está para tener herramientas para salir”, explica la directora del taller y autora de la pieza, Nuria Bolea.
Desde ahí, Tiempo ajeno construye un relato físico, apoyado en el lenguaje del cuerpo. “Es un trabajo muy visual. Se trabaja mucho con las emociones, con las expresiones, en definitiva, con el cuerpo, para intentar contar esta historia”. Sobre el escenario, las intérpretes llevan una chaqueta que simboliza ese peso, "el hermetismo, todo lo que incomoda para ser el hombrecillo gris”.
La evolución de la pieza conduce a un gesto liberador, porque “al final se la quitarán y el final es muy etéreo, muy suave, es poner un poco de luz”. En la obra, emerge también la identidad de cada bailarina. “No he querido quitar la personalidad de cada una, se ve cómo son -explica Bailo-. Es una coreografía muy lineal, pero al final cada una la lleva a su lugar. Ese era también ese objetivo, que al final se sientan ellas sin esa presión, sin ese peso y que la desarrollen, que se encuentran no en un traje impuesto, sino que dentro de una coreografía puedan desarrollar su movimiento propio”.
El proceso creativo ha estado muy vinculado al trabajo de taller y, "conforme íbamos encontrando ideas o sobre todo calidades de movimiento, hemos ido integrándolos en la coreografía”, señala. Aun así, reconoce que no ha sido sencillo. “Una parte importante la doy muy marcada y es verdad que cuesta más, porque tienen que sentir la música”. Este año, además, la complejidad ha sido mayor, dado que “es muy atmosférica, no hay grandes marcas musicales que te hagan ver que vas bien. Hay que estar mucho en el ritmo, en la cadencia de la música. Esa parte ha sido más compleja y han hecho un esfuerzo muy grande y yo creo que saldrá muy bonito”.
Así lo apuntaba minutos antes de salir a escena, cuando los nervios estaban presentes. “Una mariposilla fuerte en el estómago, por la responsabilidad, lo quieren hacer bien, y hay quien sube al escenario y se crece, y hay quien siente que se hace un poco más pequeñito, pero también es una forma de aprender”.
El grupo está formado por 12 personas -la mayoría mujeres y dos chicos-, con un recorrido diverso dentro del taller. Algunos regresan tras años fuera. “Ha sido muy bonito porque también ha habido muchos reencuentros”, señala.
Bolea anima a sumarse al taller y reivindica que "una vez en la vida hay que subirse a un escenario. Es interesante porque te enseña mucho de ti, te reta desde un sitio muy bonito y es interesante hacerlo alguna vez en la vida, sea en teatro o en danza”. En su caso, defiende especialmente esta última disciplina porque, “aparte de que es a lo que me dedico, es una herramienta muy amable para trabajar con las emociones, para desconectar de todas estas cosas que hablamos justamente hoy, de ese peso, y te da muchas cualidades. Hay mucho trabajo de grupo, te pone las cosas muy en su sitio. Es una herramienta muy chula para trabajar a nivel individual, y también por todo lo que te proporciona, es muy sanadora”, asegura.
El taller reúne a alumnos de entre 25 y 60 años, una diversidad que forma parte de su esencia. “Cuando llegan los alumnos les digo siempre que en mis clases no hay edad. Cada uno trabaja con sus cualidades y con sus capacidades, y al final se llega a un lugar común que es el que me interesa”, finaliza.