Tendemos a mirar al pasado con una mezcla de desdén, arrogancia y supremacismo. No, no es cierto que vivamos el mejor momento de la historia -ni tampoco el peor-, tan sólo uno distinto, con valores diferentes pero no necesariamente superiores. No hay más que ver el mundo en el que Maquiavelo se ha apoderado de la actualidad hasta el punto de que podemos presumir del sistema democrático abrazándonos a abyectos tiranos. El fin justifica los medios. Mirándose al espejo, cada cual decida si, efectivamente, podemos retrotraernos a nuestra infancia, muchas décadas atrás, y presumir estúpidamente de la (in o a)moralidad de hoy.
Este mediodía, entierran a mi tío Jesús. El octavo hermano de la familia que deja este valle de lágrimas, sólo sobreviven mi madre y mi tía Ángeles. Le precedieron Quico, Margarita, Antonio, José, Vicente, Víctor y un bebé cuyo nombre no recuerdo. Fueron alumbrados por mi abuela María, 38 kilos de peso que no disimulaban una enorme humanidad, como la de mi abuelo Antonio. Una familia admirable, de las de trabajar del alba hasta el ocaso de cada día para ir fraguándose un porvenir. Una saga conciliadora, socialmente impecable, mi abuelo acogedor (y ocultador) de perseguidos en la contienda, todos mis tíos respetuosos y ajenos a las pulsiones fratricidas, queredores del pueblo gitano con los que trabajaron, y mucho, codo con codo. Amigos de hacer favores y de ser generosos.
Cada uno de los hermanos y de los primos de la siguiente generación teníamos nuestro tío o nuestra tía más favorita. Era natural. Mi hermano Chemi decía siempre que quería ser como mi tío Vicente, dadivoso hasta el extremo. Jesús Mari era más pragmático y generalizador. A mí me unían con mi tío Jesús, además de la sangre y la admiración, que ambos éramos del Athletic de Bilbao y que, todavía con novia -yo-, me daba la paga con un disimulo asombroso en medio de decenas de clientes en cualquier bar. Los domingos en que iba a Lodosa a cortejar y las obligaciones de capitán de mi padre impedían estar a mis progenitores, comía en su casa, donde su esposa, Anamari, preparaba tres platos estupendos siempre. No dos, tres. Y con mi primo Chuchín jugaba al Scalextric (era una envidia en aquellos tiempos) mientras sus hermanos Ana y Javi se dedicaban a otros menesteres. Mi tío Víctor fue como un segundo padre. Mi tío Antonio me daba lecciones de bonhomía y de historia rural del pueblo, era un sabio humilde. A mi tío Quico no lo recuerdo, pero me hacía montar -me decían mis padres- en un colosal caballo que era la admiración de Lodosa. Mi tía Margarita era gruñona pero mataba por nosotros (lo sigue esgrimiendo mi madre). Mi tío José fue una adorable persona con discapacidad intelectual (entonces el vocablo que se le aplicaba era mucho más violento), dotado extraordinariamente de fuerza. Mi tía Ángeles todavía desprende su afecto natural, rebasados de largo los noventa.
En una familia donde la raíz estaba en el campo, una decena era una familia no numerosa, era una barbaridad. Era curioso porque todos, y sus descendientes, cabían en la cocina en las celebraciones navideñas. La voluntad de apretarse, de arremolinanse en torno a la unidad familiar, es invencible. Los hermanos fueron volando en solitario, siempre con el amparo de mi abuelo, que había aglutinado algunos campos en la fértil huerta lodosana, donde brotan los mejores pimientos del mundo. De ahí manó todo. Quico marchó a la fábrica de Féculas, junto a la estación de tren. Víctor partió hacia Australia, de donde volvió casado con una asturiana, Fidela. Siempre me decía cuando yo alcanzaba la mayoría de edad: "Tienes que ir a Australia, allí hay oportunidades". Ahí se adentró, con mucho éxito, en la hostelería.
Jesús y Vicente, con el respaldo de mi abuelo, empezaron a moverse en el mundo de los áridos. Primero, con caballerías y un remolque. Siguieron el ejemplo de su padre, que se multiempleaba con el transporte de carbón y leña en los pueblos del entorno (así conoció a mi abuela en la montañesa localidad de Mués). Compraron después un pequeño tractor David Brown (marca ya desaparecida de la que me informa mi hermano Chemi), al que adosaron luego un cazo. Todo crecía sin un ápice de especulación. El secreto, currar (cuando no se utilizaba este término) de sol a sol. Después incorporaron un camión. Lo suyo era una inquebrantable vocación de crecer, más y más, ya con sus familias en marcha. Llegaban ya de noche a casa de mi abuela y, en aquella mesa redonda, el contable (mi padre y, o, mi hermano Chemi) apuntaban en el libro de "haberes" y "deberes" con el escrúpulo del mejor jefe de administración.
Del servicio en pequeños volúmenes para pequeños albañiles, transitaron hasta lo que posteriormente fue la admirada Hormigones Lodosa, compañía que finalmente fue absorbida por otra más grande aunque mis primos Jesús y José Vicente siguen al cargo. Mis tíos se jubilaron cuando ya no pudieron más y acusaron achaques propios de una eternidad en las excavadoras (Vicente fue incluso tentado por una gran multinacional que le vio manejar una en una feria en Málaga y quiso contratarle para que cruzara el charco, pero ya era muy tarde para aventuras) y los camiones (Jesús los conducía bastante mejor que los coches). Muy joven falleció Vicente, cuya huella todavía tengo en la espalda: cada saludo cuando nos veíamos iba acompañado de un palmetazo que, le decía yo, me hundía varias vértebras. Era la forma de expresar cariño, con franqueza. En los últimos años, desaparecidos Víctor y Vicente, Jesús era soporte anímico de mi madre, como Ángeles. Hoy se han quedado las dos "chicas".
No, no soy un nostálgico. Más bien al contrario. Recurro con muy poca frecuencia al pasado, incluso soy un poco "despegado" de mis tiempos universitarios o infantiles. Me interesa mucho más el presente o el pretérito inmediato, que no perfecto. Pero he de reconocer que, cuando lloro a alguno de mis tíos que van siguiendo la fluidez natural de la existencia hacia el morir acompañado de la compasión, como expresa el admirado Javier Moraleda, las remembranzas se envuelven en melancolía y un cierto hastío. Hartazgo de esa tropa de imbéciles que desdeñan la heroicidad de aquellas generaciones que se ganaron la vida (mi suegro cayó de un árbol cazando, actividad que le servía para capturar conejos con los que comprar zapatos a sus hijas) dialogando con la naturaleza, a puro golpe de solidaridad, queriendo y perdonando y, sobre todo, laborando de sol a sol. Trabajando cuarenta veces cuarenta horas sin más límites que los que imponía el suelo del albor y el techo de la nocturnidad. Gentes hercúleas en el sacrificio que fraguaron nuestro edificio de derechos con la solidez del hormigon, la permeabilidad de la arena y la rotundidad de los cascajos. Hoy, descansa con el ochenta por ciento de sus hermanos mi tío Jesús. Y tanto puede presumir en el juicio postrero como podemos hacerlo los que nos dejamos abrazar por su amor inmenso. Descansa, tío, como reza la canción de Il Divo, "¡lo has hecho bien!".