En este mundo extraño, rocambolesco, en el que el VAR ha venido a propiciar una ceremonia de la confusión en lugar de una vista en la sala de la justicia, ha vuelto el sentido del fútbol en el Racing-Huesca. En distinto signo del que nos gustaría, pero dentro de unos parámetros que nos permiten escoger: ¿Vaso medio lleno? ¿Vaso medio vacío? Cuando se hacen los deberes tarde, normalmente el nivel no puede ser muy esplendoroso, lleno no está nunca. Ningún estudiante que espera a los últimos momentos para hincar los codos llega al examen con garantías. Puede ser abrazado por los caprichosos avatares de la fortuna, pero, incluso en ese caso, la aspiración es al cinco pelado. La que tiene ahora la Sociedad Deportiva Huesca.
El partido del Huesca ha sido decoroso, esperanzador al principio del choque, coherente con la temporada en los primeros minutos de la segunda mitad y quizás asombroso en la reacción. Luego, ha llegado ese desconcierto del VAR, que no ha entrado en el posible penalti a Portillo (en el fútbol de hoy, derribar dentro del área es pena máxima) ni tampoco en la expulsión de Jesús Álvarez, a interpretación de Cid Camacho, que sigue siendo poco fiable y tan sólo seguro este año de derrota salvo en Copa: tres partidos, tres dedos pulgares hacia abajo. Incomprensible su irresponsabilidad en la exclusión del centrocampista zaragozano, que ha influido y mucho. También muestra de mal trencilla los doce minutos añadidos, que han sonado a compensación... o a reloj malo.
En cuatro partidos, el mal estudiante tiene que recuperar lo que no ha hecho en 38. En la esperanza, el buen partido de Dani Martín, que más allá de las intervenciones meritorias ha mostrado una determinación admirable en su edad. Quizás esa haya sido la causa de su elección en detrimento de Juan. También la inauguración de la capacidad de reacción. En el debe, la endeblez defensiva que se acrecienta sin Pulido. Retornará ante la Real Sociedad B con su ímpetu y liderazgo, que añadirá opciones frente a la debilidad de los recursos azulgranas en retaguardia. Es nuestra gran bala, la que no se tumba de un puñetazo.

Hay ocho días para rellenar el vaso de los que lo ven medio vacío. Tienen que ayudarles los que han visto hoy la esperanza. A mí me dice mucho que lo sostenga el doctor Velilla, que de esto y de tratar traumatismos en toreros -y no sólo en diestros- sabe un rato. Así que me abono al optimismo sin abandonar la senda de la realidad. Soñar es barato y, ahora mismo, nada hay perdido. Ninguna gran misión fue sencilla. La complejidad otorga mérito al que saca la cabeza en medio de mares revueltos.