El Instituto de Estudios Altoaragoneses ha acogido este miércoles una jornada sobre enfermedades raras centrada en el papel de la investigación básica, clínica y aplicada para mejorar la calidad de vida de los pacientes. La sesión, coordinada por el Área de Biomedicina que dirige David Pacheu Grau, ha reunido a la investigadora Erika Fernández-Vizarra Bailey y a la especialista Pilar Giraldo Castellano, quienes han abordado los avances y desafíos en este ámbito. El pasado año se abordó el tema desde el paciente, con testimonios desde Huesca.
Fernández-Vizarra, investigadora y profesora del Campus de Huesca, ha centrado su intervención en las enfermedades mitocondriales, un grupo de patologías que se definen por "cualquier síntoma, en cualquier órgano y a cualquier edad", desde cuadros graves al nacer hasta manifestaciones más leves en la edad adulta como la fatiga. Ha explicado que estas enfermedades afectan aproximadamente a una de cada 4.300 personas y que su diagnóstico ha sido históricamente complejo. En este sentido, ha indicado que “en las décadas pasadas un paciente podía pasar más de siete años visitando diversos especialistas antes de obtener un diagnóstico certero”, y ha citado un paciente que sumó 20.
Ha valorado el trabajo de las asociaciones nacionales e internacionales creadas por pacientes y familias ante la falta de respuestas. Estas uniones "cambiaron el panorama científico, financiando los primeros ensayos clinicos, reuniendo bases de datos clínicas de pacientes y empujando a los laboratorios a buscar curas reales".

En 1991, Julio Montoya estableció el servicio de diagnóstico molecular de enfermedades raras en la Universidad de Zaragoza, y a su jubilación, Erika Fernández-Vizarra y David Pacheu se pusieron al frente y lo trasladaron a Huesca.
La investigadora ha subrayado el cambio que han supuesto las técnicas de secuenciación genética. “Lo que antes nos costaba tres o cuatro años, ahora puede confirmarse en semanas con un informe genético”, ha afirmado. Este avance ha permitido reducir de forma notable los tiempos de diagnóstico y evitar pruebas invasivas como la biopsia muscular. Sin embargo, ha advertido de que aún existen limitaciones, ya que “estamos en torno al 50 % de los pacientes a los que se les puede dar un diagnóstico con las técnicas actuales”.
Ha defendido la importancia de un enfoque multidisciplinar. “Mientras no existan terapias, una adecuada alimentación puede mejorar mucho la calidad de vida de los pacientes”, ha indicado, aludiendo al papel de nutricionistas y también de otros profesionales.
Fernández-Vizarra ha incidido en uno de los grandes retos actuales, la interpretación de las variantes genéticas. “Tenemos que saber si esos cambios realmente dan una proteína que está mal o si no tienen ningún impacto”, ha explicado, lo que obliga a recurrir a modelos experimentales para confirmar su efecto. También ha destacado la búsqueda de biomarcadores como una línea clave de investigación, aunque ha reconocido que “todavía no existen marcadores específicos que sirvan para todas las enfermedades mitocondriales”.
El reemplazo mitocondrial es, a día de hoy, una de las técnicas más avanzadas que ya ha comenzado a aplicarse con éxito en el ámbito de las enfermedades mitocondriales. Este procedimiento consiste en sustituir las mitocondrias defectuosas de una mujer portadora de una mutación por las de una donante sana. De este modo, el embrión resultante contiene el ADN nuclear de sus progenitores, pero incorpora mitocondrias funcionales procedentes de una tercera persona. Por ello, popularmente se conoce como la técnica de los “bebés de tres padres”.

