Las manifestaciones por Ceuta y RTVE

Televisión Española no tiene derecho a otra línea editorial que no sea la del servicio público, la de los contenidos imparciales y de calidad

06 de Septiembre de 2026
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Manifestación en Pamplona por Ceuta
Manifestación en Pamplona por Ceuta

Como ya había anunciado en mi anterior "... Como puños", acudí a la manifestación de apoyo a Ceuta ante la denigrante invasión marroquí y pasividad gubernamental española en Pamplona, donde disfrutaba por motivos familiares de la ciudad en la que vi la primera luz. Alcancé la plaza del Ayuntamiento en el preciso instante en el que principiaba la concentración, con varias voces que, con una pésima megafonía, difícilmente alcanzaba a entender. Los cánticos combinaban el respaldo a la ciudad autónoma con las exigencias de dimisión del Gobierno y de Pedro Sánchez, todo absolutamente legítimo dentro de nuestro marco constitucional.

La llegada de un cámara y una periodista de RTVE encendió las protestas. Por aquello del compañerismo y una cierta autoexigencia cívica, fui acercándome hacia donde se encontraban, pidiendo muchos permisos porque la plaza del chupinazo estaba como es habitual en el chupinazo, también las calles aledañas ocupadas de manifestantes.

No me parece justo que a dos trabajadores les hagan pegar los pecados evidentes de sus jefes, empezando por el presidente, José Pablo López, un mercenario que defiende con idéntica pasión Telemadrid y Televisión Española (también de La Sexta o Trece TV, éstas privadas) dependiendo del encabezamiento de la nómina, esto es, el pagador. Intenté, a quienes se acercaban a increparles, explicar que ellos eran dos empleados -por no exacerbar, me abstuve de decir que les habían enviado al "matadero" y sin escrúpulos-. Lo cierto es que funcionó, probablemente porque los más exaltados eran de una cierta edad y se sentían, en ese aspecto, entre iguales. El cámara estaba tranquilo, no se cortaba a la hora de replicar, y la periodista francamente asustada. Yo trataba de tranquilizarla pero creo que ni me escuchó en su posición -lógicamente- defensiva. Por cierto, cuando enfocaba la cámara, el "Pedro Sánchez, dimisión" se convertía en el insulto al presidente del Gobierno.

Llegó la Policía Nacional, se llevó a un manifestante y, en su vuelta, los uniformados fueron unánimemente ovacionados. A pesar de lo que se ha querido señalar, no aprecié más violencia que la verbal y no unánime ni mucho menos, que ya es. Estábamos quienes acudíamos sinceramente convencidos de que el motivo central era la solidaridad con Ceuta y el rechazo de la invasión (que lo ha sido), y éramos muchos de los allí concurrentes. Que se exhibieran banderas españolas, me parece razonable porque esto no va solo de Ceuta sino de Ceuta ciudad y territorio de España. Si hubo algunas anticonstitucionales, francamente no me fijé, pero me sorprende que alguien se lamente cuando tolera tan ricamente las esteladas o las ikurriñas que no son oficiales en Navarra. Pero ese es el grado de la inconsistencia de la coherencia humana.

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En otros lugares de España, los trabajadores de RTVE sufrieron también los vituperios y en algún caso agresiones que son repudiables, tanto como las que han padecido otros periodistas en distintas concentraciones en los últimos años. La nuestra es, efectivamente, una profesión de riesgo por la incomprensión, por la polarización y por la carencia de escrúpulos de políticos que azuzan las más bajas pasiones.

Leía este sábado a José Pablo López, presidente de RTVE, atribuyendo al odio en el Congreso (evidentemente se refiere a la derecha y la "ultraderecha") la traslación a las vías públicas. Y tiene la desfachatez de afirmar que es "el odio mediático subvencionado". Se necesita cinismo en grado superlativo para utilizar esta expresión quien, por cálculo partidista, preside una corporación que nos cuesta a los españoles miles y miles de millones de euros. "El señalamiento es también un negocio", afirma en X. Él es un epítome de la endeblez de su propia expresión, erigida en bumerán.

Los compañeros de RTVE que vi en la plaza consistorial pamplonesa eran dos anónimos que pagaron en su cara la política de José Pablo López y del PSOE en el Gobierno de sustituir los periodistas por activistas. En algunos casos, pocos, con título universitario (que esa es otra, a ver si las asociaciones de la prensa defienden el valor de formarse), en otros meramente incitadores de la exacerbación con ocultamientos, mentiras y medias verdades que irritan a cualquier persona con un mínimo de discernimiento. Que Gonzalo Miró o Sara Pérez Santaolalla, que son paradigmas de comenzadores de carreras, tengan protagonismo sustantivo en la carrera paralela entre la incompetencia y el sectarismo, demuestra la depravación en la que López ha sumido a la televisión que pagamos todos los españoles. Son meros esparcidores de odio e intolerancia.

Aquellos compañeros de calle, mis compañeros, recibieron en cara propia los sopapos de quienes cobardemente les mandaron a ejercer su trabajo sin la más mínima delicadeza. Si los directivos de la pública hubieran ejercido la virtud de la prudencia, les habrían ordenado que quitaran los indicativos de la cámara y del micrófono para que ejercieran con toda tranquilidad su labor.

Para aclarar un concepto que considero crucial, yo que cuando doy conferencias o imparto clases lo expongo, la línea editorial en los medios de comunicación no sólo es legítima, sino que constituye una obligación ética que sea transparente para que el lector, oyente o telespectador sepa a qué atenerse cuando encara una columna o un noticiario.

No lo es en el caso de Televisión Española o cualesquiera televisiones públicas pululan por las comunidades autónomas, todas bien pertrechadas de dinero de los contribuyentes para competir en desigualdad de oportunidades con las privadas a las que acaban sumiendo en la crisis y la desaparición. es una asimetría por recursos, un ataque a la libre competencia como lo es que a los agricultores españoles los esquilmen poniendo alfombra roja sin condiciones a los productos foráneos. Es exactamente lo mismo, pero en clave interior.

No, Televisión Española no tiene derecho a otra línea editorial que no sea la del servicio público, la de los contenidos imparciales, de calidad y potenciadores de la cultura de un país con siglos de historia y tradición. No puede ser, como lo es, una televisión sectaria, aspecto en el que ha profundizado el Gobierno de Sánchez y la presidencia de José Pablo López derrochando ingentes cantidades de dinero en fichajes estrellas buscando equipararse en audiencias, o superarlas, con las privadas. Con el dinero de usted, querido lector, y mío.

Digan lo que digan y salvo que haya algún tipo de irregularidad, el nacimiento de La Séptima, acorazado Potemkin que se pretende del socialismo, sólo podrá ser recriminado si ha ha habido discrecionalidad en la concesión y privilegio en la atribución de fondos públicos, pero no por la línea editorial que, sostenida por quienes aportan peculio propio, será la que ellos deseen.

Sí, igual que Marruecos -sin dudarlo- ha cruzado las líneas rojas empujando a invasores por miles aprovechando la desesperación de sus habitantes en la pobreza mientras el rey derrocha en París a manos llenas, la apatía gubernamental en vacaciones y la utilización de los medios informativos públicos han conducido a una más que nadie debe atravesar: la vulnerabilidad de los informadores. Incluso de esos que sufren en carnes propias la indecencia de quienes se fuman un puro en su despacho mientras ven, por "su" televisión, cómo zahieren a sus empleados. Y toman el móvil y se muestran ofendidos en X sin que el pulso les suba un latido.

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