El ejercicio del periodismo se define por una premisa básica: “ir, ver y contar”. Sin embargo, en el último año, esta tarea se ha convertido en una prueba de resistencia para quienes cubren la Casa Blanca. Cristina Olea, corresponsal de Televisión Española en Washington desde 2018, ha descrito una realidad en la que Donald Trump está transformando Estados Unidos a una “velocidad de vértigo”, dinamitando convenciones, normas y contrapesos institucionales, así como la relación histórica entre el poder político y la prensa.
Así lo ha expuesto durante la conferencia inaugural del 27 Congreso de Periodismo de Huesca, donde ha ofrecido una mirada crítica sobre los desafíos de informar en un entorno dominado por la confrontación política, la desinformación y el espectáculo mediático.
Para los periodistas que siguen la actualidad presidencial, el reto ya no consiste únicamente en informar, sino también en resistir un escenario comunicativo diseñado para convertir a la prensa en un personaje secundario. Olea ha explicado que el presidente busca dominar permanentemente la escena pública y condicionar la agenda informativa, una dinámica que, según ha señalado, arrastra a los medios a un espectáculo político constante. “Todos los días nos arrastra al show de Trump”, ha resumido.
EL ASALTO AL SISTEMA DLE 'POOL'
Uno de los cambios más profundos se ha producido en el sistema del pool, el mecanismo tradicional que organiza la cobertura informativa de la presidencia estadounidense. Este sistema se basa en un pequeño grupo de unos quince periodistas que acompañan al presidente en espacios reducidos -como el Despacho Oval o el Air Force One- y comparten después sus notas, fotografías y grabaciones con el resto de medios para garantizar que todos tengan acceso a la información.
Durante décadas, la selección de esos periodistas correspondía a la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, precisamente para evitar que el presidente pudiera rodearse únicamente de medios afines. Sin embargo, Trump ha reclamado para sí la capacidad de decidir quién entra en ese grupo, rompiendo una tradición consolidada en la relación entre la presidencia y la prensa.
El conflicto se intensificó cuando el presidente vetó a la agencia Associated Press (AP) después de que esta se negara a utilizar la denominación “Golfo de América” para referirse al Golfo de México, un cambio impulsado por decreto presidencial. Tras perder una demanda judicial por discriminación, Trump optó por eliminar el espacio diario reservado a las grandes agencias dentro del pool. “Ahora las trata a todas igual de mal”, ha señalado Olea.
En lugar de ese sistema tradicional, el pool ha comenzado a incorporar perfiles muy distintos a los habituales, como simpatizantes del presidente, influencers o comentaristas conservadores de medios afines. La propia administración los denomina “los nuevos medios”, mientras que a los medios tradicionales se refiere con frecuencia con desprecio, según ha explicado la corresponsal.
ATAQUE PERSONAL, EL ACENTO, LOS INSULTOS
El clima de hostilidad hacia la prensa no se limita a las reglas del acceso informativo, sino que también se manifiesta en ataques personales a los periodistas. Olea ha relatado cómo el entorno político de Trump utiliza con frecuencia la descalificación personal para desacreditar el trabajo de los reporteros.
Uno de los episodios que ha mencionado fue el ataque de la congresista republicana Marjorie Taylor Greene, que se burló de su acento y llegó a decir que no debería haber prensa extranjera en la Casa Blanca.
La tensión es constante y el periodista debe asumir la posibilidad de convertirse en blanco directo del presidente o de su entorno político.
EL CASO ZELENSKI
La corresponsal también ha recordado algunos episodios que ilustran la forma en que se desarrolla la política exterior estadounidense en este contexto. Uno de ellos ocurrió durante la visita del presidente ucraniano Volodímir Zelenski a la Casa Blanca.
Aunque las imágenes no se retransmitieron en directo, las notas del pool permitieron conocer el tono del encuentro, en el que, según ha explicado Olea, Trump y el entonces senador JD Vance protagonizaron un duro enfrentamiento verbal con el líder ucraniano.
Durante esa conversación, Trump llegó a advertir a Zelenski de que estaba “apostando con la vida de millones de personas” y con la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial. El episodio permitió observar con claridad la actitud del entorno político del presidente hacia Ucrania.
