La diócesis de Huesca ha iniciado el año 2026 con la tradicional veneración al Santo Cristo de los Milagros, una celebración que ha reunido a cientos de fieles a lo largo de toda la jornada del jueves en la Catedral de Huesca. El calendario civil y el litúrgico se han encontrado de nuevo en una de las citas religiosas más arraigadas de la capital oscense.
Los momentos centrales se han vivido a primera hora de la mañana, con la eucaristía de las 8.30, precedida por la procesión en la que la imagen del Cristo ha sido trasladada desde su capilla hasta el altar mayor, y ya por la tarde, tras la misa de las 18.00, cuando ha regresado solemnemente a su camarín. Entre ambos actos, el templo ha acogido también celebraciones a las 10.30 y a las 12.00, lo que ha mantenido una afluencia constante de fieles durante todo el día.
La jornada ha tenido un significado especial para la Cofradía del Santo Cristo de los Milagros y San Lorenzo Mártir, erigida canónicamente el 2 de enero de 1894, que ha iniciado una nueva etapa. Por segunda vez en su historia, una mujer ha asumido la responsabilidad de priora. Lourdes Martín Cuello ha recogido el testigo de Guadalupe Martínez Arnal y se ha situado al frente de la junta directiva de la cofradía.
La última de las celebraciones ha estado presidida por José Antonio Satué Huerto, obispo de Málaga, quien ha pronunciado una homilía marcada por la solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, con la que la Iglesia ha inaugurado el Año Nuevo. En su reflexión, el prelado ha propuesto tres actitudes que, a su juicio, se han convertido en un auténtico programa de vida cristiana: meditar, cuidar y mostrar a Jesús.
En primer lugar, María ha meditado. A partir del Evangelio de san Lucas —«María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón»— y de textos de san Bernardo de Claraval, monseñor Satué ha subrayado cómo la Virgen, siendo muy joven, se ha visto desbordada por acontecimientos que no ha terminado de comprender. La meditación y la oración le han permitido acoger lo vivido, saberse acompañada por Dios y descubrir su voluntad en medio de una experiencia sorprendente.
Esa actitud, ha señalado, ha resultado hoy imprescindible para los cristianos: dedicar tiempo a la oración para no quedarse en la superficie de lo que ocurre, para conocerse mejor, para no dejarse arrastrar por modas, estados de opinión o malas noticias, y para reconocer la presencia de Dios tanto en las experiencias gozosas como en las dolorosas o desconcertantes. Por ello, al inicio del año, ha lanzado una pregunta directa: cuánto tiempo voy a dedicar a la meditación y a la oración y cuándo lo voy a hacer, para que no se haya quedado solo en buenas intenciones.
La segunda actitud ha sido cuidar. El obispo ha invitado a contemplar a María cuidando del Niño: lo envuelve en pañales, lo estrecha contra su pecho, lo alimenta, lo protege y lo acompaña en su crecimiento. No se ha tratado, ha precisado, de una imagen infantil o sentimental, sino de una auténtica escuela de humanidad y de Evangelio.
Desde ahí, ha pedido avanzar en una verdadera cultura del cuidado: de los niños, de los enfermos y ancianos, de los pobres, de quienes han perdido la esperanza, de las mujeres que sufren violencia, de los jóvenes desorientados, de las personas abusadas y de las familias que padecen el grave problema de la vivienda. También ha incluido el cuidado de la creación, para que haya sido una casa digna para las generaciones presentes y futuras. Aunque no ha sido posible llegar a todas las necesidades, ha animado a preguntarse a quién concreto, con nombre y apellido, se ha sentido cada uno llamado a cuidar en este nuevo año, y cómo cuidarse también a sí mismo para poder cuidar bien a los demás.
La tercera actitud ha sido mostrar a Jesús. Recordando la visita de los pastores y de los magos, monseñor Satué ha destacado a María como la primera evangelizadora, que ha mostrado a Jesús a los humildes y a quienes buscan la luz. Esa ha sido, ha afirmado, la misión de la Iglesia y de cada bautizado: mostrar a Jesús sin imponerlo ni recurrir al miedo, presentándolo como fuente de bendición, de paz y de libertad.
De manera especial, ha apelado a la llamada a mostrar a los oscenses, en esta catedral, al Santo Cristo de los Milagros, siempre dispuesto —como antaño— a librar de las “pestes” actuales: el sinsentido y la desesperanza, el desprecio a los pobres, la ceguera ante los propios pecados, la incapacidad de reconocer el bien en los demás o la dificultad para percibir la cercanía de Dios en los momentos difíciles.
La homilía ha concluido con una invitación directa a cada fiel: ¿a quién voy a mostrar este año el rostro amable y el corazón misericordioso de Jesús y con qué obras, actitudes y palabras? De la mano de María meditando, cuidando y mostrando a Cristo, ha afirmado el obispo, 2026 ha podido ser, aun con sus dificultades, un año verdaderamente bueno para las personas y para el mundo.