Estas Navidades no se han parecido a ninguna otra para Agustín Garvín, Yolanda Chantal Sanagustín, sus hijos Jorge y Lorena Garvín, y la abuela María Dolores Labián, Lola para la familia. El 27 de noviembre fueron desalojados los edificios 1, 2, 3 y 4 de la plaza Santa Clara, con cerca de doscientas personas afectadas por riesgo de colapso. Ocupaban dos pisos de la misma escalera: en uno vivían Lola y Jorge, y en el otro, Agustín, Yolanda y Lorena. Ahora están repartidos entre casas de parientes y una autocaravana.
La reunión posterior con el Ayuntamiento aportó cierto sosiego. Los técnicos explicaron que, si el proceso avanzaba según lo previsto, sería posible apuntalar y reparar los inmuebles. Esa opción disipaba el temor de tener que pagar por una vivienda condenada a perderse y ofrecía una perspectiva más clara, aunque no resolvía ni el impacto cotidiano ni la separación forzada en plena época navideña.
Lorena reconstruye los hechos con precisión. Todo comenzó con la llamada de los bomberos tras el aviso de una empresa de cristalería que había detectado desperfectos. Al día siguiente regresaron con un arquitecto municipal para examinar la estructura y realizar catas. “Desde el primer momento supimos que era algo grave —relata—, pero no que iba a llegar a esta magnitud”.
La confirmación llegó sin margen para reaccionar. Lorena realizaba prácticas de transporte sanitario y atención a múltiples víctimas cuando su madre la llamó para pedirle que preparara una maleta: debían abandonar la vivienda de inmediato. Jorge dejó el trabajo para ir a buscarla y ambos se dirigieron al edificio. El decreto oficial tardó más de hora y media, lo que provocó situaciones muy distintas entre los afectados: algunos pudieron recoger más objetos; otros apenas alcanzaron a entrar, y varios estudiantes ni siquiera lograron hacerlo.
En medio de la urgencia, Lorena tuvo clara su prioridad. Subió a casa de su abuela en busca del gato. “Me da igual lo que cojáis, yo voy a por el gato, porque mi abuela como se quede el gato dentro le da un parraque”, recuerda. Después se quedó allí para ayudar a Lola y a Jorge, mientras familiares y amigas recogían sus pertenencias. Muchas de las cosas salvadas están hoy repartidas en casas de tías.
La dispersión se materializó en cuestión de horas. Lorena se instaló en la vivienda de una tía; Jorge, en otra; Lola, en casa de una hermana; y Agustín y Yolanda se trasladaron a la autocaravana en el huerto. La tensión acumulada había sido considerable. “Mi padre no lo veía muy optimista; llevaba un montón de días sin dormir porque se pensaba que se iba a caer el techo encima”, explica Lorena. La abuela, de hecho, ya había pasado alguna noche fuera por precaución antes del desalojo.
Algunos vecinos recurrieron a la psicóloga municipal. Lorena habló con ella el último día en que pudieron acceder al edificio, un momento en el que la angustia acumulada afloró con fuerza. Sobre la gestión institucional, su valoración es prudente: reconoce que siempre caben mejoras, pero considera que la respuesta general fue correcta. “En general lo han hecho bien”, resume.
La posibilidad de reparar los edificios cambia el horizonte para los propietarios, pero no resuelve el inconveniente inmediato: pasar las fiestas separados. La familia acostumbraba a reunirse sin mayor planificación; bastaba con subir a casa de la abuela para cenar. “Desde hacía un par de meses ya teníamos planeada la comida con la familia de mi padre, todos juntos el día 25”, explica Lorena. La cena del 24 y la del 31 siguen abiertas. “Supongo que nos juntaremos en alguna casa, pero no nos ha dado tiempo de mirar nada”.
Han sido, inevitablemente, unas Navidades distintas para los Garvín Sanagustín. Conocen ya la vía para recuperar sus viviendas, pero continúan afrontando la fragmentación del día a día.