Depravación en los altos círculos de la nueva casta

La lectura de la denuncia es una reveladora sucesión de depravaciones que producen náuseas, asco e indignación

28 de Febrero de 2026
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De aquellas comidas siempre salía estupefacto. En mis círculos más próximos, decía que había vivido, durante las tres o cuatro horas -siempre había sobremesa- con la sensación de que mis dos o tres compañeros de mesa vivían realidades paralelas. No podía concebir, en mi mentalidad quizás provinciana, en parte pacata, seguramente ingenua, que aquello que comentaban entre vino y vino, gin tonic tras gin tonic, pudiera existir. Adulterios en la alta sociedad, traiciones, "subnormalidades", perversiones, corrupciones, mangancias... pudieran ser ciertas. Así, con tal crudeza, descarnadas. Y quizás lo más sorprendente/espeluznante era la naturalidad en la que los comensales con los que compartía viandas lo relataban. Primero ojiplático, luego reflexivo, concluía que hay otros mundos que comparten el de cualquier mortal sencillo, como yo.

El relato, por aquello de no descubrir la parte más escabrosa de la cuestión, no era explícito en detalles, lo cual era de agradecer para oídos inocentes y crédulos. También es cierto que aquellas decrepitudes se limitaban a la inmoralidad, no a la ilegalidad.

He leído, y así lo compartí con los lectores, la denuncia penal por violación de la segunda presunta víctima de Íñigo Errejón, creador por la vía de la inspiración filosófica de la nueva casta, a la que invito por si hubiera pasado inadvertido para alguien en el siguiente enlace:

Advierto, antes de nada, de que la sucesión de hechos descritos puede herir sensibilidades. De hecho lo consiguió con la mía, por lo que el ser periodístico hubo de imponerse al humano, para llegar hasta el fondo de la cuestión, para exponer la degeneración a la que puede llegar un ser supuestamente humano que se deja llevar por sus instintos más salvajes en un universo de sustancias estupefacientes, alcohol y sordidez que traspasa todas las fronteras de la ética, de la condición de persona.

Más allá de que la víctima no resulta un ejemplo para nada por la anulación de su voluntad entre el abuso machista del implicado y el propio abandono de la voluntad por la ingestión de drogas y quizás el magnetismo del poder -innecesario siendo una actriz con su nombradía-, la indignidad acompaña a los presumibles delitos en la figura de un dirigente que tanto presumió de feminista en su farisaico ejercicio dialéctico.

La lectura de la denuncia es una reveladora sucesión de depravaciones que producen náuseas, asco e indignación por la cosificación de la mujer y la vulneración de todos los códigos de conducta que se suponen en el derecho natural y en el penal, propia de un verdadero canalla que, a su vez, es termómetro de la coherencia de sus conmilitones de hoy y del pasado. Si nadie le señala en estos días de reivindicación, se estará silenciando la justicia y la ética por la vía de la parte execrable de la ideología, la de las alforjas que ponen a la vista los pecados ajenos y echan a la espalda los propios. Por sus obras los conoceréis.

P.D.: Aplíquense estas consideraciones a todos los cerdos que pululan por esos predios de degradación, sea cual sea su adscripción ideológica o de estatus.

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