Antonio Lobo: “Muchas de las enfermedades asociadas a la vejez no son inevitables”

El catedrático emérito de Psiquiatría de la Universidad de Zaragoza defiende en Huesca el papel de la prevención, la educación y los factores sociales para afrontar el envejecimiento con mayor bienestar

19 de Enero de 2026
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Antonio Lobo: “Muchas de las enfermedades asociadas a la vejez no son inevitables”

La prevención y la educación permiten afrontar el envejecimiento con una perspectiva más optimista, hasta el punto de que muchas de las enfermedades asociadas a la vejez no son inevitables. Esa fue una de las ideas centrales que expuso el catedrático emérito de Psiquiatría de la Universidad de Zaragoza, Antonio Lobo Satué, en la conferencia celebrada en el Campus de Huesca sobre La salud mental en la población de mayores. Apoyado en décadas de investigación, el especialista afirmó de forma literal que “los cambios en el estilo de vida —la educación, la actividad física y las relaciones sociales— están al alcance de la mano”, una constatación que, según explicó, ayuda a entender por qué la mayoría de las personas mantiene un buen rendimiento cognitivo con el paso de los años y por qué existen motivos fundados para una lectura más esperanzadora del futuro.

La sesión se abrió con la intervención de la profesora María Nogués, docente de Lengua y Literatura en la Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación, quien dio la bienvenida al público en nombre del Campus de Huesca y de la Asociación de Profesores Eméritos. En su introducción, destacó el valor de este ciclo de conferencias como espacio de transferencia de conocimiento y subrayó la oportunidad de abordar una cuestión de especial relevancia social en un territorio con una población progresivamente envejecida.

A continuación, el psiquiatra Javier Olivera, profesor de la Facultad de Ciencias de la Salud y del Deporte y jefe de sección en el Hospital Universitario San Jorge, fue el encargado de presentar al ponente. Olivera repasó la trayectoria académica y científica de Antonio Lobo, su papel pionero en la psicogeriatría y la psiquiatría psicosomática y su liderazgo en proyectos de investigación que han situado a Aragón como referente internacional en el estudio de los trastornos mentales en edades avanzadas. También recordó su contribución clínica con la adaptación al castellano del conocido mini-examen cognoscitivo.

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Javier Olivera, María Nogués y Antonio Lobo. Foto Myriam Martínez

En su intervención, Lobo comenzó revisando el concepto de salud mental positiva, que definió como un estado de bienestar que permite a la persona desarrollar sus capacidades, mantener relaciones sociales y afrontar con autonomía las exigencias de la vida cotidiana, más allá de la mera ausencia de enfermedad. Reconoció las dificultades para medir este constructo con instrumentos universalmente aceptados, pero aportó datos procedentes de estudios realizados en Aragón que muestran niveles elevados de bienestar subjetivo en la población general, sin grandes diferencias entre personas mayores y no mayores.

El núcleo de la conferencia se centró en los trastornos mentales diagnosticables más frecuentes, especialmente las demencias y la depresión mayor. A partir de los resultados del Estudio Zaragoza y del proyecto Zaradem, Lobo explicó que en torno al 11,8% de las personas mayores presenta un trastorno psíquico clínicamente relevante, con una prevalencia aproximada del 6% para las demencias -el 4% de tipo alzhéimer- y del 4,8% para la depresión mayor, cifras similares a las observadas en estudios internacionales.

Uno de los aspectos más destacados de su exposición fue el análisis del envejecimiento cognitivo. Frente a la percepción de un deterioro generalizado, el catedrático subrayó que la mayoría de las personas mantiene un rendimiento cognitivo normal durante largos periodos de seguimiento. Los estudios longitudinales identifican trayectorias diversas, con diferencias entre hombres y mujeres: en los varones, el declive se asocia con mayor frecuencia a enfermedades médicas, mientras que en las mujeres adquieren más peso los factores sociales y la depresión, además de observarse una mayor mortalidad en las trayectorias de peor evolución.

