El doctor en Antropológía Social y Cultural Martín Correa-Urquiza propone una revisión crítica de la salud mental contemporánea, sugiriendo que el sufrimiento psíquico debe entenderse como un fenómeno social y cultural en lugar de una patología puramente biológica.
Sus planteamientos defienden la desmedicalización del dolor, argumentando que el uso excesivo de fármacos y etiquetas diagnósticas suele ocultar las raíces relacionales y económicas del malestar individual.
El experto ha destacado en Huesca que los diagnósticos psiquiátricos pueden estigmatizar y anular la identidad de las personas, limitando su capacidad de ser escuchadas en la sociedad. Frente a un modelo clínico tradicional, ha planteado la necesidad de repensar el sufrimiento psíquico contemporáneo más allá de los enfoques exclusivamente clínicos, y ha resaltado la importancia de los vínculos colectivos y la participación comunitaria como herramientas fundamentales para la recuperación.
Su intervención en el IES Ramón y Cajal, titulada “Coordenadas para pensar en aguas inquietas. Desmedicalizar el dolor, politizar el malestar”, se ha desarrollado dentro del ciclo de conferencias organizado por la Universidad Ciudadana de Huesca y ha planteado una reflexión crítica sobre el papel de la medicalización en la interpretación de los problemas psicosociales. Elisa León ha realizado la presentación del ponente.
El trabajo académico de Martín Correa-Urquiza se centra en el ámbito de la antropología médica, disciplina que estudia la relación entre salud, sociedad y cultura. Doctor en Antropología Social y Cultural, máster en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Barcelona y licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires, el investigador coordina el máster en Antropología Médica y Salud Global en la Universidad Rovira i Virgili, además de un posgrado en salud mental colectiva que se desarrolla en Barcelona desde una perspectiva transdisciplinar.

En ese marco, analiza cómo los contextos sociales influyen en la forma en que las personas experimentan el sufrimiento. En su opinión, muchas de las problemáticas asociadas a la salud mental deben entenderse como fenómenos complejos en los que intervienen factores culturales, económicos y relacionales. “No existe un órgano que sea la mente, por lo que en realidad hablamos de problemáticas psicosociales y no de enfermedad mental”, ha señalado.
Una parte importante de su trayectoria se vincula al trabajo directo con colectivos psiquiatrizados y con el denominado movimiento en primera persona. Según ha explicado, éste reúne a personas diagnosticadas que se organizan para explicar su propia experiencia y recuperar su voz frente a décadas de silencio y estigmatización.
EL VÍNCULO SOCIAL
Dentro de ese recorrido, el especialista ha recordado la creación hace dos décadas de Radio Nikosia, un proyecto comunitario impulsado junto a personas psiquiatrizadas que propone una alternativa a los espacios clínicos tradicionales. El dispositivo articula actividades culturales y sociales como programas de radio, teatro o grupos de ayuda mutua que buscan abrir espacios de encuentro y participación.
El antropólogo ha explicado que estas iniciativas parten de una premisa central: reforzar los lazos sociales resulta fundamental para el bienestar psíquico. En este sentido ha afirmado que “la clave del trabajo en salud mental es la reconstrucción del vínculo junto a personas que por alguna razón deciden desligarse del mundo social”.
A partir de esa idea, ha señalado que el trabajo consiste en abrir espacios de encuentro y participación donde las personas puedan recuperar su relación con el entorno. “Nuestro trabajo es generar un contexto de posibilidades donde sientan que volver a estar conectado al mundo vale la pena”, ha añadido.

DIAGNÓSTICO Y ESTIGMA
Desde la investigación en antropología médica, Martín Correa-Urquiza analiza cómo los factores sociales influyen tanto en la aparición como en la interpretación del malestar psíquico. Una de las cuestiones centrales consiste en comprender hasta qué punto aquello que se manifiesta como un problema individual está condicionado por dinámicas colectivas más amplias. “Muchas veces no se sabe qué parte del sufrimiento está vinculada a una problemática de la persona y qué parte está vinculada a la mirada social”, ha afirmado.
El investigador ha planteado también una reflexión crítica sobre el papel de los diagnósticos psiquiátricos y su impacto en la vida social. A su juicio, existe una relación ambivalente con estas categorías: en ocasiones se rechazan, mientras que en otros casos se utilizan para acceder a recursos o prestaciones.
Sin embargo, ha advertido de que algunas etiquetas siguen generando fuertes procesos de desautorización social. “A partir del momento que las personas son diagnosticadas de esquizofrenia, dejan de ser escuchadas como personas para pasar a ser un sujeto patológico”, ha señalado. En esa misma línea ha añadido que “en cuanto te ponen un diagnóstico de esquizofrenia, quedas automáticamente desacreditado socialmente para hablar sobre ti mismo”.
Desde su perspectiva, el uso de etiquetas diagnósticas puede reducir la complejidad de la experiencia humana a una identidad clínica rígida. “El diagnóstico en el ámbito de la psiquiatría se utiliza hoy básicamente para cerrar la exploración y capturar la identidad social del sujeto”, ha explicado.
Por ello defiende la necesidad de manejar estas categorías con prudencia y evitar que terminen definiendo por completo a quienes las reciben. “Las personas no son su diagnóstico y debemos tener una relación de cuidado con esas etiquetas porque no abarcan la complejidad del sufrimiento”, ha afirmado.
En este punto, ha subrayado la importancia de impulsar procesos que permitan reducir el estigma y favorecer una integración plena en la vida colectiva. “El camino para desestigmatizar pasa por generar espacios en donde entendamos a estas personas como parte de un nosotros”.

