Expertos reclaman un abordaje comunitario e integral para prevenir el suicidio

Cuatro especialistas abordan en Huesca los factores de riesgo, las redes de apoyo y la intervención educativa

16 de Septiembre de 2026
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Héctor Olmedo, Eva Grasa, Sergio Benabarre y Joel Juarros hablaron del suicidio. Foto Myriam Martínez
Héctor Olmedo, Eva Grasa, Sergio Benabarre y Joel Juarros hablaron del suicidio. Foto Myriam Martínez

La prevención del suicidio exige mirar más allá de la consulta sanitaria y atender también los vínculos, el entorno social, la educación y las circunstancias que pueden llevar a una persona a perder el sentido de su propia vida. Esa fue una de las ideas centrales de la jornada organizada este martes por Cruz Blanca Huesca y el Centro de Escucha Javier Osés en el Palacio Villahermosa de la Fundación Ibercaja, con motivo del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, celebrado el pasado 10 de septiembre.

El encuentro planteó el suicidio como un fenómeno multicausal, en el que intervienen factores personales, sociales y de salud. La escucha activa, el acompañamiento y el fortalecimiento de los vínculos aparecieron como elementos esenciales para una prevención que no puede quedar circunscrita al ámbito clínico. Una de las frases que vertebró el coloquio resumió esa perspectiva: "El suicidio no es querer morir, sino querer dejar de sufrir".

La subdirectora de la Fundación Ibercaja, da la bienvenida. Foto Myriam Martínez
La subdirectora de la Fundación Ibercaja Huesca, Alexia Serrano, da la bienvenida. Foto Myriam Martínez

EVA GRASA: RIESGO Y MITOS

Eva Grasa Mairal, psicóloga clínica y general sanitaria, y vicepresidenta y coordinadora de Asapme Huesca, centró su intervención en los factores que pueden incrementar la vulnerabilidad ante una conducta suicida y en la necesidad de desmontar algunas creencias arraigadas. Desde la referencia a Viktor Frankl, situó la desesperanza, entendida como ausencia de propósito o de ilusión hacia el futuro, en el núcleo de esa vulnerabilidad psicosocial.

Entre los factores señalados figuran determinados rasgos personales, como la autoexigencia elevada, el perfeccionismo clínico, la impulsividad y la baja tolerancia a la frustración. También se refirió a las enfermedades crónicas asociadas a dolor incapacitante, los trastornos de salud mental, las dependencias a sustancias y las adicciones comportamentales, como el móvil, el juego o las compras.

A este conjunto sumó la soledad no deseada, el rechazo social, el acoso, la violencia de género, la discriminación por diversidad y otras formas de exclusión. Insistió, además, en la importancia de reconocer las señales de alarma y de abandonar determinadas ideas que dificultan la petición de ayuda.

Grasa amplió este mapa de vulnerabilidades con los duelos traumáticos, determinados sucesos vitales estresantes, como rupturas sentimentales, cambios laborales o traslados de domicilio, y situaciones como un embarazo no deseado. También incidió en los antecedentes de autolesiones y en las experiencias de agresión sexual, maltrato físico o psicológico, aislamiento físico o económico y ciberacoso. En el ámbito de la infancia y la adolescencia, destacó especialmente el peso de la red de iguales y subrayó que, ante el acoso, la intervención debe dirigirse a detener al agresor y no a responsabilizar a quien lo sufre.

Eva Grasa y Sergio Benabarre. Foto Myriam Martínez
Eva Grasa y Sergio Benabarre. Foto Myriam Martínez

La psicóloga introdujo asimismo una precisión relevante sobre la relación entre salud mental y suicidio: no todas las personas que mueren por esta causa cuentan con un trastorno mental diagnosticado. En cuanto a las adicciones, destacó que sus consecuencias no se limitan a quien las padece, sino que alcanzan también a su núcleo familiar.

Entre los mitos analizados, comentó la creencia de que una persona que anuncia una intención suicida únicamente pretende llamar la atención. Frente a ella, se señaló que el 80 % comunica su intención de forma verbal o conductual antes del acto. También rechazó que se interprete el suicidio en términos de cobardía o valentía, al considerarlo una respuesta límite ante un sufrimiento psicosocial insoportable.

Otro de los planteamientos examinados fue que hablar sobre el suicidio puede provocar su aparición. La perspectiva expuesta durante la sesión apuntó, por el contrario, a que un diálogo profesional y empático permite generar espacios de seguridad y facilita la búsqueda de ayuda. Asimismo, advirtió de que una aparente mejoría repentina no implica necesariamente que el riesgo haya desaparecido; incluso puede indicar todo lo contrario y constituir una señal de alarma crítica. Entre las conductas que pueden acompañar ese cambio repentino citó regalar pertenencias, dar las gracias, despedirse o mostrar una afectividad inusual.