Esta técnica fue autorizada en el Reino Unido en 2015 y, según los últimos datos disponibles, ya ha permitido el nacimiento de al menos nueve niños sanos, lo que confirma su viabilidad clínica. No obstante, su aplicación sigue siendo muy limitada y se restringe a Reino Unido y Australia, ya que implica una manipulación embrionaria. En España, por el momento, no se ha planteado el debate, aunque en Italia se está comenzando a estudiar su posible regulación.
Paralelamente, la investigación avanza en otras líneas terapéuticas, como el desarrollo de fármacos basados en moléculas pequeñas que buscan mejorar la función mitocondrial o paliar los efectos de la enfermedad. Para probar estas estrategias, los científicos utilizan modelos animales modificados genéticamente que reproducen las mutaciones observadas en los pacientes. Estos modelos permiten estudiar los mecanismos de la enfermedad y evaluar posibles tratamientos, aunque presentan la limitación de no replicar completamente la biología humana.
Para superar este obstáculo, se han desarrollado los llamados organoides, estructuras celulares creadas en laboratorio que simulan órganos humanos a pequeña escala, como cerebros, músculos o corazones. Estos modelos permiten analizar de forma más precisa tanto el desarrollo de la enfermedad como la respuesta a nuevas terapias en un entorno más cercano al humano.
En este contexto, Fernández-Vizarra ha señalado que el futuro pasa por una "medicina personalizada", ya que las enfermedades mitocondriales están asociadas a más de 400 genes distintos y presentan una gran variabilidad entre pacientes. Mientras no existan tratamientos curativos generalizados, el enfoque seguirá siendo multidisciplinar, combinando diagnóstico genético, prevención -incluido el diagnóstico prenatal- y medidas destinadas a mejorar la calidad de vida.
"Estamos lejos pero cada vez estamos más cerca", ha concluido. "Hemos avanzado mucho pero todavía una terapia efectiva está lejos. Hemos avanzado mucho en el conocimiento de la base genética, del manejo, de la gestión, del diagnóstico clínico, del diagnóstico genético en estas enfermedades y ahora nuestro objetivo es "desarrollar terapias racionales conociendo bien la base molecular de las enfermedades".
Pilar Giraldo, presidenta de la Fundación Española para el Estudio y Terapéutica de la Enfermedad de Gaucher y miembro del Grupo Español de Enfermedades de Depósito Liposomal en Zaragoza, ha profundizado en los retos que siguen marcando la investigación en enfermedades raras. La especialista recordó que estas patologías comparten dificultades comunes, empezando por el diagnóstico tardío. “Son enfermedades que muchas veces no se reconocen porque el médico no ha visto nunca un caso o porque los síntomas se parecen a los de otras patologías más frecuentes”, ha explicado.

Giraldo ha subrayado que el problema no es menor si se tiene en cuenta la dimensión global de estas enfermedades. Existen más de 7.000 patologías raras en el mundo, que afectan a unos 30 millones de personas en Europa y a cerca de cinco millones en España. En Aragón, la estimación se sitúa entre 20.000 y 40.000 pacientes. “Es una población que necesita un apoyo y un tratamiento y una dedicación especial", ha señalado.
A esta dificultad diagnóstica se suman otros factores como la escasa financiación, que calificó como uno de los principales obstáculos actuales. “Tenemos poca financiación, eso es ahora el punto más doloroso y más difícil porque se presta poca atención desde el punto de vista ya no digo gubernamental, sino desde otras fuentes que antes nos llegaba apoyo”, ha indicado. Ha añadido que existe un cierto aislamiento científico debido a la baja prevalencia de estas patologías. Ha defendido que "la colaboración entre médicos, investigadores, pacientes y la industria farmacéutica lleva a avanzar”.
Giraldo se ha centrado en la enfermedad de Gaucher, en la que lleva décadas trabajando, para ilustrar cómo la investigación puede transformar el abordaje de una patología rara. Se trata de una enfermedad genética causada por el déficit de una enzima que impide degradar determinadas sustancias, que se acumulan en órganos como el hígado, el bazo o los huesos. A partir de los años 90, un grupo multidisciplinar, del que forma parte, logró desarrollar en Aragón técnicas de diagnóstico y seguimiento que han permitido identificar y registrar cientos de pacientes en todo el país.
Uno de los avances más relevantes ha sido la simplificación del diagnóstico mediante el uso de muestras mínimas, como una gota de sangre. “Con una sola gota podemos obtener información enzimática, genética y de biomarcadores”, ha explicado, lo que ha facilitado la detección precoz y el seguimiento de los pacientes. Además, la creación de registros y biobancos ha permitido acumular conocimiento y mejorar la investigación a largo plazo.
En paralelo, ha destacado el papel creciente de la inteligencia artificial, que ya se está utilizando para identificar patrones clínicos, buscar biomarcadores o predecir la evolución de la enfermedad. Estas herramientas, sin embargo, "no sustituyen al médico", sino que actúan como apoyo para acortar los tiempos de diagnóstico y mejorar la precisión.
En cuanto a los tratamientos, Giraldo ha recordado que la enfermedad de Gaucher fue una de las primeras en disponer de terapias eficaces, inicialmente mediante la administración de enzimas obtenidas de tejidos humanos y posteriormente desarrolladas por biotecnología. Hoy existen varias opciones terapéuticas, incluidas alternativas orales, y la investigación avanza hacia terapias más innovadoras como la terapia génica.
En este sentido, señaló que España ya participa en ensayos clínicos con terapia génica y que en Aragón hay pacientes que han recibido este tratamiento con resultados prometedores. “Estamos viendo pacientes que llevan años sin necesidad de tratamiento adicional”, ha indicado, aunque matizó que todavía es pronto para hablar de curación definitiva y que será necesario evaluar su eficacia a largo plazo.
Finalmente, Giraldo ha señalado que "se necesita educar y sensibilizar a la sociedad de que existen estas enfermedades y de que tienen unas necesidades especiales, que tenemos que ayudarles a integrarse en la sociedad para que tengan un entorno más satisfactorio" y, asimismo, se requiere un "apoyo financiero importante y una infraestructura adecuada para que estos pacientes puedan ser correctamente diagnosticados, tratados y seguidos".