San Lorenzo, las fiestas que se examinan en el respeto

A quienes procesionan y a los fotógrafos: si no respetamos los espacios sacros, estamos vulnerando la propia esencia de la celebración religiosa y de la tradición

08 de Agosto de 2026
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Misa Pontifical de San Lorenzo presidida por el obispo Pedro Aguado
Misa Pontifical de San Lorenzo presidida por el obispo Pedro Aguado

Una de las palabras más empleadas en cada víspera laurentina es la de respeto. No se entiende de otra manera la fiesta si no obedece a los inveterados valores de la convivencia y de la paz que son atmósfera imprescindible a través de la tolerancia, la libertad y la alegría. De no mediar conductas cívicas, no existe de hecho la fiesta, porque para alguien podría resultar jubilosa pero para el zaherido se erigiría en desagradable. 

Por supuesto, respeto en los sentidos más pujantes del término, los que afectan a las relaciones entre géneros que no han de ser sino presididas por la igualdad, los que atañen a los vulnerables frente a quienes pretenden un abuso de un poder que no es sino violencia, los que afectan a los débiles frente a las bestias sin escrúpulos, los que incomodan a los amantes del orden contra los navegantes del caos.

Y, sin embargo, aunque sea menos "popular", existe otro nivel de respeto que es el que diferencia lo excelente de lo mediocre, lo pulcro de lo cutre, lo auténtico de lo superficial, la identidad de la homogeneidad. Es consustancial a una fiesta como San Lorenzo y a un patrón que probablemente sea uno de los grandes atractivos del santoral no por sus grandes hazañas, sino por haber elevado la humildad y la entrega a los demás a lo mejor de la condición humana hasta el punto de que en esa altura toca con los dedos del corazón el amor de Dios. La misericordia (enviar el corazón) hacia los semejantes y sobre todo hacia los más pobres, y la misericordia hacia el Señor, que devuelve con creces.

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Este respeto se manifiesta en lo sustancial y en los detalles. En la entrevista a Carmen Urzola, la priora de la Real Cofradía de San Lorenzo incidía en una verdad que, no por apodíctica, ha de ser olvidada: "El importante es San Lorenzo". Sucede como en la Semana Santa, donde en ocasiones la parafernalia desdibuja la verdad de una celebración en la que el protagonista es el sufriente hasta la muerte que va a hombros del ser humano al que vino a redimir.

En una sociedad desdeñosa de las normas de urbanidad y las buenas costumbres, tendemos a una mal entendida comprensión para justificar, en realidad, el desdoro de determinados comportamientos. Es una falta de compromiso que, sobre todo, se convierte en una pérdida de referentes. Predicaba Confucio que, si no se respeta lo sagrado, no se tiene nada en que fijar la conducta.

Si queremos que nuestra fiesta sea realmente merecedora del Interés Turístico Nacional y, sobre todo, si aceptamos rendir tributo a quienes nos cedieron entre aromas de albahaca y cestas de frutos humanos los usos de San Lorenzo, hemos de convenir que hemos de cuidar el fondo y también las formas. Los modos no pueden contrariar la profundidad de la vivencia laurentina. Ante nosotros, tenemos la oportunidad no sólo de suscitar la admiración exterior, sino también de reconfortarnos interiormente por la consciencia de que hemos hecho todo lo humanamente posible para venerar a San Lorenzo y elevar el listón ético de nuestra ciudad por haber cuidado hasta el último detalle. Por no abandonarnos a la comodidad y la conveniencia que supone mirar hacia otro lado.

La preocupación de la Real Cofradía y de la Basílica por el aseo en la Procesión ha de ser compartida, porque todos somos corresponsables. Desde el Ayuntamiento hasta el último que desfila, desde la Banda de Música a los Danzantes, desde los sacerdotes hasta la clase política. No, no es un acto de exhibicionismo social, sino una actividad religiosa que demanda mesura, silencio y concentración. Menos saluditos a los lados, menos comentarios sobre el deporte, menos murmullos y, básico, la máxima fluidez. No es un baño de multitudes, sino unas multitudes que han de enfocar su mirada en el patrón, en el fundamental, como se diría ahora, "en el one". Only the one (solamente el único). Los demás, todos, somos prescindibles. Y aquí no va de voluntarismo ni de expresiones exacerbadas de fatuo afecto al santo, sino de eficacia. Sí, como suena, los actos religiosos han de estar medidos por la eficiencia incluso cuando concurre lo popular.

En esta última materia, la priora incidía en un aspecto delicado pero real que habrá que afrontar con mano firme: la irrupción de los fotógrafos y los cámaras en el centro de la escena. En Loreto, en el Homenaje a la Cuna de San Lorenzo, se apreciaron escenas que no pasaron inadvertidos a los presentes. Paseíllos por delante del altar, en la zona sacra, con móviles mientras el sacerdote, José María Arnal, entiendo que estupefacto, pronunciaba la homilía. Y, a la hora de la ofrenda, eso era un batiburrillo que culminó en la comunión, con el oficiante entregando las formas y una fotógrafa junto a él, a escaso medio metro. Como le espeté a un cámara, si lo hacen en un templo de otra religión salen sin piernas, y quizás no sin razón.

Respeto. Si no respetamos los espacios sacros, estamos vulnerando la propia esencia de la celebración religiosa, de la tradición y de la fiesta. El año pasado, la entrada de los Danzantes (otros damnificados en sus evoluciones por la invasión de sus espacios) a la Basílica se convirtió en un totum revolutum inaceptable: conductas indignas de los profesionales, invasión a lo ceutí del centro del templo por decenas y decenas de aficionados (los móviles son un artefacto letal del decoro). El efecto es demoledor sobre la imagen. Pero, con eso, no es lo que más me preocupa. Lo grave es que, en mi creencia cristiana, están quebrantando unas normas que penetran como un estilete en el corazón de la liturgia y el ritual de los católicos. Y a eso nunca nos hemos de acostumbrar. Porque el único imprescindible, el fundamental, es San Lorenzo.