“La única forma de vivir es tropezar, entender y volver a levantarte”. Sobre esa idea giró buena parte de la conversación que mantuvieron en Huesca este jueves la escritora y filósofa Elsa Punset y el psiquiatra Javier Olivera, un diálogo que acabó convirtiéndose en una reflexión profunda sobre la fragilidad humana, las expectativas heredadas, la necesidad de reconciliarse con uno mismo y el modo en que las ciudades modernas han terminado alejando al ser humano de aquello que más necesita: el silencio, la naturaleza y el cuidado mutuo.
El encuentro, celebrado en la Fundación Ibercaja Huesca dentro del ciclo Debates en Salud Mental y Emocional, tomó como punto de partida el último libro de la autora, Alas para volar, aunque pronto derivó hacia cuestiones mucho más amplias relacionadas con la identidad, las relaciones afectivas, la ansiedad contemporánea, la madurez emocional o la creciente desconexión entre las personas y su entorno.
Más que una presentación literaria, la conversación terminó convirtiéndose en una mirada crítica sobre una sociedad que ha aprendido a sobrevivir físicamente, pero que sigue teniendo enormes dificultades para gestionar el dolor, la incertidumbre o la vulnerabilidad.
A lo largo de la charla, Punset y Olivera alternaron referencias filosóficas, experiencias personales y reflexiones psicológicas en un tono cercano y divulgativo que conectó constantemente con las inquietudes del público.
La escritora explicó que Alas para volar nació tras atravesar una etapa especialmente difícil de su vida. Durante aquel periodo decidió refugiarse en su casa de Galicia para intentar recomponerse emocionalmente y fue entonces cuando apareció un pequeño gorrión caído del nido que acabaría convirtiéndose en el símbolo central del libro.
Javier Olivera explicó que por medio de esa metáfora aborda la manera en que las personas atraviesan las crisis emocionales y consiguen encontrar, incluso en situaciones límite, mecanismos para reconstruirse y volver a empezar.
La autora describió aquel episodio como una forma inesperada de salir de sí misma y desplazar durante un tiempo el peso de su propio sufrimiento hacia el cuidado de otro ser vivo.

Aquella historia permitió abrir una reflexión mucho más amplia sobre el desgaste emocional contemporáneo y sobre la incapacidad de muchas personas para detenerse y escucharse. Frente a esa sensación de desgaste emocional, Elsa Punset defendió una visión del optimismo alejada de la ingenuidad o del simple pensamiento positivo. “El optimista mira el futuro con esperanza”, afirmó al reivindicar la importancia de mantener una actitud activa incluso en las etapas más difíciles.
“Nos hemos acostumbrado a vivir filtrándolo todo por la cabeza y olvidamos preguntarnos cómo nos sentimos realmente”, afirmó Elsa Punset durante uno de los momentos más introspectivos del encuentro.
La filósofa sostuvo que buena parte del malestar actual nace precisamente de esa desconexión interior y de la presión constante por responder a expectativas ajenas.
En ese sentido, una de las ideas más repetidas durante la conversación fue el peso emocional que muchas personas arrastran desde la infancia. “Como decía Jung (psiquiatra), ‘la peor carga para un niño es la vida no vivida de los padres’”, recordó la autora al analizar cómo los hijos terminan creciendo, en numerosas ocasiones, condicionados por frustraciones, deseos o modelos heredados que nunca han elegido. “La vida duele y todos arrastramos muchas heridas”, afirmó.

Punset defendió que gran parte de la vida adulta consiste precisamente en desprenderse de esas expectativas externas para construir una identidad propia. “La primera parte de nuestras vidas es un error gigantesco e inevitable”, afirmó apoyándose en el pensamiento del psicólogo James Hollis.
Según explicó, durante esa etapa inicial las personas viven atrapadas en la necesidad de agradar, de encajar y de obtener validación constante, avanzando muchas veces “error tras error” hasta comprender que la madurez emocional exige aceptar también la propia vulnerabilidad. “La única forma de vivir es tropezar, entender y volver a levantarte”, insistió.

