El Monasterio del Pueyo ha gozado de un domingo de júbilo con la bendición de la nueva campana que ha sido fruto de la generosidad que, con sus tañidos, ya proclama a los cuatro vientos después de un acto inaugural con decenas de barbastrenses, autoridades, la familia donante (de Alejandro Rodríguez, que aportó 15.000 dólares) y el obispo de Barbastro-Monzón, Ángel Pérez Pueyo, acompañado por el superior del Instituto del Verbo Encarnado en este complejo, Paolo di Césare.
La nueva campana lleva insertas las leyendas de “Nuestra Señora de El Pueyo, Patrona de Barbastro (1101-2026)", en alusión al templo; “Salve Regina” en muestra de devoción mariana tan inherente al monasterio y “925 aniversario de la aparición. Instituto del Verbo Encarnado” en referencia al encuentro de la Virgen y al pastor Balandrán (Morilla de Ilche) en 1102. La vieja, ahora sustituida, fechada en 1946, pasará a integrar el futuro museo del santuario barbastrense.
La bendición fue escuchada con silencio escrupuloso por más de cien feligreses que escucharon la edificante homilía de monseñor Ángel Pérez, bajo el título "¿Vas o vienes a Emaús". Una alocución estimulante para la reflexión y convicente para la acción, que se sucedió a partir de dos preguntas: "¿Cuándo fue la última vez que algún sonido fuerte resonó por dentro en tu corazón? ¿Tal vez esta Semana Santa el sonido del tambor, del bombo o la corneta tocó tu alma?" El prelado recordaba la iluminación estrenada hace meses, luz que hoy armoniza con el tañido de las campanas. "No va a ser un sonido cualquiera. No va a ser un ruido más entre los que nos aturden diariamente. El sonido va a ser de campana, que te ayude a despertar… te haga parar… te permita sentir más allá".
En esa incitación a la trascendencia, a la luz se le va a sumar la voz de una campana, que no es un objeto, "es una llamada", como siempre lo ha sido en los pueblos en los que ha concitado a los vecinos para las grandes ocasiones. Se ha apoyado el jerarca en el Evangelio referido al camino de Emaús, con su verdad y su simbología, con su pérdida de orientación por el abandono de la esperanza que apaga los corazones. La decepción de quien no cumplía sus expectativas después de creer y esperar. "Y en ese momento… cuando todo parece apagado… Jesús se acerca. No hace ruido. No se impone. No obliga. Jesús no invade nuestra vida, sino que se hace compañero de camino, respetando nuestros ritmos, nuestras dudas, nuestras heridas".
"Dios no grita... camina contigo". El obispo Pérez Pueyo aseguraba que las campanas suenan fuerte, "pero no para hacer ruido, sino para despertar. Las campanas son como un eco de Dios en medio de nuestra vida", como los caminantes de Emaus que no veían a Jesús teniéndolo, como lo tenían, al lado. Algo similar nos sucede a los feligreses contemporáneos: "Puedes tener a Dios caminando contigo... y no darte cuenta".
En esta situación es cuando necesitamos luz, voces y campanas, que no sustituyen a Dios, pero llevan hasta nuestra consciencia la verdad de que está y de que, para notarlo, es precisa una fórmula: "Para. Escucha. Hay algo más". La vida corre, pero no sabemos hacia dónde, llena como está en la realidad y vacía en la sensación. Cuando Jesús escucha, acompaña, explica e ilumina, "les enseña a mirar su vida de otra manera", sostenía enérgicamente el obispo.
El prodigio es la constatación de los de Emaús de que el corazón empieza a arder en ascuas: "Eso es la fe. No tener todas las respuestas, sino no dejar que se apague el fuego. Y llegar a la mesa. Un gesto sencillo. Paartir el pan. Y, ahí... lo reconocen. No en lo espectacular. No en lo extraordinario. En lo cotidiano". Entonces llega el instante en que desaparece, porque no lo necesitan ante sí, sino dentro.
Es la analogía con las campanas. "Lo que hoy bendecimos no es solo un instrumento. Es un signo. Un signo que va a seguir diciendo, día tras día: Dios sigue llamando. Dios sigue pasando. Dios sigue buscando corazones que despierten. Cada vez que suene esta campana en lo alto del Pueyo… No será solo para marcar la hora. Será para recordar que hay otra hora más profunda: la hora de Dios en tu vida".
Cuando escuchemos tañir las campanas, hemos de preguntarnos siempre a qué nos llama Dios, agregaba. "Dios no te pide que seas perfecto. Te pide que no dejes de escuchar. No te pide que lo entiendas todo. Te pide que no cierres el corazón. No te pide que lo veas siempre claro. Te pide que estés atento… porque sigue pasando a tu lado. Y hoy, en este monasterio… también lo hace sonar".