Durante el coloquio, Grasa trasladó también la mirada al medio rural, a partir de la experiencia acumulada por Asapme Huesca durante 25 años de trabajo en estos entornos. Según expuso, las tasas de suicidio pueden llegar a triplicar las registradas en zonas urbanas, una situación que vinculó con la soledad no deseada y la menor disponibilidad de actividades.

La intervención incorporó finalmente una reflexión sobre la hiperconexión digital y la necesidad de recuperar formas de relación presencial. Grasa resumió esa paradoja con una frase: "Cuanto más conectados estamos, más desconectados nos encontramos realmente". En esa línea, defendió recuperar las conversaciones cara a cara, el arraigo y pequeños gestos de presencia en las relaciones cotidianas.

También señaló que entre siete y diez personas del entorno pueden quedar profundamente afectadas por cada suicidio consumado, ampliando así la consideración de sus consecuencias más allá de quien fallece.

Héctor Olmedo se dirige a los asistentes. Foto Myriam Martínez
Héctor Olmedo se dirige a los asistentes. Foto Myriam Martínez

SERGIO BENABARRE: LA PREVENCIÓN 

Sergio Benabarre Ciria, psicólogo coordinador de los recursos psico-asistenciales de Arcadia, de la Fundación Agustín Serrate, trasladó el debate al terreno sociológico y cuestionó un modelo centrado exclusivamente en la respuesta sanitaria. En su exposición advirtió sobre lo que denominó "narcisismo terapéutico" del estamento sanitario y defendió que una parte esencial de la prevención debe desarrollarse antes de que la persona llegue al hospital. También sostuvo que las estadísticas oficiales pueden estar infravalorando la dimensión real del fenómeno y planteó tres interrogantes sobre la situación de los jóvenes, la suficiencia de las medidas actuales y el conocimiento disponible para prevenir estas conductas.

Su planteamiento se sintetizó en una comparación: "Solicitar solo más recursos sanitarios es como llenar un hospital de neumólogos mientras la población sigue fumando". Para Benabarre, el abordaje requiere incorporar a educadores, trabajadores sociales y voluntarios, ya que reducir una realidad sistémica a la asistencia clínica supone dejar fuera una parte sustancial de sus causas. Desde esa perspectiva, vinculó el suicidio con un fracaso social y con la responsabilidad de la comunidad en la generación de entornos capaces de sostener a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento.

En materia preventiva, distinguió entre distintos niveles de actuación. Junto a la prevención primaria, orientada a impedir la aparición del problema mediante la promoción de la salud y el desarrollo de habilidades socioemocionales, situó la secundaria, centrada en la detección precoz; la terciaria, dirigida a evitar secuelas a largo plazo; la cuaternaria, destinada a prevenir perjuicios derivados de las propias intervenciones profesionales, y la selectiva, enfocada en colectivos especialmente vulnerables, como las víctimas de bullying.

A partir de la sociología de Émile Durkheim, Benabarre repasó cuatro formas de suicidio vinculadas a la relación entre individuo y sociedad. El suicidio egoísta aparece ligado a vínculos débiles y a un individualismo acentuado; el altruista, a una integración excesiva que diluye la identidad individual; el anómico, a la ruptura de normas y a la desorientación de los valores colectivos; y el fatalista, a una opresión externa extrema y a la ausencia de libertad. En este último apartado, relacionó la desorientación derivada de la ruptura de referencias sociales con parte del malestar que afecta a la juventud.

La exposición también recogió cuatro líneas de actuación planteadas por la Organización Mundial de la Salud: limitar el acceso a medios letales, promover un tratamiento responsable del suicidio en los medios de comunicación, desarrollar habilidades socioemocionales y mantener el seguimiento después de una intervención. Benabarre reclamó, además, la realización sistemática de autopsias psicológicas tras cada suicidio para reconstruir la trayectoria, el contexto y la vivencia de la persona fallecida.

Otro de sus ejes fue el individualismo y su relación con la soledad. Describió una sociedad progresivamente más aislada y cuestionó determinadas aproximaciones terapéuticas cuando pueden trasladar al individuo la idea de que debe resolver por sí mismo un sufrimiento que también se construye en el ámbito relacional. Frente a ello, reivindicó el fortalecimiento de los vínculos y puso como ejemplo el programa Redera, desarrollado por Arcadia en Barbastro.

Durante el debate, el psicólogo abordó asimismo la relación con la muerte y señaló que, desde la práctica clínica, una parte muy amplia de los problemas humanos está relacionada con una dificultad para comprenderla o asumirla. También se refirió al duelo infantil para subrayar la importancia de la actitud del adulto de referencia y cuestionó la tendencia a ocultar a los menores la realidad de un fallecimiento o a excluirlos de espacios como el tanatorio.