La conversación profundizó entonces en el concepto de la llamada “segunda parte de la vida”, una etapa asociada a la introspección y al autoconocimiento que la autora desvinculó completamente de la edad biológica. “Hay personas muy jóvenes que ya están ahí y otras que llegan a los 80 sin haberlo conseguido”, explicó.
Para Punset, el verdadero cambio comienza cuando desaparece la necesidad permanente de aprobación externa y uno aprende a habitarse con mayor honestidad.
La escritora vinculó esa dificultad emocional colectiva con la escasa importancia que históricamente se ha concedido a la salud mental. “El siglo XX ha sido un siglo extraordinario para la supervivencia física, pero la salud mental es realmente una tarea aún pendiente”, reflexionó durante el coloquio.
También se abordó la relación entre cuerpo y sufrimiento emocional. La autora relató cómo durante uno de los periodos más duros de su vida comenzó a sufrir graves episodios de urticaria y problemas físicos recurrentes que terminaron revelándose como una respuesta al desgaste psicológico acumulado. “Era como si el cuerpo me gritara algo”, confesó.
Olivera aprovechó esa reflexión para reivindicar la importancia de escuchar las señales emocionales que muchas veces aparecen disfrazadas de síntomas físicos y alertó sobre la tendencia creciente a medicalizar cualquier forma de malestar sin profundizar en sus causas.
LAS RELACIONES AFECTIVAS
La conversación avanzó después hacia las relaciones afectivas y el modo en que muchas personas buscan en el amor aquello que no han logrado resolver en sí mismas. “Nos apasiona tanto el enamoramiento porque creemos que alguien va a venir a salvarnos”, planteó Punset.
La autora describió el amor romántico como un territorio profundamente condicionado por las heridas emocionales de la infancia y defendió la necesidad de construir vínculos más conscientes, alejados de la dependencia afectiva.
En medio de esas reflexiones apareció también un asunto muy actual: el impacto de la inteligencia artificial en la salud mental y en las relaciones humanas. La escritora sostuvo que estas herramientas podrán convertirse en apoyos útiles para determinados procesos sanitarios y emocionales, aunque advirtió de que aquello verdaderamente humano seguirá siendo insustituible.
Para Punset, capacidades como la empatía, la conciencia moral o la conexión emocional continuarán siendo patrimonio esencialmente de las personas.
Olivera coincidió en la importancia de preservar el vínculo personal y defendió que ninguna herramienta tecnológica podrá reemplazar completamente la experiencia emocional compartida entre dos personas.
LA NATURALEZA
Sin embargo, uno de los grandes ejes de la conversación fue la necesidad de recuperar el contacto con la naturaleza como herramienta de equilibrio emocional.
La autora explicó el trabajo que desarrolla la Fundación Punset Terraviva, centrada en proyectos de biodiversidad urbana y “jardinería terapéutica”, una iniciativa inspirada en modelos implantados ya en otros países europeos.
Punset defendió que las ciudades modernas han sido diseñadas durante décadas pensando únicamente en la productividad, el tráfico o el rendimiento económico, olvidando el bienestar emocional de quienes las habitan. “Estamos entrando en un punto más de ciudades casi curativas, de ciudades terapéuticas”, afirmó.
Frente al asfalto, el ruido y las pantallas, "somos naturaleza"
Según explicó, el cuerpo humano continúa profundamente conectado a la naturaleza pese a vivir rodeado de asfalto, ruido y pantallas. “Somos naturaleza, somos uno”, resumió al recordar que apenas llevamos unas pocas generaciones viviendo en grandes urbes.
La escritora insistió además en que el deterioro de la relación con el entorno acaba teniendo consecuencias también en la manera en que las personas se relacionan entre sí. “Cuando tú maltratas a otras especies o maltratas tu entorno, ¿cómo no vas a maltratar a personas de tu propia especie?”, planteó.
A partir de esa idea, defendió una visión más humanista de la educación y de la convivencia basada en el cuidado, la empatía y el respeto mutuo.
El encuentro concluyó convertido en una reflexión colectiva sobre la vulnerabilidad humana y sobre la necesidad de recuperar espacios de calma, introspección y conexión emocional en una sociedad cada vez más acelerada.
Como aquel pequeño gorrión que inspiró el libro, la conversación terminó girando alrededor de una misma intuición: incluso después de las caídas, los seres humanos siguen buscando la manera de volver a levantarse.