Entre quienes participaron en ese momento estaba también el comentarista Brian Glenn, cercano al entorno mediático trumpista, que llegó a cuestionar al líder ucraniano por no vestir traje en la Casa Blanca, pese a que Zelenski utiliza ropa militar desde el inicio de la invasión rusa.
DESINFORMACIÓN
Otro de los desafíos más complejos que afrontan los periodistas es la enorme cantidad de declaraciones falsas o engañosas que circulan en el debate político. Según ha recordado Olea, verificadores del Washington Post estimaron que durante su primer mandato Trump llegó a promediar más de veinte afirmaciones falsas al día.
Entre los ejemplos que ha citado figuran algunos de los bulos que han dominado la agenda mediática en los últimos años. Uno de ellos fue la historia según la cual inmigrantes haitianos en la ciudad de Springfield supuestamente “se comen las mascotas de sus vecinos”, una afirmación que el presidente repitió incluso durante un debate electoral.
También ha mencionado la acusación de que Estados Unidos había enviado cien millones de dólares en condones a Hamás, cuando en realidad se trataba de un programa de prevención del VIH en Mozambique. El propio Elon Musk reconoció que no era cierto. A ello se suma la persistencia de la llamada “gran mentira” sobre el supuesto fraude electoral en las elecciones de 2020.
Según ha explicado la corresponsal, esta acumulación constante de declaraciones polémicas responde a una estrategia deliberada para inundar la agenda mediática con titulares. El objetivo es generar tal volumen de información que resulte prácticamente imposible contextualizar cada afirmación, obligando a los medios a reaccionar permanentemente a nuevos episodios.
MEGALOMANÍA EN LADRILLOS Y ORO
La transformación impulsada por Trump no se limita al terreno político o comunicativo, sino que también se refleja en el propio espacio físico de la Casa Blanca. Olea ha explicado que el presidente ha modificado la decoración del Despacho Oval, sustituyendo retratos históricos por el del presidente James Polk, recordado por haber impulsado la mayor expansión territorial de Estados Unidos.
Además, ha impulsado proyectos arquitectónicos que refuerzan una visión personalista del poder. Entre ellos figura la demolición del ala este para construir un gran salón de baile financiado por grandes corporaciones tecnológicas y de armamento, una decisión que, según ha señalado la periodista, plantea evidentes conflictos de interés.
La huella del presidente se extiende también al paisaje simbólico de Washington. Olea ha mencionado que el histórico Kennedy Center ha pasado a denominarse “Donald Trump John Kennedy Center” y que el presidente ha planteado incluso la construcción de un arco de triunfo de 75 metros de altura, mayor que el de París.
DILEMA Y COSTE PERSONAL
La periodista plantea dudas sobre el comportamiento profesional ante ataques directos: "¿Qué haces cuando el presidente de Estados Unidos te señala con el dedo y te llama cerdita en directo?. ¿Responder, exigir respeto o simplemente intentar seguir preguntando?" O cuando insulta a un colega, se pregunta si lo correcto es abandonar la sala en señal de protesta o insistir en la pregunta que el compañero no pudo terminar.
Cubrir la Casa Blanca en este contexto tiene también un impacto personal evidente para los periodistas. Olea ha reconocido que informar sobre la política estadounidense en estas condiciones implica un desgaste considerable.
La corresponsal ha hablado de una “extenuación física y mental” derivada del ritmo informativo constante y de la presión por verificar datos en un entorno saturado de declaraciones polémicas. A esa presión se suma la sensación de no dar abasto ante un flujo informativo permanente.
Ese escenario genera además una duda constante que acompaña a muchos periodistas al terminar cada jornada. La pregunta que se repite, ha explicado, es siempre la misma: si el trabajo realizado ha sido suficiente para explicar lo que realmente está ocurriendo.
“¿Lo he hecho bien? ¿Lo estoy contando bien?”, ha reconocido Olea al describir el cuestionamiento profesional que acompaña al oficio.
A pesar de esa presión, la corresponsal ha defendido que el periodismo sigue siendo imprescindible en momentos de fuerte tensión democrática. Ante un poder político que domina la agenda informativa y utiliza la desinformación como herramienta política, ha concluido, el trabajo de los periodistas sigue siendo el mismo que siempre. "Ir, ver y contar".