MEDICALIZACIÓN DEL MALESTAR
Correa-Urquiza ha abordado también el debate sobre la medicalización del malestar psíquico en las sociedades contemporáneas. Según ha señalado, su planteamiento no consiste en rechazar el uso de la medicación, sino en cuestionar que se utilice como respuesta única ante problemas complejos.
“Desmedicalizar no significa dejar de tomar la medicación, sino dejar de pensar los sufrimientos exclusivamente en términos biológicos orgánicos”, ha indicado. Los fármacos, ha recalcado, pueden reducir la intensidad de determinados síntomas, pero no resuelven las causas profundas que los originan.
En esa línea ha advertido de los riesgos de un enfoque centrado únicamente en la farmacología. “Si solo nos dedicamos a medicar a la gente, tendremos una sociedad alienada, dormida y drogada”, ha afirmado.
SÍNDROMES CULTURALES
El experto ha vinculado este fenómeno con transformaciones sociales más amplias que, en su opinión, están debilitando las relaciones colectivas. Según ha explicado, muchas dinámicas contemporáneas favorecen nuevas formas de aislamiento y distancia entre las personas.
“Estamos en una sociedad en donde cada vez nos vamos separando unos de otros a través de dispositivos que no son de comunicación sino de enunciación”, ha señalado Correa-Urquiza.
Ese distanciamiento se combina además con procesos de aceleración social propios del modelo económico contemporáneo. En este escenario, el investigador ha advertido de que los deseos individuales quedan cada vez más condicionados por las lógicas del consumo. “La libertad hoy está pensada en términos de la libertad de consumir, no en la libertad de pensar”.
Desde esta perspectiva, Correa-Urquiza ha descrito la aparición de lo que denomina “síndromes culturales”, problemáticas estrechamente vinculadas a las formas de vida del capitalismo contemporáneo. Entre ellas ha citado la depresión, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) y el síndrome de burnout.

NUEVAS FÓRMULAS DE VÍNCULO
Ante este escenario, Correa-Urquiza ha propuesto recuperar conceptos que permitan reconstruir las relaciones colectivas. Entre ellos ha citado la idea de resonancia, desarrollada por el sociólogo alemán Hartmut Rosa, que plantea la necesidad de generar relaciones significativas entre las personas y su entorno.
En ese marco, el antropólogo ha subrayado la importancia del reconocimiento social como elemento fundamental para el bienestar humano. “La felicidad está en el vínculo, está en la relación, está en encontrarse con otros”, ha señalado.
En el desarrollo de su reflexión, Correa-Urquiza también ha aludido a propuestas teóricas que invitan a repensar las relaciones sociales desde nuevas formas de encuentro y reconocimiento mutuo. En este sentido ha mencionado la idea de generar “nuevos parentescos”, planteada por la filósofa Donna Haraway.
Ante la pregunta sobre qué hacer frente a este escenario de malestar social,ha advertido de que no existen soluciones simples ni respuestas unidireccionales. Según ha señalado, "no hay fórmulas mágicas" capaces de resolver por sí solas los problemas vinculados al sufrimiento psicosocial.
En este sentido, el antropólogo ha defendido la importancia de reforzar los espacios de encuentro y acción colectiva. A su juicio, recuperar lo común constituye una de las claves para afrontar las tensiones de la vida contemporánea.
Para ilustrar esta idea, Correa-Urquiza ha citado una investigación realizada en un barrio de Barcelona tras la crisis económica de 2008, centrada en la implicación de personas con diagnóstico de depresión en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Los resultados mostraron que quienes formaban parte de este movimiento social presentaban un 80 % más de probabilidades de recuperación que quienes permanecían exclusivamente dentro del circuito clínico.
Relacionar estas experiencias con el contexto que las rodea abre nuevas vías de actuación. “Entender los sufrimientos en su relación con los hechos sociales permite hacer algo más allá que tomar una pastilla e intentar cambiar aquello que te llevó a esa situación”.
A partir de esta idea, Correa-Urquiza ha señalado que muchas vivencias solo pueden superarse mediante la reconstrucción de lazos y proyectos colectivos. “La recuperación de la depresión tiene que ver con volver a encontrarle algún sentido compartido a la vida”.