Aquel 22 de mayo de 2021 fue, seguramente, el más trágico de la historia de la Sociedad Deportiva Huesca. Después de nadar contra la corriente toda la temporada, un gol, un punto, le separó de la permanencia. Muy probablemente, si aquellos dos palos de Sandro Ramírez o aquellos dos posibles penaltis sobre Pulido y Rafa Mir hubieran fructificado, ahora hablaríamos en otros parámetros... o quizás no. Como escribió Kierkegaard, la vida hay que vivirla mirando hacia adelante pero para comprenderla se necesita mirar hacia atrás. Sin embargo, es una obviedad que, con dos campañas seguidas en la máxima categoría, los recursos y las opciones se multiplican.
Concurrieron en aquella catástrofe deportiva circunstancias que no debieran caer en el olvido. Había llegado Pacheta a mediados de enero para enderezar el rumbo de aquel Míchel que, en mi humilde entender, nos hizo disfrutar del mejor fútbol visto en El Alcoraz para deleite de todos hasta marzo de 2020 en que fuimos encerrados por la pandemia. Desde la televisión vimos el ascenso y padecimos el castigo de no poder volver en toda la Liga de Primera División al año siguiente a las gradas del estadio. El coronavirus fue el culpable. Michel enamoraba a los comentaristas televisivos, pero el equipo perdía inmisericordemente con algunas derrotas tan dolorosas como aquella de Granada. Y vino el de "que se preparen, que nos esperen".
En aquel mercado de invierno, hubo poca fe en el club, por cierto tradicionalmente perezoso en la confección de la plantilla en tiempos de calor y de frío (salvo en este 2025-26 con la avenida masiva de primeras refef. Estaba lejos de la salvación, último y aparentemente desahuciado. Sólo fichó, cedido, a Denis Vavro, por cierto espléndido central. Espetaban los directivos sotto voce que "pa'qué" tirar el dinero, mejor guardarlo para la temporada siguiente, con el descenso ya seguro. Sucedió que el técnico burgalés irradió su resultadismo y el equipo, con menos juego que con el antecesor, empezó a llenar la cesta de puntos. Y todo quedó para aquella tarde de sábado, con el Valencia de paseo y la necesidad de un solo gol para convertir la igualada en tres puntos.
Estábamos en el campo apenas dos centenares de personas. España seguía confinada y apenas se abría a periodistas y poco más el acceso. Al final, 0-0, se escuchaban los sollozos y, navegando sobre las lágrimas, la despedida de las directivas. El consuelo empático de la ché, la resignación fatal de un miembro de la oscense: "No pasa nada, ya volveremos a vernos otra vez". Se me clavó como una daga en el corazón, deprimido entre deprimidos. No, nunca hemos vuelto a jugar, ni en Primera, ni en Copa, ni en amistosos. Es probable que aquella racanería, aquel reblar en invierno, hubiera condenado a no tener ese punto más. Un pequeño salto de calidad se presupone que hubiera tenido sus frutos. Y también es posible que no. Nunca lo sabremos porque todo es un supuesto, una especulación, una reflexión desde la desesperación. Pero en mi interior sostengo que la falta de voluntad para taponar las carencias con fichajes pudo ser letal. La cruz que llevamos arrastrando desde entonces.
EL PARADIGMA CREGENZÁN
Después de este ejercicio de memoria en primera persona con el que podríamos denominar el arrastrado síndrome del Valencia, les diré que afloramos en El Alcoraz el sábado con Adrián Mora ayunos de confianza, máxime después de constatar la alineación que anunciaba el club, con esos laterales de contingencia, con ese centro del campo de estilistas y todas las dudas que brotan de las derrotas continuas. En la conversación en su coche, recordó la etapa presidencial de David Cregenzán en el Ontiñena. "No le temblaba el pulso para cambiar de entrenador", espetaba Adri, conocedor del fútbol regional como muy pocos, si es que hay alguno.
Lo de David llegó a asaltar las páginas y los espacios radiofónicos y televisivos de toda España. Ascenso, mantenimiento incluso salvando todos los peligros y esa gloriosa gesta de llegar a jugar contra Las Palmas en Copa del Rey. Pensarán que son los caprichos del bombo después de eliminar al Baztán, un habitual de la Tercera División navarra que juega en Elizondo (el primer puesto de mi padre como guardia civil, por cierto). Pero, en realidad, fue la consecuencia de una sobresaliente capacidad de gestión. Fue el nombre y el hombre de moda en el país durante semanas.
Cregenzán, seda en las formas, férreo en la toma de decisiones, fue reconocido por su carácter comercial para obtener recursos pasra el Ontiñena, por su racionalidad en su utilización y por la firmeza de pulso cada vez que había de confirmar o cambiar a un entrenador. Con todos acabó con una buena relación... pero acabó. Todos tuvieron sus virtudes y sus resultados, todos fueron cesados cuando la flor empezaba a languidecer. Chelu, Vicién, Quesada, Puyer y Peinado ascendieron -el primero-, se mantuvieron y contribuyeron al récord Guinness de dotar de un gran sueño al pueblo con menos habitantes en disputar una eliminatoria con un Primera. En tres años, cinco relevos en el banquillo. Quizás un buen antídoto para los entrenadores que, aun en las mayores adversidades, proclaman el mantra indeleble de los míster de hoy: estoy fuerte.
Estoy absolutamente convencido de que, al igual que sucede en las empresas con los despidos, para David no era plato de buen gusto. De hecho, nunca lo he hablado con él. Pero era consciente de dos factores: la responsabilidad y los tiempos. La primera obliga a actuar bajo convicción aunque sea desagradable o impopular. Los segundos son los que definen la eficiencia de los cambios en el único espacio que puede variar -o no- las tendencias. Recuerdo mis tiempos "clementistas" inspirados en aquellas dos ligas del Athletic y mi resistencia a reconocer lo que acabó convirtiéndose en fatalidad: el fin de sus tiempos en la Selección porque, en determinadas situaciones, Murphy dicta que todo lo que puede salir mal, sale peor.
El Huesca está en una encrucijada y el negacionismo no es la mejor fórmula para escoger el camino. Con rapidez, porque las jornadas van cayendo y la ejecutoria incita más al pesimismo que a la esperanza, los que han de determinar el futuro de Jon Pérez Bolo han de analizar los pros y los contras. El paradigma Cregenzán o el dontancredismo, definido por la RAE como la actitud imperturbable de quien parece no darse cuenta de la amenaza de un peligro grande. No tengo la respuesta, que se circunscribe a los círculos máximos del club, los de la responsabilidad. Pero sí sostengo la certeza de que, en este caso, en el riesgo está la virtud.
P.D.: David Cregenzán, por cierto, está en el organigrama de la Sociedad Deportiva Huesca en puesto relevante, aunque por otro carril al de las decisiones deportivas, por si alguien infiere de este análisis que podría actuar como lo hacía en el Ontiñena que presidía. En las empresas, y el Huesca lo es, la organización es decidida por los consejos.