A las siete de la mañana del día 8 de enero de 1994 llegaba a Karachi, Pakistán. Después de permanecer cuatro días en la ciudad tomé un vuelo a Peshawar, al noroeste del país. Fue pasar de golpe del verano al invierno, de la civilización a la época medieval.
Tenía planes de ir desde allí a Kabul a través del histórico Paso Khiber, pero cuando fui a informarme a la oficina de la policía me quitaron la idea, la frontera estaba abierta, pero ir hasta allí era extremadamente peligroso ya que había bandoleros que solían perpetrar asaltos donde no había escape. Por si no era suficiente, cuando los talibanes se sentían acorralados usaban ese paso para refugiarse en Pakistán, por lo que el trayecto no era seguro, desaconsejándome el viaje. Para terminar de convencerme, me dijeron que en diciembre, hacía menos de dos semanas, habían desaparecido cuatro turistas alemanes junto al chófer del coche alquilado donde iban, y todavía no sabían nada de ellos, pensaban que habían sido secuestrados. Aunque la policía no lo mencionara directamente, los pakistaníes atribuían a los talibanes los actos de bandidaje que se producían en el Paso Khiber.
Tuve que desistir de mi plan de viaje, pero ya que estaba en la oficina de la policía pedí un permiso para ir al día siguiente a Darra, zona tribal y ciudad sin ley ni gobierno, donde ni siquiera el ejército pakistaní entraba, mercado negro de armas y hachís. Para ir allí necesitaba un permiso de la policía y firmar un documento como que iba a esa zona bajo mi única responsabilidad.
Un día después fui a la estación donde salían los autobuses, se encontraba en un descampado y ningún signo o lugar de información. Empecé a preguntar por el autobús que iba a Darra, nadie hablaba inglés, además tampoco se esforzaban por escuchar. Finalmente alguien con un gesto de la mano me indicó uno que estaba allí parado. Al subir pregunté al conductor si iba a Darra, me hizo un gesto con la cabeza que interpreté como afirmación y compré el billete.

En la policía me habían dicho que se tardaba unas dos horas en llegar y en el camino encontraría un puesto de control militar donde me pedirían el pasaporte y permiso de viaje.
Los pasajeros eran bastante peculiares con sus vestimentas, turbantes, barbas y rostros surcados de arrugas, parecían petrificados. Pasaba el tiempo y no había visto ningún puesto de control militar, eso me hizo preguntarme si iría en la dirección correcta. Pregunté a un par de personas cercanas a mi asiento, pero no sabían inglés y ni siquiera me respondían. A las dos horas llegamos a una localidad, ¿podía ser eso Darra? Pensé que no, nadie nos había parado en la carretera. Volví a preguntar a otros los pasajeros si eso era Darra, uno negó con la cabeza. Me bajé del autobús sin tener ni idea de dónde estaba.
Me dediqué a caminar sin rumbo fijo, preguntando por Darra sólo recibía miradas de extrañeza y respuetas mudas. Era una zona tribal, supuse que al estar pegada a Afganistán, por sus rasgos y forma de vestir, podían ser de la etnia pastún. Llegué a una calle donde sentados en el suelo de espaldas a una tapia había un grupo de hombres barbudos sentados en el suelo repartiéndose unas zanahorias que empezaron a comer allí mismo. Me llamó la atención y caminé hasta ellos. Al verme, todos clavaron fijamente sus ojos en mí. No parecían igual que los demás habitantes, ¿por qué estarían allí sentados en el suelo sin hacer nada? No hablaban, pero sus inquisitivas miradas me escudriñaban sin el menor reparo. A diferencia del resto de la gente, a éstos mi presencia parecía interesarles por alguna razón, supuse que quizá porque allí no se veían extranjeros. Saqué la cámara y pregunté si podía hacerles un foto, nadie movió los labios, ni siquiera pestañearon, por lo que di por concedido el permiso e hice una foto. Unos metros más adelante bajo la misma tapia, se encontraba otro grupo de hombres con similares apariencias sentados igualmente en el suelo. Parecían ser los mismos, pero había alguna diferencia. En sus miradas frías clavándose en mí observándome en silencio, me parecía estar viendo una manada de lobos al acecho de su presa. Éstos parecían más duros, toscos y salvajes. No inspiraban tranquilidad precisamente.
Alcé mi cámara e hice el gesto de tomarles una foto, esta vez uno de ellos negó con la cabeza. Su mirada glacial y dura como el hierro bastó para que no insistiera ni una sola vez, guardando mi cámara y alejándome de allí, donde no parecía ser bienvenido.
Continué mi camino, al final de una calle en un cruce me encontré con dos personas armadas y ropa militar que me preguntaron algo. Yo a la vez pregunté si estaba en Darra, pero como no hablaban inglés no había forma de entendernos. Con un gesto me dijeron que los acompañara. Me llevaron hasta su jefe, un capitán de la policía o el ejército, no supe diferenciar. Llegamos a la oficina, un simple edificio algo cochambroso de planta baja, pequeño y sin ninguna distinción para los ojos de un extranjero. El capitán se encontraba fuera, en la calle, sentado a una mesa comiendo. Me saludó en inglés y me invitó a sentarme a la mesa, mientras él continuaba sin dejar de comer. Me sorprendió su actitud, abierta, amable y relajada. Me preguntó qué hacía allí. Le dije que quería ir a Darra, de manera que le pregunté si eso era Darra. Respondió que no moviendo negativamente la cabeza mientras comía.
Haciendo un inciso, el capitán me preguntó si había comido. Al decirle que no, me invitó a comer, invitación que rechacé con amabilidad, pero hizo caso omiso y le pidió a alguien que sacara un plato para mí. Así que no puede negarme, había una fuente con bolas de carne en salsa de tomate y él mismo me sirvió en el plato. Después, mientras comíamos los dos, hubo algo parecido a un singular interrogatorio a la vez que dábamos cuenta de la comida, aunque creo que sus preguntas estaban más relacionadas con su curiosidad que en ninguna otra razón,. Quería saber de dónde era y cosas de mi vida, seguramente allí no tenía muchas oportunidades de ver y hablar con extranjeros, de forma que su interés parecía estar en conversar un rato conmigo, de modo que estuvimos comiendo y hablando.
Cuando terminamos de comer me dijo que yo no podía estar allí, era mejor que regresara a Peshawar. Le pregunté por qué no podía estar allí y respondió que, además de no ser la dirección para ir a Darra, estar allí era peligroso para mí. Volví a preguntarle por qué era peligroso. Después de tomarse un trago de algo que tenía en un vaso, se puso más serio y dijo: refugiados talibanes.
Entonces entendí. Le pregunté si estaban allí en la ciudad y me dijo que sí, había un campamento de talibanes, después de decirle que había encontrado un grupo de hombres y describirle sus apariencias me confirmó que sí, el grupo de gente que había encontrado antes en una calle eran talibanes.
Me dijo que pronto iba a salir el autobús que iba de regreso a Peshawar, y le ordenó a los dos policías o soldados que me habían llevado hasta allí que me acompañaran de vuelta al lugar donde podía tomar el autobús. Me llevaron a la misma calle donde antes había descendido y poco después pasó el autobús donde me subí, despidiéndome y dando las gracias a quienes me habían custodiado.
Aquel fue el día en que estuve cerca de talibanes, ignorando que aquella gente silenciosa, ruda y fría, eran los bárbaros que atemorizaban a la población afgana.
Enero de 1994
