Las batallitas del carca: Lo llaman fútbol, pero no lo es

No es fútbol revisar una jugada a cámara lenta y foto a foto para agravar o desvirtuar una acción que en el terreno de juego se dirimiría como un simple encontronazo,

07 de Abril de 2026
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Álvaro Moreno Aragón y los capitanes de Las Palmas-Huesca
Álvaro Moreno Aragón y los capitanes de Las Palmas-Huesca

No sé si será demasiado correcto empezar por la posdata, pero considero que el lector merece una explicación antes de que comience a leer estas líneas. Esta columna la tenía preparada el pasado sábado y lista para enviar al diario cuando leí con deleite la opinión, siempre ponderada y realista, de mi compañero de espacio Nacho Alastruey y su “Cambiar el relato desde dentro”. No podía estar más de acuerdo con él -como me sucede siempre- y mi escrito, que coincidía en muchos aspectos con el suyo, además, no serviría para mejorar lo que él tan sensiblemente expresaba.

Por otro lado, en mis reflexiones no influía para nada lo que pudiera suceder en Las Palmas y por eso me he atrevido a ‘reenviar’ mi Batallitas del ‘carca’ porque el fin de semana no hizo más que corroborar mis opiniones, como así se encargaron de reafirmar el veterano periodista Roberto Gómez y David Navarro, entrenador ahora del Real Zaragoza.

El periodista de Marca resumía que "la gente no cree ya en la competición, la gente está harta del tema arbitral". Y Navarro aseveraba que “el fútbol no se puede dirigir como si fuera el libro de instrucciones de una lavadora porque en cuanto nos lo aprendemos nos vamos a agarrar a eso en todas las jugadas”.

El que fuera técnico del Huesca incidía en una idea que vengo manteniendo desde la pasada temporada: “Tenemos VAR y nos estamos jugando mucho todos. Un poquito más de rigor creo que vendría bien. O por lo menos, si se ha hecho una herramienta para buscar una uniformidad en las acciones y no se ha conseguido, quítala”.

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Con este largo preámbulo, los aficionados que hayan leído alguna de mis anteriores colaboraciones (aunque reconozco que al principio me pareció bien el uso del VAR) supongo que ya adivinarán por dónde voy, y que nadie vea ni la más remota posibilidad de culpar a los árbitros de la nefasta trayectoria del Huesca. Pero sí de la actual deriva que está tomando el balompié español. Porque lo llaman fútbol pero no lo es.

Johan Cruyff decía siempre que el fútbol era un juego de errores, pero no sé si incluía en ellos a los fallos de los árbitros, que desde la introducción del VAR se han multiplicado en lugar de disminuir. Cuantos más revisan las jugadas, menos de acuerdo se ponen y encuentran 50 argumentos distintos cada jornada para justificar sus decisiones y sus cambios de criterio según el campo, el equipo y hasta el color de las botas.

No es fútbol revisar una jugada a cámara lenta y foto a foto para agravar o desvirtuar una acción que en el terreno de juego se dirimiría como un simple encontronazo, una fuerte disputa o una cartulina. Pero ahora hasta los colores de las tarjetas mudan por arte de magia.

No es fútbol escrutar cada córner para luego dejar pasar agarrones claros y señalar mínimos roces o rebotes del balón con la mano, porque han conseguido que ya no sepamos cuándo es mano y cuándo no lo es.

No es fútbol porque hasta los jugadores han cambiado su manera de actuar; ahora todos han hecho un curso de interpretación en las mejores academia de Hollywood para fingir una grave lesión revolcándose sobre el césped, dar tiempo al VAR a que escudriñe el más mínimo detalle y cuando han conseguido su objetivo se levantan y salen corriendo.

No es fútbol porque antes en las disputas de cabeza y a ras de césped nunca había tantos golpes y ahora los codazos y pisotones son el guiso de todas las salsas, a no ser que ahora calcen botas más grandes, porque antiguamente eran más raras estas reacciones tan escandalosas y teatrales. Y mira que había ‘piscineros’.

El nivel del caos es tal que ni los propios comentaristas arbitrales se ponen de acuerdo después de analizar estérilmente las imágenes, y eso sin entrar en la realización y tomas que ofrecen las teles, en las que hay que confiar como el valor del recluta en la mili (se le suponía sin haber disparo ni un solo tiro). De hecho, la UEFA hizo recientemente un estudio con entrenadores y jugadores y encontró hasta un 60% de errores en las decisiones del VAR controlado por árbitros.

Tampoco es fútbol, al menos el que a mí me gusta, algunos comportamientos de los aficionados que parecían ya erradicados. Ni en el campo ni fuera he gritado nunca a los jugadores de mi equipo, por mucho que me hayan defraudado con su juego. Y entiendo la frustración de los aficionados que tienen todo el derecho a exteriorizarla. Pero de ahí a faltar el respeto y las descalificaciones a los profesionales -mejores o peores- hay un trecho que nunca se debe cruzar. En el Huesca, en los últimos tiempos, parece que hemos copiado lo peor de algunos clubes y el comportamiento de sus hooligans, término que proviene de finales del siglo XIX, asociado a individuos pendencieros en Londres.

Aunque ya existía, su vinculación estrecha con el fútbol y la violencia se consolidó en la década de 1970, pero está volviendo con especial virulencia. Varios entrenadores ya se han quejado esta temporada, incluso Jon Pérez Bolo se encaró con la tribuna en Andorra, y los árbitros en el cargo llevan una penitencia desmedida. Porque pagar una entrada no da derecho a todo ni a ir a increpar a los futbolistas en los entrenamientos o salidas de los estadios.

Ya expuse en este mismo espacio que no me parecía correcto que la plantilla al finalizar los partidos se dirigiera sólo a un sector concreto de El Alcoraz y se corrigió esa deriva que ahora ha vuelto a plasmarse esta campaña.

Las cañas de dulce azúcar de antaño se han tornado en lanzas punzantes -algo habitual en el fútbol cuando vienen mal dadas-, pero no debemos olvidar que el sentimiento de ser del Huesca, el fieles siempre, sin reblar, no es patrimonio de nadie en particular y lo es de todos. Y mi memoria se remonta a los angustiosos minutos de espera en la escalera del frontón de San Jorge hasta que Vicente (El Negro) el jefe de porteros nos dejaba pasar a la chavalería para presenciar el partido.

Curiosamente, otro Negro, el argentino Roberto Fontanarrosa, hincha de Rosario Central, ya vaticinó todos estos avatares -incluido el uso del VAR- en un delicioso cuento que se publicó en 2004, con dos volúmenes de sus mejores relatos.

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