La intervención concluyó con una reivindicación de los espacios seguros, donde el sufrimiento pueda expresarse sin juicio y los vínculos comunitarios actúen como sostén. En ese contexto, Benabarre resumió su planteamiento con una afirmación: "La comunidad es lo que nos sostiene".

Olmedo, Grasa y Benabarre. Foto Myriam Martínez
Olmedo, Grasa y Benabarre. Foto Myriam Martínez

HÉCTOR OLMEDO: CIFRAS, DUELOS Y SUPERVIVIENTES

El apartado estadístico, presentado por Héctor Olmedo Sánchez, psicólogo de la Casa Familiar de Cruz Blanca Huesca y de su Centro de Escucha, situó la dimensión del problema en España, Aragón y Huesca. Según los datos del INE correspondientes a 2024, en España se produjeron 3.953 defunciones por suicidio, una media de 11 al día, aproximadamente una cada dos horas. La franja con mayor incidencia se situó entre los 50 y los 54 años, mientras que entre los 15 y los 29 años se contabilizaron 332 fallecimientos.

Los datos provisionales de 2025 apuntan a 3.808 fallecimientos, un 3 % menos. Olmedo advirtió, no obstante, de que esta cifra debe manejarse con cautela, dado que las causas externas pueden experimentar revisiones al alza. En Aragón, los registros de 2024 alcanzaron las 120 personas fallecidas, aproximadamente una cada tres días, mientras que los datos provisionales de 2025 elevaron la cifra a 122. En la ciudad de Huesca se registraron 15 fallecimientos provisionales.

En cuanto a las tentativas, Olmedo situó la estimación en torno a 20 intentos por cada suicidio consumado, lo que supondría alrededor de 80.000 tentativas anuales en España. El psicólogo reclamó recursos públicos universales y de fácil acceso, así como la implantación de un Plan Nacional efectivo y aplicable, y defendió que la prevención debe implicar al conjunto de la sociedad.

Olmedo profundizó asimismo en el duelo de los supervivientes, familiares y allegados de quienes han muerto por suicidio. Explicó que se trata de una respuesta natural y adaptativa ante la pérdida, no de una enfermedad que deba "superarse", y rechazó una concepción basada en fases rígidas. Frente a ese esquema, presentó el modelo de las Cuatro Tareas del Duelo de William Worden: aceptar la realidad de la pérdida, procesar las emociones asociadas al dolor y la culpa, adaptarse a una vida sin la persona fallecida y recolocar emocionalmente a ese ser querido para poder continuar con la propia existencia.

En el duelo por suicidio, señaló como especialmente compleja la búsqueda del "por qué", que puede convertirse en una pregunta persistente. También abordó la culpa y la sensación de que la muerte podría haberse evitado, frente a lo que alertó de la denominada "sabiduría a posteriori", por la que los acontecimientos parecen previsibles una vez que ya han sucedido. Recordó, en este sentido, que no es posible anticipar el futuro.

La mesa redonda se celebró en la Fundación Ibercaja. Foto Myriam Martínez
La mesa redonda se celebró en la Fundación Ibercaja. Foto Myriam Martínez

Olmedo se refirió además al enfado y la ambivalencia emocional, al considerar compatible sentir rabia hacia la persona fallecida con seguir queriéndola. Junto a ello, señaló el peso del estigma social, que puede llevar a algunas familias a ocultar o modificar la causa de la muerte para evitar preguntas y juicios del entorno. En aquellos casos en los que los allegados han presenciado la escena o encontrado el cuerpo, añadió, pueden aparecer imágenes intrusivas y traumáticas que requieren un abordaje terapéutico progresivo.

Para acompañar a quienes atraviesan estas situaciones, Olmedo defendió la importancia de sostener el silencio, escuchar y adaptar la presencia a las necesidades cambiantes de cada persona. En lugar de recurrir a consejos o discursos prefabricados, propuso ayudas prácticas y concretas en la vida cotidiana. También consideró fundamental preguntar directamente por la ideación suicida a los supervivientes, cuya experiencia cercana puede incrementar su propia vulnerabilidad.

Durante el turno de preguntas, el psicólogo cuestionó la tendencia de la sociedad a ocultar la muerte y el sufrimiento, una actitud que, a su juicio, dificulta afrontar la realidad cuando irrumpe. Explicó además que ofrecer respuestas o consejos de manera precipitada ante alguien que expresa dolor puede frustrarlo, mientras que escuchar y sostener ese sufrimiento permite acompañarlo de forma más adecuada.