Lobo analizó también la evolución de las demencias, cuya prevalencia aumenta de forma muy marcada con la edad hasta afectar a una parte significativa de las personas mayores de 90 años, aunque el mayor impacto cuantitativo de la enfermedad se concentra en torno a los 80 años. A escala mundial, recordó que más de 57 millones de personas viven con algún tipo de demencia, con un porcentaje relevante de casos no diagnosticados. En España, estimó cerca de un millón de personas afectadas, con importantes repercusiones familiares, sociales y económicas.

Antonio Lobo. Foto Myriam Martínez
Antonio Lobo. Foto Myriam Martínez

Especial atención dedicó al concepto de carga global de enfermedad, que mide los años de vida saludable perdidos por discapacidad y muerte prematura. Desde esta perspectiva, las demencias y la depresión figuran entre las principales causas de pérdida de calidad de vida en edades avanzadas, en niveles comparables a los de las enfermedades cardiovasculares o el cáncer. No obstante, el ponente subrayó que diversos estudios europeos han documentado una estabilización e incluso un descenso de la prevalencia de demencia, asociado a la mejora de las condiciones de vida, la escolarización y la atención sanitaria.

La depresión mayor ocupó otro de los ejes de la conferencia. Lobo la describió como una enfermedad grave y altamente discapacitante en las personas mayores, con una evolución a menudo desfavorable y una estrecha relación con la multimorbilidad física y la dependencia. Advirtió de los riesgos de sobrediagnóstico cuando se recurre exclusivamente a cuestionarios y defendió la necesidad de criterios clínicos rigurosos para diferenciar entre síntomas leves, trastornos adaptativos y cuadros depresivos mayores.

Antonio Lobo y Javier Olivera en el Campus de Huesca. Foto Myriam Martínez
Asistentes a la charla del profesor Lobo. Foto Myriam Martínez

En el tramo final, el catedrático abordó las proyecciones futuras. Aunque el aumento de la esperanza de vida implica un crecimiento del número absoluto de casos, sostuvo que las previsiones más alarmistas deben interpretarse con cautela. Recordó que la Comisión Lancet ha identificado factores de riesgo modificables -como el bajo nivel educativo, la pérdida auditiva, la depresión, el sedentarismo o el aislamiento social- cuya intervención podría evitar una proporción significativa de los casos de alzhéimer, junto a la expectativa de avances terapéuticos y mejoras asistenciales.

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El coloquio posterior permitió ampliar estas reflexiones. Javier Olivera incidió en los cambios sociales observados en las últimas décadas, con personas que inician nuevas etapas vitales a partir de los 60 o 65 años, mantienen actividad física, relaciones sociales y estimulación cognitiva, factores que podrían estar influyendo en la evolución observada de los trastornos neurocognitivos. También defendió la necesidad de incorporar la perspectiva de género y de adaptar los entornos residenciales para favorecer la autonomía, la participación social y el bienestar emocional.

Por otro lado, Olivera rindió homenaje a Jorge García Dihinx, fallecido recientemente, a partir del debate sobre el colesterol, aludiendo a una de las cuestiones que el médico y divulgador había defendido de forma reiterada. Olivera recordó que García Dihinx cuestionaba la reducción indiscriminada de los niveles de colesterol, alertando de que, si bien su control había disminuido la mortalidad cardiovascular, existían indicios de que valores excesivamente bajos podían asociarse a efectos adversos, como un mayor riesgo de deterioro cognitivo o de suicidio. A partir de esa reflexión, planteó a Antonio Lobo hasta qué punto los niveles muy bajos de colesterol podían tener consecuencias negativas para el funcionamiento cerebral, una hipótesis que el psiquiatra consideró plausible y merecedora de investigación específica

La conferencia se cerró con un mensaje claro: la ausencia de un trastorno mental diagnosticable no garantiza por sí sola una buena calidad de vida, pero la prevención, la detección precoz y la atención a los determinantes sociales ofrecen un amplio margen de actuación. Una visión rigurosa, apoyada en datos y alejada del fatalismo, que invita a repensar el envejecimiento como una etapa con desafíos, pero también con oportunidades reales de bienestar y dignidad.

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