¡Chsss!

14 de Agosto de 2022
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El gabacho oscense. La tentación de la manzana
El gabacho oscense. La tentación de la manzana

Me acordaré siempre de la sorpresa de mi pareja oscense cuando descubrió, por vez primera, la plaza Luis XIV de San Juan de Luz, bordeada de terrazas plagadas de gente, pero silenciosa como una catedral.

Los franceses son más discretos, menos expresivos y menos ruidosos en público que los españoles. Esta es una evidencia cultural de la que estos últimos no siempre son conscientes.

La página web Erasmus-Spain ha clasificado los estereotipos que se atribuyen a España. En primer lugar, encontramos la contaminación acústica: Los españoles no hablan, gritan“. Una realidad que choca desagradablemente a los europeos.

¿Tiene esta costumbre una razón científica? Una ortofonista barcelonesa aporta su explicación: “Algunos expertos han comparado las cuerdas vocales de varias nacionalidades, entre ellas la española, pero no hay ninguna diferencia. Sin embargo, se piensa que esta manera de subir la voz proviene sobre todo de que España es un país ruidoso. La gente ha cogido la costumbre de hablar más alto que el sonido ambiente“.

Bastante lógico: en un bar donde la tele está encendida permanentemente y a todo volumen, los habituales se ven obligados a forzar la voz para hacerse oír. De igual manera, en una iglesia, los visitantes susurran casi sin querer, sus cerebros ajustan la intensidad vocal en función del ruido ambiente.

Según la OMS, 9 millones de españoles están sometidos diariamente a más de 65 decibelios. El país está considerado el más ruidoso de Europa y el segundo del mundo después de Japón.

En Madrid, la organización Oír es clave lanzó en 2013 una operación de sensibilización llamada Comer sin ruido, con la intención de luchar contra las molestias sonoras en los establecimientos abiertos al público y que consiste en ofrecer un servicio de consejos a los restauradores y profesionales de la hostelería que buscan reducir el ruido en sus instalaciones. Svente Borjesson, director de la asociación, declaró :

Aquí tenemos claramente un problema con el volumen de nuestras conversaciones“.

En España, una conversación en voz baja llega a los 40 decibelios. En voz alta, se puede llegar a los 80. Si nos comparamos, en Francia una conversación normal puede variar entre los 20 y 50 decibelios, mientras que una charla animada andaría por entre los 50 y los 65.

Una joven estudiante expatriada en París nos contaba que la habían echado más de una vez de la biblioteca universitaria. “Aunque cuchicheara, siempre me hacía de notar. Nunca había sido consciente de que se me oía tanto. Mis amigos me pedían que hablara más bajito, pero yo les contestaba: ¡no me podéis entender, no sois españoles! Nosotros somos festivos y enérgicos, eso se percibe hasta en la voz“, admite.

En efecto, el castellano es una lengua sonora. Se habla con energía y convicción, lo que lleva seguramente a los hispanohablantes a levantar el tono de forma inconsciente. Karim Joutet, profesor de español, explica: “En gran medida, esto es consecuencia del acento tónico, que se puede desplazar en las palabras. En francés, tenemos un ligero acento tónico al final de cada palabra o de cada grupo de palabras, o al final de la frase. En español, el acento de intensidad es mucho más marcado. Por eso a un francés el español le parecerá siempre más rítmico y cantarín“.

Por fin hemos dado con el culpable, el acento tónico (enemigo jurado de los franceses que intentan expresarse en español), él es quien nos fastidia las veladas subiendo los decibelios en los lugares de convivencia.

Por lo que más quieran, puesto que el planeta entero se ha puesto a combatir toda suerte de contaminación, no se les olvide incluir el ruido...

Así que ¡chsss!

El gabacho oscense

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