En relación con el duelo infantil, Olmedo explicó que la comprensión de la muerte depende de la etapa cognitiva. En edades tempranas, los niños pueden no entender todavía su carácter irreversible y esperar el regreso de la persona fallecida, por lo que el trabajo pasa también por contener y orientar a los adultos de referencia. En etapas posteriores, el sufrimiento puede manifestarse de manera discontinua, alternando rápidamente juego, llanto o agresividad.

El psicólogo señaló igualmente que los menores pueden desarrollar sentimientos de culpa vinculados al pensamiento egocéntrico propio de determinadas etapas, atribuyéndose una responsabilidad inexistente sobre lo ocurrido. Por ello, consideró necesario explicarles la multicausalidad del suicidio y liberarles de esa carga. También defendió hablar de la muerte con naturalidad y permitir la participación infantil en los rituales de despedida, frente a la tendencia a ocultar la información o a decidir que no deben acudir al tanatorio.

JOEL JUARROS: LA ESCUELA

El ámbito educativo ocupó otro de los ejes del encuentro. Joel Juarros Basterretxea, psicólogo colaborador de AFDA, la Asociación de Apoyo al Tratamiento de Ansiedad y Depresión en Aragón, presentó una investigación desarrollada en el contexto escolar desde una perspectiva despatologizadora, que interpreta el malestar como una respuesta ante circunstancias que pueden desbordar a una persona, en lugar de reducirlo necesariamente a un trastorno clínico.

El proyecto se desarrolla mediante una alianza entre la Universidad de Zaragoza y AFDA. La institución académica aporta la capacidad de evaluación masiva y la asociación se encarga de intervenir en los casos detectados. El trabajo se dirige a estudiantes de entre 14 y 18 años y acumula tres años de trayectoria. En este periodo, la experiencia ha permitido observar que el funcionamiento familiar, y especialmente la comunicación entre adultos y menores, constituye un elemento determinante para el bienestar adolescente. Juarros también defendió abordar la muerte con naturalidad, frente al temor de muchos adultos a hablar sobre ella con niños y jóvenes.

El proyecto evalúa cada año a 1.000 alumnos para detectar necesidades concretas, entre ellas situaciones de bullying o violencia de pareja, y adaptar la intervención a la realidad de cada aula. Juarros cuestionó así las charlas genéricas aplicadas de forma uniforme y explicó que primero se identifican las problemáticas de cada grupo para orientar después el trabajo hacia ellas.

Según los datos expuestos, la aceptación de ayuda pasa del 15 % al 80 % cuando existe una red de apoyo constante, estable y percibida por el alumnado como segura. Juarros explicó que, durante el primer año, alrededor del 10 % de los estudiantes solicitó ayuda y únicamente el 15 % de quienes la recibieron aceptó el acompañamiento. En los dos cursos siguientes, la petición se mantuvo en torno al 10 %, mientras que la aceptación se aproximó al 80 %. El cambio se vinculó a la consolidación de una red continuada, con profesionales ya conocidos y orientadores escolares más implicados. Los talleres también se convirtieron en una puerta de entrada para adolescentes que inicialmente no se atrevían a pedir ayuda.

La intervención parte de las etapas previas a la conducta suicida, como la ideación, la planificación, el deseo inespecífico de morir o la pérdida del sentido vital, y busca validar las emociones sin convertir automáticamente ese sufrimiento en una patología. El psicólogo incidió en que la conducta suicida constituye la consecuencia de una situación anterior, por lo que el trabajo debe alcanzar la causa de fondo que llevó al adolescente hasta ese límite y no limitarse a actuar sobre el síntoma.

Las evaluaciones permiten detectar anualmente entre un 5 % y un 10 % de intentos o conductas suicidas entre los alumnos analizados, lo que supone al menos 50 casos en los años con menor porcentaje registrado. Juarros señaló que, cuando la aceptación del acompañamiento se aproxima al 80 %, la gran mayoría de los adolescentes atendidos consigue retornar progresivamente a la normalidad en el plazo de un año.

UNA RED QUE SOSTIENE

Las distintas intervenciones coincidieron en la necesidad de reforzar el capital social y la resiliencia comunitaria como parte de la prevención. La creación de espacios seguros en los que el sufrimiento pueda expresarse sin juicio se presentó como una herramienta para detectar situaciones de vulnerabilidad y favorecer la búsqueda de ayuda.

En este marco, el voluntariado y el Centro de Escucha Javier Osés representan una vía de acompañamiento que complementa la atención institucional. La jornada cerró así con una concepción de la prevención que no delega toda la responsabilidad en los profesionales sanitarios, sino que incorpora a la sociedad en la construcción de redes capaces de escuchar y sostener.

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